
Por Jesús Málaga
Vista general de la zona en la que se encontraba el solar del hospital de San Ildefonso, en una imagen de archivo.
Me gusta pasear por los entornos de la plaza Mayor de Salamanca. A veces te encuentras con lugares espectaculares que no brillan tanto como debieran por estar eclipsados por el ágora más bello de España. Uno de esos rincones es la actual plaza de Colón. Surgió de entre las ruinas y acoge desde entonces unos jardines rodeados de edificaciones significativas de la monumentalidad salmantina.
La lucha conceptual entre arquitectos e ingenieros sobre el progreso de las ciudades monumentales en el siglo XIX hizo que desapareciera para siempre la iglesia de San Adrián para hacer pasar por el centro de la ciudad, es decir, por la plaza Mayor, la carretera nacional de Villacastín a Vigo por Salamanca.
Los arquitectos se opusieron con todas sus fuerzas, pero no consiguieron parar el desaguisado. Un decreto fechado en 1858 sentenciaba al templo a desaparecer; se perpetraba así el derribo de la iglesia gótica más hermosa de Salamanca. Hoy solamente nos quedan para el recuerdo, entre otras cosas, los dibujos que de la misma realizaron los alumnos de la Escuela de Bellas Artes de Madrid en visita por Salamanca poco antes de su derribo y unas rejas que fueron depositadas en la Catedral. Pero no fue este el único atentado al patrimonio realizado en aquel lugar; también desapareció para siempre, sin dejar rastro,el Colegio de Clérigos Menores. Se encontraba al norte de la actual plaza de Colón, entre la Torre del Clavero y el Palacio de la Salina. Los frailes se habían establecido en ese lugar en 1670, pero el edificio quedó en ruinas tras los efectos sufridos en dos guerras: la de Sucesión y la de la Independencia. Los frailes menores se vieron impotentes a la hora de emprender la rehabilitación de lo que había sido hasta entonces su casa y abandonaron el cenobio; a partir de entonces, el deterioro de aquellas venerables ruinas fue avanzando hasta su desaparición.
La plaza de Colón se ve limitada por palacios de una belleza extraordinaria. El de Orellana, edificación del siglo XVI, fue construido por don Alonso de Anaya y Barrientos; fue sede de la diplomacia alemana durante la Guerra Civil y acogió la dirección de la legión CONDOR. En democracia, tras varios intentos por corporaciones del PSOE y del PP para incorporarlo al patrimonio de la ciudad, para hacerlo visitable y acoger alguna institución cultural o universitaria, las negociaciones resultaron fallidas; la casona sigue sin habitar la mayor parte del año. No fue el caso del Palacio de Abrantes con su torre, que fue adquirido por la Diputación Provincial y el Ayuntamiento para cederlo a la Universidad de Salamanca para Centro de Cultura Hispano Portugués al principio y acoger un falso museo oriental posteriormente.
El lado sur de la plaza está ocupado por un edificio modernista de gran empaque donde, en 1874, estuvo ubicado el Colegio Ateneo Salmantino, fundado por don Manuel Durán Araujo. En este centro, trasladado posteriormente con el mismo nombre a la calle Sorias y dirigido por don Manuel de Sena, estudié con mis hermanos. El primitivo Ateneo fue famoso por experimentar nuevos métodos pedagógicos. Con internado,imponía a sus alumnos medidas higiénicas desconocidas en aquellos tiempos entre la población. Tras el Colegio Ateneo Salmantino ocupó el inmueble la Institución Teresiana del padre Poveda. En la fachada instalaron un vítor dedicado a santa Teresa de Jesús en recuerdo de su investidura como doctora honoris causa; una lápida recuerda la efeméride. En la actualidad,el famoso restaurante La Hoja ocupa la parte baja del inmueble y las plantas superiores se han convertido en pisos.
En la zona noreste de la plaza de Colón se encuentra la Torre del Clavero, del siglo XV, restaurada para acoger el Centro de Estudios Salmantinos tras haber pasado por diversos usos en democracia: Museo de Historia de la Ciudad y sede de la Universidad Iberoamericana de Posgrado, entre otros. Al celebrarse el cuarto centenario del conocido entonces como descubrimiento de América, en 1892, el Ayuntamiento de Salamanca decidió explanar el solar resultante de las ruinas de la iglesia de San Adrián y el Colegio de Clérigos Menores para hacer una plaza ajardinada y erigir en su centro una escultura de Cristóbal Colón un año después, en 1893. Fue subvencionada por suscripción popular, siendo la segunda efigie que conoció la ciudad de Salamanca, después de la dedicada a fray Luis de León.
El Día de la Raza, después de oír misa, las autoridades y numeroso público se trasladaban a esta plaza para homenajear a Colón. Junto a la estatua, las autoridades provinciales y locales decían discursos, depositaban flores y escuchaban himnos patrióticos interpretados por las bandas del Ejército de los destacamentos ubicados en Salamanca. Finalizaban los actos con el consabido desfile de las tropas acuarteladas en Salamanca. Entre los intervinientes fueron frecuentes los discursos del rector de turno; entre ellos, don Miguel de Unamuno. Por la tarde, las personalidades se trasladaban al Paraninfo, donde tenía lugar una sesión académica sobre la hazaña colombina. La escultura de Colón, que señala con el dedo la calle Pan y Carbón, fue obra del escultor zamorano Eduardo Barrón. Al desaparecer los jardines de la plaza Mayor, los asientos de piedra fueron trasladados a la plaza de Colón.

Hacia el este del ágora se construyó el convento e iglesia de los Trinitarios descalzos; los calzados seguían en la calle Zamora, donde se conserva su portada restaurada. En la mayoría de las historias de Salamanca que he consultado, pocas hacen referencia a un hecho que se repite con demasiada frecuencia en Salamanca: que, para construir un edificio monumental,derriban otro de igual o más valor. Para edificar el convento que ocupan en la actualidad los juzgados de Salamanca, tuvieron que destruir un hospital, llamado de San Ildefonso, que, de existir hoy, estaría incluido en el solar que ocupa el convento e iglesia.
El Hospital de San Ildefonso estaba situado en las inmediaciones de la iglesia gótica de San Adrián. Fue fundado por los mismos años que el Hospital de San Salvador. Al construirse el convento e iglesia de la Trinidad descalza desapareció sin dejar rastro. Manuel Villar y Macías cita como último documento de la institución el testamento que en 1318 otorgó doña Inés de Alimoges, aya de Alfonso XI, en el que legaba doscientos maravedíes y manifestaba pertenecer a la hermandad que cuidaba del mantenimiento del hospital.
Abandonado el convento de trinitarios descalzos tras la desamortización de Mendizábal, su iglesia pasó a ser parroquia y el cenobio acogió el cuartel de la comandancia y las viviendas de los guardias de la benemérita en unas condiciones precarias y de escasa habitabilidad. Ya en democracia, la Guardia Civil estrenó nuevo edificio en la carretera de Béjar. El Ayuntamiento compró el inmueble a la Corporación Provincial para construir el Teatro Municipal en el centro de la ciudad, donde habitualmente deben estar este tipo de infraestructuras culturales, pero un cambio de gobierno en la Casa Grande hizo variar los planes; el convento fue destinado a juzgados. Tras una remodelación profunda que no fue a gusto de todos, la reforma no solucionó el problema de espacio que se buscaba. El nuevo diseño del edificio rompía con el que había sido el tradicional estilo de los monumentos salmantinos, especialmente los cubrimientos exteriores de fachada. Hoy, parte de los juzgados han vuelto a la Gran Vía para descongestionar el convento de trinitarios, que se ha quedado pequeño.
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