
Por Jesús Málaga

Poco conocemos de las actividades y de la fundación del Hospital de San Sebastián. Según nos informa Manuel Villar y Macías, abrió sus puertas en unas casas legadas por Pedro Vidal que lindaban con las de la Alberguería de los Escribanos. Según este historiador salmantino, fue también este gremio el fundador de la cofradía; sus miembros se encargaban de atender a los acogidos. Este lugar debía de estar en los entornos del convento e iglesia de las freiras de Sancti Spíritus; por este motivo, cuando la Corporación del hospital fue suprimida en 1581, fue acogida en la iglesia parroquial y capilla del convento de la Orden de Santiago. La dificultad para seguir la actividad de este hospital y de sus cofrades se debe a que es citada en la documentación del Hospital General de la Santísima Trinidad y en la generada por el Cabildo con distintos nombres, diferentes al primitivo: San Sebastián, Santa María, San Juan, Santo Domingo y Santa Lucía de los Mozos. Villar y Macías aporta una explicación a tanto cambio de nombre: fue asumiendo el de las hermandades que se iban añadiendo a la primitiva de los Escribanos. Esta agrupación de fieles estuvo activa durante muchos años; este estudioso de la historia salmantina la encuentra citada todavía en 1699.
Al lado de la parroquia de Santi Spíritus, años después de su fundación por los toreses, se estableció una casa dedicada a recabar limosnas destinadas a redimir cristianos del poder sarraceno. El rey Alfonso IX de León donó la casa a la Orden de Caballería de Santiago y ordenó que siguiera realizando su benefactor trabajo, desde entonces bajo la tutela de la Orden. Para beneficio de la misma, le concedió el territorio de la ciudad de Salamanca comprendido entre las puertas de San Mateo, hoy Toro, y la de San Cristóbal-Santi Spíritus, despoblado que encargó repoblar a la Orden. Años después, el obispo don Gonzalo, de acuerdo con el Cabildo, hizo donación expresa a la Orden de Santiago de la parroquia de Sancti Spíritus con dos condiciones: se reservaba para la mitra el cobro de la tercera parte de los diezmos y el templo no dejaría nunca de ser parroquia.
Coincidiendo en el tiempo, algunas mujeres piadosas, esposas de caballeros que estaban en la guerra, se retiraban para seguir una vida religiosa a una ermita dedicada a santa Ana. Estas, denominadas beatas de santa Ana, fueron las primeras mujeres que ocuparon el monasterio de Sancti Spíritus, siendo la mayoría de ellas de origen aristocrático.
Villar y Macías confirmó con datos quiénes fueron sus fundadores, Martín Alonso y su esposa María Méndez, y afirmó con rotundidad que carecía de fundamento el privilegio concedido por el rey Fernando el 15 de noviembre de 1030, basado en una visión que tuvo el monarca en la batallade Compostela, según la cual el primer caballero que muriese en ella dejaría sus rentas y propiedades al monasterio de Santo Spíritus de Salamanca, ya que fueron las plegarias de sus monjas las que hicieron posible que el rey saliera vencedor en aquella contienda. El monarca cumplió su compromiso y, al ser el primero en morir Albar Sánchez al alcanzarle una saeta, el rey concedió la encomienda que poseía el fallecido en Castiel de la Atalaya y Palomera al cenobio salmantino y, asimismo, ordenó que desde entonces la abadesa fuera llamada comendadora. Historiadores como el padre Mariana, que profundizaron en el asunto, confirmaron también la falsedad del privilegio.
Felipe II fue informado de la dudosa veracidad de la prerrogativa, pero no se atrevió a revocarla, confirmándola en 1561. Villar y Macías aportó multitud de datos falsos en los que está basado el documento. Pero las freiras no se contentaron con guardar el documento en su archivo para ocultarlo; lo hicieron escribir en piedra, en la portada de entrada desde la calle al templo, para general conocimiento.
Para ser admitida religiosa en las comendadoras de Sancti Spíritus se pedían los mismos requisitos que para ingresar en la Orden de Santiago. Las mujeres que tuvieran antecedentes en sus familias de moros, judíos o conversos, las que no tuvieran acreditada su nobleza o linaje, eran rechazadas. Ser hijas de hombres principales, no haber vivido con otras mujeres o no haber servido a nadie eran avales para entrar en el beaterio. Sus padres no podían haber ejercido oficios viles o bajos, como los de platero, pintor, bordador, cantero, mesonero, tabernero o escribano; se les impedía el acceso a las mujeres cuyos padres hubieran sido o fueran secretarios del rey, de personas reales o de procuradores públicos.
La comendadora era elegida por las freiras. Felipe II ordenó que para ser electa debía tener cuarenta años de edad y diez de profesa. El número de freiras en Santi Spíritus no debía superar las cuarenta y cinco sergentas. No estaban obligadas a guardar clausura; para recordar a las autoridades eclesiásticas este privilegio, el día 26 de julio, festividad de santa Ana, y en la Pascua de Pentecostés, la comunidad salía del convento por la portería de la iglesia a la calle. Recibían en sus habitaciones a familiares, amigos y conocidos, a diferencia de las monjas de otros conventos, que lo hacían a través de una celosía en una habitación habilitada en la portería, junto al torno.
El 26 de julio de 1786, tres capellanes de honor procedentes de Madrid distribuyeron en cinco coches a las señoras de Sanctis Spíritus por diversos conventos del reino, quedando solamente en el de Salamanca dos legas y una religiosa de avanzada edad, según informa en su Historia Manuel Villar y Macías. Abandonado a su suerte, hubo un intento de volverlo a ocupar, pero las autoridades del momento se encontraron con un edificio muy deteriorado; por ese motivo fue demolido, dejando en pie la iglesia.
Posteriormente, comenzó la construcción de un nuevo monasterio bajo la dirección del arquitecto madrileño Ramón Durán, colocando la primera piedra Gaspar de Jovellanos. Pero no hubo suerte: la obra padeció frecuentes interrupciones. Se pensó continuarlas después de la Guerra de la Independencia, ateniéndose a los planos del arquitecto Blas de Vega García; se
quiso utilizar el nuevo monasterio para acoger el colegio militar del Rey, de la Orden masculina de Santiago, pero no se llegaron a realizar las obras. En 1843 se realizaron las consideradas intervenciones necesarias para establecer la cárcel pública del distrito judicial. Otras nuevas obras fueron iniciadas en 1876 para instalar en el monasterio el cuartel de infantería.

En el presbiterio de la iglesia se encuentran los sepulcros de los fundadores y, en el coro bajo de la comunidad, un artesonado morisco de gran valor artístico, donde se venera la imagen del Cristo de los Milagros o de Santa Ana, al que se le pueden rezar desde la calle los credos. La piadosa costumbre consiste en comenzar recitando un credo e ir incrementando cada día uno más hasta llegar a los treinta la última jornada del mes. Después, ir bajando uno a uno hasta llegar a cero; es entonces cuando se da por terminada la oración, obteniéndose las indulgencias consabidas. Se trata de una oración de sesenta días de duración, con un mes subiendo y otro bajando. Esta tradición piadosa ha ido disminuyendo hasta prácticamente desaparecer.
El Hospital de San Sebastián y la cofradía de escribanos que lo atendía vivieron una vida en paralelo con la parroquia y el monasterio de Sancti Spíritus, acabando sus días fusionados con la feligresía que los acogió. Esta es la diferencia con otros conventos: la iglesia de Sancti Spíritus funcionó como capilla del cenobio, pero siempre mantuvo la independencia como parroquia, distinguiendo y separando una función de la otra.
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