Cuando nos disponemos a celebrar con una magna exposición la contribución como médico y político de don Filiberto Villalobos, es necesario que los salmantinos recordemos la obra que más le costó lograr a nuestro ilustre antepasado, el Hospital de los Montalvos.
Estimo oportuna la difusión de este artículo, que figura en dos publicaciones de nuestra Sociedad de Conciertos, a raíz de lo escrito por el crítico musical de un importante diario madrileño afirmando que por primera vez ha sido posible oír en Madrid esta Sinfonía de Mahler en 2004. Lo cierto es que en Salamanca esto ocurrió el 29 de octubre de 1976 en el gran concierto con el que nuestra Sociedad inauguró la temporada 1976-1977.
En este número de Salamanca Médica nos adentramos en uno de los capítulos más convulsos de la Medicina salmantina, algo que hoy sería una auténtica hecatombe, muy difícil de comprender, pero que fue realidad hace 146 años. Medicina, una de las disciplinas con las que echó andar la Universidad de Salamanca en el siglo XIII, quedó fuera del listado de carreras del Estudio salmantino a mediados del siglo XIX por decisión gubernamental. Fueron once años fuera del escenario académico nacional, un periodo que dio paso a la Facultad Libre de Medicina, centro no estatal soportado por la Diputación, primero, y por el Ayuntamiento, después, que hizo posible que se siguiera impartiendo Medicina en la ciudad.
El autor hace referencia al hospital que existió en lo que hoy es la capilla de la Veracruz, donde se atendía a enfermos desheredados de la fortuna
Salamanca Médica vuelve a adentrarse este número en las aulas de la Facultad de Medicina para rescatar la vida de uno de esos personajes indispensables en la historia de la Medicina salmantina del pasado siglo. En esta ocasión hablamos de Isidro Segovia Corrales (Salamanca, 1856-1925), nombre conocido para muchos seguramente a través de la calle que recuerda su figura en la ciudad y de la placa que desde 1925 permanece en la Facultad de Medicina como reconocimiento a su labor al frente de este centro universitario. Tanto una como otra son señal de la huella que este catedrático de Anatomía dejó en la ciudad y que conviene recordar cuando están a punto de cumplirse los ochenta años de su muerte.
Una ermita, un pequeño cementerio y un humilde hospital, todos ellos dedicados a Nuestra Señora de la Misericordia Refugio de los Desgraciados, eran las únicas propiedades de una de las cofradías dedicada a la atención de los condenados a muerte. Hay que visitar la plazas Mayor y de San Cristóbal para recordar el triste cometido de la cofradía. El cumplimiento de las condenas a muerte tenía su ritual. El centro de la Plaza Mayor de Salamanca era el lugar específico para cumplir la sentencia. Cuando se iba a ejecutar a un delincuente, instalaban un altar con la imagen de la Virgen de la Misericordia enfrente del catafalco, para que fuera visualizado por el penado. Antes del acto le proponían auxilio espiritual y en el momento de la ejecución le acompañaban con rezos.
San Eloy acoge parte de la magnífica colección reunida por Miguel Ferrer durante una vida de pasión por el arte
En este número nos vamos a remontar un poco más atrás para recuperar la memoria de una de las figuras más singulares y sugestivas de la Medicina española del siglo XIX: Anastasio García López (Ledaña (Cuenca),1821-Sevilla, 1897).
La Plaza Mayor de Salamanca sigue siendo, después de 250 años de su construcción, el lugar de encuentro de los salmantinos y cita obligada de cuantos nos visitan. Todos conocemos las vicisitudes que tuvieron que afrontar los ayuntamientos de entonces para poder terminar el espacio urbano más importante de la ciudad y uno de los más singulares de España. La enorme plaza de San Martín, una de las más grandes en dimensiones del imperio, dio paso a varios espacios de gran belleza entre los que destaca la Plaza Mayor.
La Guerra Civil Española tuvo en Salamanca consecuencias funestas para el mundo médico. La primera noticia que recorre los mentideros de la ciudad es preocupante. Al mediodía del 19de julio de 1936, un destacamento del ejército, sección de infantería de la Victoria, irrumpe en la Plaza Mayor. Se produce un tiroteo, realizado para aterrorizar a la población, y una decena de muertos y numerosos heridos quedan tendidos en el ágora salmantina. Los militares venían del Gobierno Civil donde habían hecho público el Bando de Guerra. Una de las víctimas mortales es un joven médico, Abel, ayudante en la cátedra de fisiología, que paseaba ajeno a lo que se avecinaba.