Continuando con nuestro periplo por la Salamanca medieval, hoy vamos a centrarnos en las dos parroquias que restan de las cinco que han llegado hasta nosotros, mejor o peor conservadas, pero completas: las dedicadas a San Martín y a San Cristóbal.
Acabo de ver los últimos cuadros pintados por Jacinto Orejudo, quien me pide unas líneas para el catálogo de una exposición que proyecta hacer.
Conserva un protocolo notarial del Archivo Histórico Provincial de Salamanca un impreso (utilizado como un simple papel) que contiene las proposiciones que va a defender en público un estudiante de Medicina. Está Fechado en 1757. En sí ya es novedad por la fecha. Además, una vez que se traduce del latín, se descubre lo poco adelantada que entonces estaba la ciencia médica. Luego, reflexionando con más calma se cae en la cuenta de no se ha avanzado tanto desde entonces, por cuanto aún en el siglo XXI con alguna frecuencia oímos decir “tiene fiebre, -quizás unas décimas- pero no se sabe de qué le proviene”.
Santa María la Blanca no tuvo tanta suerte en la segunda agrupación de hospitales realizada dos siglos después por Carlos III, más concretamente en el año de1788. En ese año, por real cédula de 2de septiembre, fue suprimido y quedó incorporado al Hospital General de la Santísima Trinidad. Sus muchas rentas pasaron a engrosar las arcas del General. La firma del rey se estampó estando la familia real veraneando en el palacio de la Granja de San Ildefonso, y el cierre lo llevó a cabo el intendente corregidor don Miguel José de Aranza. Ese mismo día quedó suprimido también el nuevo hospital de Nuestra Señora del Amparo.
Esperábamos a salida del aula donde, cierto profesor, calificado de “hueso”, estaba examinando. En aquel momento salía del examen mi amigo Fernando y comentó: “Me ha JODIDO”; una señorita añadió: A MI TAMBIÉN, y ruborizándose hasta el cuello, al momento añadió: “no a mi No”. Sin remitirnos a las precisiones gramaticales de Cela, en cuanto a la terminación de la palabra en ADO o en ENDO, que marcan una sensible diferencia.
En esta primera parte el autor hace un recuerdo histórico y se refiere a sus orígenes
Siempre hay
por qué vivir,
por qué luchar…
Y al final
las obras quedan las gentes se van.
Otros que vienen las continuarán…
Son duras, muy serias estas cornadas pero Aleixandre, en fuerte paradoja, las llama beso: “El beso / con su testuz de sueño / y seda, insiste, / oscuro, negro”.
Durante mi estancia de diez semanas en Bolivia, participando en un proyecto de cooperación patrocinado por la Universidad de Salamanca y la Junta de Castilla y León, a través de la Consejería de Sanidad, dediqué la mayor parte de mi trabajo a realizar reconocimientos escolares a varios centenares de los alumnos, en dos colegios de Santa Cruz de la Sierra A lo largo de ese período, y a modo de diario, iba anotando mis impresiones y opiniones, así como las actividades que, junto a otros voluntarios, desarrollábamos en aquel país. De este diario quisiera rescatar lo que escribí un día, a finales de mayo, en recuerdo de la niña protagonista del relato, y que dice así: