Treinta años después de su estreno, y de su éxito arrollador tanto en las taquillas y la Academia de Hollywood –cinco Oscars: mejor película, director, guión adaptado e intérpretes principales– como entre la crítica, el segundo largometraje rodado en Estados Unidos por el cineasta checo Milos Forman, Alguien voló sobre el nido del cuco, conserva intacta su fuerza expresiva y dramática, aunque alguna de sus referencias culturales –o, más exactamente, «contraculturales»– hayan quedado superadas con el tiempo
Para la mayoría de los espectadores españoles, las siglas M*A*S*H remiten a una serie de televisión difundida en los años ochenta. Pero pocos sabrán quizá que su origen se encuentra en la película del mismo título, dirigida por Robert Altman en 1970. La vida cotidiana en un hospital de campaña estadounidense durante la guerra de Corea sirvió al cineasta para llevar a cabo una de las «gamberradas» cinematográficas más inteligentes de los últimos cuarenta años, en torno a las figuras de unos médicos militares y en plena expansión de la estética «hippy».
El reciente lanzamiento en soporte DVD de Kinsey, de Bill Condon, es una buena oportunidad para rescatar del olvido un filme sorprendente, que no tuvo la suerte que merecía ni con la crítica ni con el público. La peripecia humana de Alfred Kinsey, que en los años cincuenta del pasado siglo desató una gran polémica con sus estudios sobre la sexualidad, es el eje sobre el que gira una de las biografías cinematográficas más atractivas de los últimos años.
Desde hace largo tiempo lleva rondándome por la cabeza el escribir este artículo para publicarlo en la página de arte que creé en nuestra revista médica. Por fin he podido hacerlo después de vencer tres obstáculos que me parecían infranqueables: vencer la timidez para describir una anécdota en la que yo soy coprotagonista, el temor de que mi genético barroquismo andaluz pudiese oscurecer y estropear el bellísimo momento que deseo relatar, y tener la osadía de malparodiar y reproducir la corta y bellísima creación literaria del gran escritor que es Luciano González Egido al redactar su anécdota. No sé por qué razón psicológica he logrado hacerlo. Quizá haya contribuido a ello un cierto envalentonamiento al leer el texto que valora la descripción anecdótica en el magnífico artículo publicado recientemente con motivo del año cervantino y con cuyos primeros párrafos hago presidir y adornar este trabajo.
Según el mito clásico, un titán de nombre Prometeo fue el artífice de los primeros seres humanos, y al robar a Zeus el fuego eterno con el que crear la vida desató la ira de éste. Mucho tiempo después, una joven de diecinueve años, ayudada por su pareja –el famoso poeta Percy B. Shelley–, rescató la leyenda y la convirtió en una de las obras literarias más llamativas del siglo XIX. Su título es «Frankenstein», y la versión cinematográfica más conocida, la dirigida por James Whale en 1931, traducida en España como El doctor Frankenstein.
En la más reciente película del australiano Peter Weir hay barcos, batallas, cañonazos, un carismático capitán al mando de una tripulación supersticiosa y una detallada descripción de la vida a bordo de un navío de la armada inglesa. Y en ese fragor destaca la fascinante figura de un médico, el doctor Stephen Maturin, que va ganando en importancia a medida que avanza la narración.
Ronda estaba enriscada en la sierra, como una prolongación
natural del paisaje, y, a la luz del sol, me pareció
la ciudad más hermosa del mundo.
Juan Goytisolo
Hace ahora cinco años se estrenaba en nuestro país Las confesiones del doctor Sachs, dirigida en 1999 por el veterano realizador francés Michel Deville y que tuvo escasa repercusión entre nosotros, a pesar de los numerosos premios que había cosechado. Una película que gira permanentemente en torno a la profesión médica, además de bucear en algunos aspectos esenciales de la existencia humana.
Regresamos al gran cine clásico a través del mítico personaje del doctor Mabuse, reflejo del nazismo para unos, de la irracionalidad del mundo moderno para otros, del uso de conocimientos clínicos con fines criminales, para el tema que nos interesa en esta sección, y que ha sido llevado al cine en numerosas ocasiones. Por encima de todos los directores que lo han abordado destaca sin duda Fritz Lang, que convirtió las dos primeras entregas en obras maestras del expresionismo alemán.