Hospital de San Zoles

Por Jesús Málaga

“Antes de convertirse en templo, la ermita de San Zoles fue hospital con el mismo nombre. Se conoce su funcionamiento desde el año 1272, cuando Pedro de Alimoges vende al Concejo de la ciudad de Salamanca dos casas de su propiedad”

Tuve la suerte de visitar con la arqueóloga Elvira Sánchez el gran descubrimiento arqueológico del siglo XXI en Salamanca, el cubo de la primitiva muralla vetona-vaccea de la calle de la Rúa. En el solar resultante del derribo de la casa de mis amigos y compañeros de colegio Goyo y Miguel Ángel Rodilla, se conserva en perfecto estado este monumento, esperando se encuentre una solución para incorporar el hallazgo a los paseos culturales y turísticos de la ciudad del Tormes. Se trata de uno de los vestigios mejor conservados de la cerca construida por los primitivos salmantinos para defenderse de sus enemigos y de la que apenas nos quedan unos metros de lienzo, enmascarados con intervenciones posteriores, comenzadas ya con la romanización.

Sería de desear una integración en el tejido comercial de la calle de la Rúa, al estilo de como se ha hecho con los restos del convento e iglesia de San Antonio El Real en la calle Toro. Me imagino el atractivo del lugar para tomarse un café al lado de una de las obras humanas con más de dos mil años de existencia. Placer que compartimos al contemplar la primera muralla en el yacimiento arqueológico del cerro de San Vicente o los siete picones de la cuarta cerca, en la Salamanca medieval.

He querido comenzar con este descubrimiento para introducir al lector en el abigarrado espacio donde se encontraban los desaparecidos hospital y ermita de San Zoles. Esta zona surge extramuros, como necesidad de buscar un lugar más centrado para ubicar el comercio de una ciudad en expansión, la puerta del Sol. Ese movimiento económico fue seguido por otro urbanístico de ocupación y traslación de las Casas Consistoriales; a partir de la mudanza, los ediles comienzan a recibir en los portales del primitivo ayuntamiento en audiencia pública. Para ello ocupan unas casas propiedad del entonces todopoderoso Cabildo de la Catedral, institución que había adquirido la mayoría de las viviendas del entorno, muchas de ellas destinadas al alquiler.

Un recorrido por la calle de Palominos

Para seguir comprendiendo el lugar, tenemos que recorrer la actual calle de Palominos, de origen medieval, cuyo nombre se pluralizó con el tiempo, pero que en un principio era Palomino, en singular. Para profundizar en el recorrido podemos seguir las aportaciones de Ángel Vaca Lorenzo al tratar sobre la calle en el Callejero Histórico de Salamanca, editado por EDIFSA. Al bajar desde la Rúa hasta la calle de San Pablo, nos queda a nuestra derecha un altozano que ocupa la trasera del Colegio de San Bartolomé, el más antiguo de los seis que hubo en la Península Ibérica. Fundado por Don Diego de Anaya Maldonado, recibió este nombre por haber sido construido en los terrenos donde se alzaba la iglesia de San Bartolomé el Viejo.

Vista general de la calle de Palominos de Salamanca, que inicialmente se llamó de Palomino. / Foto: Salamanca Film Commission

En la actualidad, la zona está muy modificada por las diversas intervenciones habidas desde el siglo XV, cuando fue fundado. El viejo inmueble colegial fue derribado en 1760 para edificar el impresionante edificio actual, cuya belleza ensalza la plaza de Anaya. Los planos fueron realizados por José de Hermosilla y Sandoval y la dirección se debe al buen saber de Juan de Sagarvinaga. Entre los años 1977 y 1979 se construyó un nuevo pabellón para albergar la biblioteca de la entonces Facultad de Filosofía y Letras, hoy de los estudios de Filología. Esta última intervención fue proyectada por Fernando Chueca Gotia.

En Palominos se encontraba también la casa palacio de los Godínez, señores de Tamames, donde residía la muy influyente Inés de Limoges, ama de leche del rey Alfonso XI, esposa de Juan Alfonso Godino, conocidos ambos por ser benefactores de la consolidación en Salamanca del convento de San Esteban de los padres dominicos.

Un accidente geográfico y otro defensivo destacan al bajar por Palominos. El agua de lluvia desciende para encontrarse con el arroyo de Santo Domingo, y en lo alto, donde se ubica el Colegio Mayor de San Bartolomé, se insinúa la línea por donde iría el lienzo de muralla primitiva desde la puerta del Sol hasta la de San Sebastián.

Desaparición de la ermita y de la devoción al santo

La ermita de San Zoles, antes de convertirse en templo, fue hospital con el mismo nombre. Se conoce su funcionamiento desde el año 1272, cuando Pedro de Alimoges vende al Concejo de la ciudad de Salamanca dos casas de su propiedad situadas en la Puerta del Sol; una de ellas lindaba con el adrial (atrio) de San Zoles y con casas del Concejo. Años después, en 1278, Doña Sancha, hija de Ruy García, dictó testamento, siendo testigo Juan Fernández, capellán de San Zoles.

En otra escritura posterior, fechada en 1299, el Concejo hace un intercambio de tres calles por un casar y las casas del Hospital y el adrial de San Zoles. En 1313, doña María, viuda de don Pedro de Alimoges, vecina de la calle Palomino, deja en su testamento doscientos maravedíes para la fábrica de San Zoles. Esta misma señora, en su memoria dada en 1404, recoge un dato que nos interesa: cita a Fernán Vázquez, bachiller en leyes y alcalde de la ciudad de Salamanca. Fernán hacía audiencia pública en el portal de las Casas del Concejo, lugar que se encontraba entre la ermita de Santa Catalina y San Zoles.

Todo ese espacio urbano sufrió una gran transformación con la construcción del Colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús. Las ermitas de Santa Catalina y San Zoles desaparecieron; también lo hicieron las Casas Consistoriales, que se trasladaron junto a la plaza de San Martín, aunque la calle de la Rúa tendría que esperar para abrirse por un tramo nuevo con la plaza de Anaya.

La devoción al santo se desvaneció, como también lo hizo su memoria; hoy ningún salmantino le recuerda, ni siquiera los más ilustrados. Se dijo que los restos del santo habían encontrado descanso en la iglesia conventual de las benedictinas de Alba de Tormes, afirmación que me ha sido negada por la comunidad religiosa a la que he preguntado al respecto. Palominos siguió siendo una calle viva; se comenta que, en las discusiones dialécticas entre dominicos y jesuitas, cuando ya no valían los razonamientos, comenzaban las peleas físicas entre los miembros de ambas comunidades religiosas y era la calle Palomino el escenario de aquellas contiendas.

El Hospital de San Zoles fue una de esas instituciones que desaparecieron sin dejar rastro alguno; siguió los mismos derroteros que el santo sanador. Seguramente, el culto a su memoria celebrado por el pueblo salmantino empequeñeció también. De todos modos, a la hora de rememorar la veintena de hospitales que tuvo en su día la ciudad de Salamanca, era necesario dejar un hueco para este seguramente pequeño hospital, como pequeña fue la ermita que le dio cobijo.

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