Cuando a un estudiante le toca desarrollar un asunto atractivo se alegra enormemente, pues se presta al lucimiento. La biografía de Dr. López Alonso resultaba a priori un trabajo apetecible, por cuanto el aludido médico escribió mucho, a la vez que de él se habló siempre elogiosamente. Con estas alegrías iniciales emprendía yo el trabajo, cuando me sucedió como al opositor que halla que otro en lista antes que él ha expuesto el tema brillante y meritoriamente. Porque prácticamente resulta imposible no ya superar, sino tan siquiera aproximarse literariamente a las cariñosas y sentidas notas necrológicas (siete páginas) que D. Arturo Núñez García escribió de su amigo y compañero, el Dr. López Alonso (E. Esperabé: Maestros y Alumnos más distinguidos de la Universidad de Salamanca). A ellas remito a quienes deseen leer algo expuesto con sinceridad, sin lisonja, con corrección y elegancia. Tres necrológicas más he visto sobre López Alonso, una en El Adelanto, otra en El Lábaro y la tercera en El Noticiero Salmantino, periódico que días después publicó otra extensa reseña con bastante información, firmada por don Dionisio García, médico de Villavieja de Yeltes. Además ofrece un resumen biográfico E. Esperabé en Salmantinos Ilustres. No son todos los escritos sobre este personaje, sino que hubo alguno más.
A mediados del siglo XIX, en1851, se creó en Salamanca el Hospital de Dementes, en el Colegio de Huérfanos. Los primeros asilados fueron acogidos el 22 de enero del citado año. Hasta entonces, los pacientes salmantinos eran atendidos en Valladolid por la Diputación de la provincia vecina. A partir de ese día y hasta el momento actual ha sido la Corporación provincial de Salamanca la que ha corrido con los gastos de la atención de los enfermos mentales
“No hubo en toda la provincia de Salamanca durante medio siglo más médico que Llevot.”
Desde mi clínica quirúrgica de la misma plaza veía continuamente esta obra, que contemplé desde todos los puntos de vista, bien desde las ventanas de mi consulta o durante las miles de veces que aparqué el coche delante de ella. La vi y la gocé a todas las luces del día y de las estaciones. El verdadero cariño que hacia esta obra se desprende de mis palabras tiene que ver con su autor, un escultor al que yo conocí casi en plena adolescencia y que ya por entonces me parecía un futuro valor para la escultura salmantina.
Si en nuestros días viviera don Inicial Barahona, estaría muy contento al ver promulgada y, además en buena medida cumplida, la reciente y tan nombrada medida legislativa: “No se permite fumar en sitios públicos”. Él, que para acortar un discurso conforme lo preceptuado, hizo suyo el conocido aforismo: “La ley es dura, pero es la ley”, estaría muy de acuerdo con la actual Ley Antitabaco, que aunque a muchos les cueste, deben cumplirla, porque el tabaco es muy perjudicial para la salud propia y para la ajena, cuestión que don Inicial ya dejó expuesta y demostrada hace ochenta y cinco años.
La profesora Teresa Santander leyó su discurso de ingreso en el Centro de Estudios Salmantinos en 1993.
Don Arturo nació en Valladolid el 5 de septiembre de 1867. Su padre se licenció en Medicina en la Universidad de esa ciudad del Pisuerga, y eso explica que el feliz acontecimiento del nacimiento de su hijo pueda considerarse una circunstancia accidental. Pero quitando la naturaleza del suelo, en lo demás nuestro médico fue un completo salmantino.
La Cofradía de Nuestra Señora de Rocamador era una comunidad religiosa ilustre que ostentaba numerosos títulos concedidos por los muchos influyentes cofrades que pertenecieron a su claustro. Sus cuatro nominaciones eran las de Muy Noble, Antigua, Limpia y Santa. Parece que fue fundada por un caballero de la Orden de San Juan y a esta institución nos hemos referido someramente en uno de nuestros artículos donde tratamos el legado que estos monjes guerreros han dejado a la ciudad de Salamanca. A la Cofradía de Nuestra Señora de Rocamador pertenecían las familias más nobles de la ciudad, incluso un cardenal, Ascanio Colonna, fue cofrade de la misma.
En uno de los rincones más recoletos de la vieja Salamanca, en el territorio que perteneció a los repobladores procedentes de Castilla, se encuentra una pequeña iglesia a la que muy pocos salmantinos han tenido acceso. Sin culto, escondida, pasando desapercibida, en la actualidad pertenece a la Parroquia de San Juan de Sahagún y está dedicada a actividades pastorales juveniles para aquellos chavales que viven en el entorno de este templo del centro de la ciudad.