Me parece algo muy conveniente y adecuado recordar en estas páginas informaciones respecto a la epidemia gripal de 1918, que recorrió toda España ese año, porque en este 2018 se cumple el centenario de aquella. Esta enfermedad produjo una mortandad tan considerable que dejó clara huella en la estadística demográfica de la segunda década del siglo XX, además de tristísimas secuelas humanas.
“Comenzó su andadura atendiendo a pacientes afectados por la peste negra, enfermedad que se extendió con
rapidez por toda la Península y que llegó a Salamanca en 1348”
Por razones personales fáciles de entender, para mí tiene un valor especial el relato de las vivencias que me evoca la Hospedería de Fonseca, casi todas de índole emotiva, como para tantos otros colegas que estudiaron Medicina en la segunda mitad del siglo pasado en Salamanca. En efecto, entre otros destinos fue sede de la Facultad de Medicina y en las postrimerías del siglo pasado viví las reformas y amplia rehabilitación que se llevó a cabo en el edificio, hasta llegar a tener el aspecto que ofrece en la actualidad
“El Hospital de Nuestra Señora de la Paz atendía a los mismos enfermos que el de Santa María la Blanca, es decir, pacientes sifilíticos y de otras enfermedades venéreas en situación terminal”
Este colegio se edificó sobre un terreno situado entre las puertas de San Bernardo y de San Hilario o Postigo Ciego, a escasos metros de la cerca nueva y bastante alejado, por tanto, del edificio histórico de la Universidad. Fueron cedidos por el convento de San Francisco a don Alonso de Fonseca III, arzobispo de Toledo, y en 1524 se inició la construcción según proyecto de Diego de Siloé, con el asesoramiento del humanista Pérez de Oliva, rector de la Universidad. En él intervinieron maestros de la talla de Diego de Cobarrubias y Juan de Álava; éste último dejó la mejor muestra de su talento en el impresionante claustro.
Los romanos construyeron en este antiguo pueblo, hoy barrio de Salamanca, unos baños para el tratamiento de la sarna aprovechando las aguas termales que, casi en superficie, se encontraban en la orilla izquierda del Tormes. Junto a la construcción sanitaria se encontraba un templo dedicado a la diosa de la salud.
Eran instituciones benéficas que nacieron “al calor y sombra de la Universidad” y estaban destinadas a alojar a jóvenes estudiantes con capacidades académicas y escasos recursos económicos.
“Para facilitar la extracción de sangre, los galenos se ayudaban de sanguijuelas que adquirían en establecimientos suministradores que las criaban y despachaban, debidamente operativas, para acometer la labor de extraer sangre a los enfermos necesitados de sus beneficios”
Este patio tan emblemático tiene forma rectangular y constituye un conjunto monumental con la fachada universitaria, hasta el punto de que parece concebido desde el Renacimiento; sin embargo, esto no fue así hasta el siglo XVII.
“Con este artículo pretendo aclarar que, al hablar de Santa Ana en Salamanca, no podemos reducir su presencia a una sola institución religiosa, más bien estamos hablando de cuatro”