Dr. José Ramón González Porras: “La ciencia progresa con rapidez, es un desafío adaptar los recursos del sistema sanitario”

El Dr. José Ramón González Porras, jefe de la Unidad de Trombosis y Hemostasia, valora la generosidad y la admiración que definen al Servicio de Hematología, y pide al Ministerio de Sanidad que escuche a los médicos

Para él, el Servicio de Hematología es una ESCUELA, con mayúsculas, donde la generosidad y la admiración entre compañeros, situando al paciente en el centro, es casi una forma de vida. Por eso, el Dr. José Ramón González Porras, jefe de la Unidad de Trombosis y Hemostasia del Hospital Universitario de Salamanca, va feliz a trabajar. Médico peñarandino, localidad donde sigue pasando sus veranos, lo suyo no fue una vocación temprana, sino un camino que ha ido construyendo y que volvería sin dudarlo a recorrer, sobre todo por la satisfacción que le proporcionan los pacientes. Lamenta, sin embargo, la situación de un sistema sanitario que está muy tensionado, en parte porque el Ministerio de Sanidad se niega a escuchar a los médicos, y donde, además, se plantea el desafío de adaptar progresivamente los recursos a la revolución científica sin precedentes como la que vivimos. A las nuevas generaciones les pide que no olviden la vocación y la base de la medicina, que es la confianza y la empatía que subyacen a la relación médico-paciente.

¿En qué momento, en aquellas calles de Peñaranda, decidió que quería ser médico?

Mi vocación fue progresiva. No hubo una única razón, sino una inclinación que fue creciendo poco a poco. En el instituto me gustaba mucho la biología, pero también las letras, la lectura y el arte. Obtuve matrícula de honor y, en aquella época, parecía que quien sacaba buenas notas tenía que estudiar Ingeniería de Telecomunicaciones u otra ingeniería. A mí, sin embargo,me atraía algo que combinara la biología con el humanismo y que estuviera relacionado con la atención a los demás y el voluntariado. Por eso estudié Medicina en Valladolid, donde entonces trabajaban mis padres, aunque también podría haber ingresado en Salamanca. En mi familia no había antecedentes médicos. No fue, por tanto, una vocación repentina, sino que se fue construyendo con el tiempo.

¿En algún momento se ha arrepentido de aquella decisión?

En absoluto. De hecho, vengo a trabajar con gusto. Para mí, un lunes no es como lo suele entender la mayoría.

No parece el estado de ánimo más extendido actualmente entre los médicos.

Lo sé. Como fui vicepresidente del Colegio de Médicos, he visto que todas las especialidades están muy tensionadas, aunque quizá de manera especial la Atención Primaria. También desde la Unidad de Trombosis y Hemostasia, que tiene un carácter multidisciplinar, cada día hablo con pacientes, familiares,cirujanos, anestesistas… y en todos los ámbitos se percibe claramente la sobrecarga. No puedo decir que la Hematología esté mal, pero también está sometida a mucha presión. El avance de las capacidades diagnósticas y terapéuticas requiere optimizar la gestión de unos recursos que crecen a un ritmo diferente. Aun así, vengo feliz a trabajar. En buena medida se lo debo a mi mentor, el Dr. Ignacio Alberca. Era un placer trabajar con él: por su empatía con los pacientes, su responsabilidad y el ambiente de trabajo que creaba, hacía que te olvidaras de que era lunes.

¿Qué imaginaba al comenzar la carrera de Medicina y qué descubrió después que no se parecía a aquella imagen inicial?

Durante la carrera predominaba la teoría, porque entonces las prácticas se realizaban sobre todo en cuarto, quinto y sexto. Al estudiar los tratados, parecía que todo tenía una causa fisiopatológica y una explicación. Sin embargo, especialmente en trombosis y hemostasia, pero también en la medicina en general, muchas veces no somos capaces de explicar por qué sucede algo o por qué aparece un asterisco o una alteración en una analítica. Esto también les ocurre a nuestros residentes: siempre intentan que les expliques el porqué, pero a veces puede haber varias causas y, en otras ocasiones, sencillamente no lo sabemos. El otro gran cambio es el que he vivido durante la última década de actividad asistencial. Hemos asistido a una auténtica revolución diagnóstica y terapéutica. La medicina actual es completamente distinta de la que conocí como residente. Enfermedades que entonces tenían una esperanza de vida muy corta, como el mieloma múltiple, se encuentran hoy en una situación en la que casi se puede hablar de curación. En nuestro campo, antes solo conseguíamos diagnosticar alrededor del 30 % de los trastornos plaquetarios congénitos; ahora alcanzamos aproximadamente el 70 %. La velocidad a la que han aumentado nuestras capacidades diagnósticas y terapéuticas es extraordinaria. La ciencia avanza por delante de los recursos y del entorno de trabajo necesarios para aplicarla.

Pronto regresó a Salamanca para realizar la residencia. ¿Por qué Hematología?

Hice prácticas de Hematología tanto en el Hospital Río Hortega como en el Clínico de Valladolid, y la especialidad me atrapó desde el principio, porque permite atender al paciente y participar personalmente, desde el laboratorio, en el diagnóstico y en todo el proceso asistencial. Luego se sabía que el Servicio de Hematología de Salamanca era un referente, y por eso decidí venir aquí.

¿Qué recuerda de aquellos años como residente? ¿Quiénes fueron sus maestros y qué permanece de ellos en su forma de ejercer la medicina?

La residencia te marca. Llegué con muchas preguntas, mucha ilusión y también algunas incertidumbres. De aquella etapa destacaría dos aspectos. El primero fueron mis compañeros residentes. Mi compañero de promoción fue el Dr. Fermín Sánchez-Guijo, y entre los residentes más jóvenes estaban la Dra. María Díez-Campelo, actual directora médica del hospital, el Dr. Enrique Ocio o la Dra. Cristina Castilla. No recuerdo ningún conflicto entre nosotros, éramos una auténtica familia. Tuve el privilegio de formar parte de un grupo extraordinario. El segundo aspecto fueron los adjuntos, porque todos eran maestros. Desde el jefe de servicio, el Dr. Jesús San Miguel, hasta mi mentor, el Dr. Ignacio Alberca, pasando por todos los profesionales que integraban el servicio. Eran excelentes desde el punto de vista científico, pioneros nacionales e internacionales en sus respectivos campos, pero también transmitían con pasión cómo debía tratarse a un paciente, con una dedicación casi absoluta y una disponibilidad total para el residente. Podías llamarles ante cualquier duda, no solo médica, sino también relacionada con la gestión o con una rotación. El Dr. Ignacio Alberca dedicaba su tiempo a ayudarte con todo. Si estabas haciendo la tesis, colaboraba en la recogida de datos clínicos, revisaba tus presentaciones, te escuchaba ensayarlas y te enseñaba a preparar las diapositivas y a hablar en público. Esa generosidad iba acompañada de una admiración sincera: se sentía verdaderamente orgulloso cuando un residente o un adjunto acudía a un congreso para presentar los resultados de una investigación. Con el tiempo, y se lo he oído decir muchas veces al Dr. Jesús San Miguel, comprendes que eso es lo que construye un buen servicio. Estas son las claves: junto a la excelencia técnica y científica, existe una excelencia humana basada en la generosidad y la admiración entre compañeros. Eso me marcó para siempre.

Todos los hematólogos entrevistados en esta revista también han destacado esos valores. ¿Están ustedes hechos de otra pasta?

Eso nos dicen los pacientes. Creo que este servicio es una verdadera escuela de Hematología. No solo enseña a diagnosticar y tratar correctamente las enfermedades, sino también a construir una relación médico-paciente equilibrada. Esa cultura se refleja en el compañerismo entre los profesionales y en la convicción de que el paciente es nuestra razón de ser.

Ese espíritu es un patrimonio que conviene preservar. ¿Cómo se garantiza su transmisión a las nuevas generaciones?

Ese es otro aspecto fundamental. Yo también he intentado transmitir estos valores, aunque no puedo compararme con los grandes maestros de los que hablamos. El Dr. Ignacio Alberca tenía claro, diez años antes de jubilarse, que debía formar a otras personas en coagulación y asegurar el relevo generacional. Yo tengo ahora la suerte de contar con el Dr. José María Bastida, que está perfectamente preparado para continuar este camino.

“El Servicio de Hematología es una escuela basada en la generosidad y la admiración entre compañeros”

La Hematología integra clínica, laboratorio, diagnóstico,investigación y medicina transfusional. ¿Es esa amplitud lo que la convierte en una especialidad tan atractiva y, al mismo tiempo, tan transversal?

Creo que es una de las especialidades más integrales que existen. Algunos compañeros dicen que es una especialidad bilingüe; otros, incluso, trilingüe, porque comprende la clínica del paciente, el laboratorio y el banco de sangre o medicina transfusional. Permite ver a un paciente, realizarla historia clínica y la exploración, solicitar las pruebas,efectuar e interpretar esas pruebas, establecer el diagnóstico y tratarlo. Es una especialidad muy completa y, además, facilita enormemente la investigación.

¿Qué tiene la sangre para que, después de tantos años, continúe sorprendiéndole?

Queda muchísimo por conocer. Las muestras de sangre son muy accesibles y nuestras capacidades diagnósticas aumentan cada día. Aplicar todos esos avances al estudio de las enfermedades de la sangre representa un gran reto. Cada vez que una investigación trata de responder una pregunta, aparecen otras dos o tres. Es un avance continuo.

¿Cuál ha sido el mayor avance de la Hematología desde que comenzó su carrera?

En oncohematología, el avance ha sido extraordinario. Cuando comencé la residencia, la esperanza de vida de una persona con mieloma múltiple era de dos o tres años; ahora se habla ya de una posible curación. También han llegado las terapias CAR-T y los anticuerpos biespecíficos. En mi ámbito hemos vivido una auténtica revolución. Un ejemplo claro es la hemofilia, una enfermedad a la que tengo especial cariño por la estrecha relación de este servicio con la asociación de pacientes de Salamanca. Hemos pasado de los concentrados derivados del plasma a disponer de terapia génica, que puede conseguir una curación funcional. Hoy podemos tratar a una persona con hemofilia mediante una inyección subcutánea mensual, cuando antes necesitaba tratamiento intravenoso dos o tres veces por semana desde el primer año de vida. Es una revolución especialmente valiosa para un colectivo que ha sufrido mucho, entre otras razones por las infecciones por VIH y hepatitis C ocasionadas en el pasado por productos plasmáticos contaminados. Por eso existe una sensibilidad especial hacia estos pacientes. El otro gran avance se encuentra en el diagnóstico. La secuenciación genómica, en la que ha sido crucial la ayuda del Dr. Jesús María Hernández-Rivas y de su laboratorio, ha permitido alcanzar tasas de éxito diagnóstico muy elevadas. Antes sabíamos que una persona podía tener una alteración que favorecía el sangrado, pero no cuál era; hoy podemos determinar la causa en el 70 % de los casos.

Dentro de la Hematología, ¿por qué decidió centrarse en la trombosis y la hemostasia?

Reconozco que hubo algo de casualidad. Durante la residencia estaba rotando por Coagulación y me propusieron hacer la tesis en este ámbito, y esto suele marcar la trayectoria posterior. Mi tesis se centró en la trombofilia genética y la enfermedad tromboembólica venosa, concretamente en el factor V Leiden, una variante que favorece la trombosis y que había sido descrita dos años antes. Junto con mis directores, el Dr. Ignacio Alberca y el Dr. Ramón García-Sanz, nos preguntamos si los pacientes que habían sufrido una trombosis debían permanecer anticoagulados de forma indefinida por tener esta alteración genética. Tras estudiar y seguir a casi 500 pacientes,comprobamos que, en los heterocigotos, era más beneficioso suspender la anticoagulación después de un tratamiento corto que mantenerla a largo plazo. La conclusión contradecía lo establecido, pero años después fue confirmada por un metaanálisis. Aquella tesis, nacida de una pregunta clínica y conectada con el laboratorio, marcó mi trayectoria y consolidó mi dedicación a la coagulación.

Completó esa formación con una estancia en el Imperial College de Londres. ¿Qué aportó a su desarrollo profesional y personal?

El Dr. Jesús San Miguel tenía muy claro que debíamos completar la residencia con una tesis doctoral y una estancia posdoctoral en el extranjero. En 2008 tuve la suerte de lograr una beca del Ministerio de Educación y Ciencia y pude trabajar durante un año en el Imperial College, bajo la supervisión del profesor David Lane, en un proyecto sobre la proteína C de la coagulación. Aquella experiencia terminó de definirme profesionalmente: desde entonces soy, definitivamente, coagulólogo. Una estancia posdoctoral exige mucho. Supone pasar un año fuera con la incertidumbre sobre lo que harás después y, en aquella época, ese periodo ni siquiera se valoraba en una oposición igual que el trabajo realizado en España. El centro receptor no te pagaba; tenías que conseguir una beca y mantenerte en un país caro. Aun así, siempre animo a los residentes a hacerlo. Una estancia internacional abre puertas, mejora la formación, permite aprender técnicas que quizá no existen en tu centro y que después puedes incorporar. También amplía la mirada sobre el funcionamiento de otros servicios. En Londres conocí una comisión hospitalaria de trombosis,una estructura que entonces no era obligatoria en España. Al regresar, en 2009, impulsé una comisión similar en nuestro hospital. Fue una iniciativa pionera, integrada por especialidades médicas y quirúrgicas relacionadas con la trombosis. Entre todos elaboramos protocolos y acordamos cómo solicitar determinadas pruebas. Trabajar como comisión,y no únicamente como un grupo informal, nos ayudó mucho. La estancia también me enriqueció personalmente y me hizo valorar lo que teníamos aquí. En el centro en el que trabajé no dedicaban más horas que nosotros, pero optimizaban el tiempo al máximo mediante agendas organizadas con enorme precisión. Además, vivir fuera te obliga a pedir ayuda y a desarrollar la capacidad de adaptación, desde encontrar vivienda hasta desenvolverte en otro entorno.

Cuando se conocen otros sistemas y se dispone de más recursos, ¿aparece la tentación de permanecer fuera?

La tentación existe por los medios que tienen allí, aunque en mi caso había muchas razones para volver a Salamanca. En aquella época, hace casi veinte años, la diferencia de recursos era incluso mucho mayor. Recuerdo que mi jefe, estando yo en su despacho, recibió una llamada en la que le comunicaron la concesión de dos millones de libras para investigar una proteína, el factor de von Willebrand, en un proyecto unicéntrico. Yo actualmente tengo un proyecto FIS, que no suelen superar los 300.000, y varios proyectos de la Gerencia Regional de Salud, dotados con 15.000 euros. Para hablar de millones de euros, normalmente hay que participar en un proyecto europeo multicéntrico.

El organismo necesita mantener un equilibrio muy delicado entre evitar una hemorragia y prevenir la formación de un trombo. ¿Es esa complejidad lo que hace tan apasionante la coagulación?

Exactamente. La hemostasia exige un equilibrio preciso: que la persona no sangre, pero tampoco se trombose. Cuando esa balanza se rompe hacia uno u otro lado aparecen los problemas que cada vez somos capaces de diagnosticar mejor. Además,no es un sistema que implique exclusivamente al hematólogo. Cualquier especialidad médica o quirúrgica atiende apacientes que sangran o que sufren una trombosis. El papel del hematólogo consiste en determinar si existe una alteración propia de la sangre y ayudar a dirigir los tratamientos.

La valoración individual del riesgo de trombosis y hemorragia ha evolucionado de forma notable. ¿Estamos cerca de determinar con precisión quién necesita tratamiento anticoagulante, cuál es el más adecuado y durante cuánto tiempo?

Cada vez estamos más cerca. Uno de los grandes retos es encontrar el anticoagulante ideal,porque todos tienen un precio que pagar: el riesgo de sangrado, pero los tratamientos han mejorado. Los antivitamina K clásicos, como el Sintrom, presentan un riesgo hemorrágico significativo, pero ya los anticoagulantes orales directos reducen ese riesgo y mantienen,o incluso mejoran, la eficacia anticoagulante. La investigación busca ahora moléculas capaces de actuar deforma más selectiva: prevenir una nueva trombosis en una persona que ha sufrido una embolia pulmonar,un infarto de miocardio o un ictus, sin aumentar el riesgo de hemorragia. Alcanzar ese equilibrio constituiría una auténtica revolución.

¿Existe algún mito sobre la trombosis o los anticoagulantes que convenga desterrar?

Hay una idea que prácticamente se ha superado, aunque tiene una base real: los antivitamina K se utilizaron inicialmente como raticidas por su capacidad para producir hemorragias internas. Más adelante se descubrió que ese efecto podía aprovecharse terapéuticamente como anticoagulante. El Sintrom ha salvado muchas vidas, aunque tiene mala fama porque resulta difícil de controlar: interacciona con alimentos y con numerosos medicamentos, y obliga al paciente a realizar controles semanales o, si está muy estable, mensuales. Esto puede interferir mucho en la vida cotidiana, especialmente en las personas que trabajan, y además, existe riesgo hemorrágico. Los anticoagulantes orales directos han mejorado esta situación, porque presentan menos interacciones y no requieren tantos controles. Sin embargo, una vez más, la incorporación al sistema no avanzó al mismo ritmo que la evidencia científica. Durante años solo estuvieron financiados para una indicación, la fibrilación auricular; y para el resto, el paciente tenía que pagarlos. Ahora ya existen genéricos y alguno de ellos está financiado, pero hemos tardado alrededor de diez años en llegar a esta situación.

Ha hablado de su especial sensibilidad hacia las personas con hemofilia. ¿Recuerda algún paciente que cambiara su manera de entender la especialidad o de ejercer la medicina?

Durante la residencia conocí a personas con hemofilia que habían contraído el VIH o la hepatitis a través de los tratamientos contaminados que recibieron, y fue duro, porque algunas fallecieron. Eso te marca. Por eso tenemos una sensibilidad especial hacia este colectivo. Procuramos escucharlos y reunirnos con ellos para responder a sus demandas, como hacemos también con las personas con trastornos plaquetarios congénitos. Queremos explicarles los avances,pero, sobre todo, saber qué necesitan, cómo podemos ayudarlos y qué mejoras proponen. La hemofilia es una enfermedad rara y atendemos a un colectivo pequeño, de unas cincuenta personas, pero constituye un ejemplo muy claro de medicina humanista. No se trata de tratar enfermedades, sino de atender a personas que tienen una enfermedad. No basta con abordar la biología y los síntomas; hay que considerar también las dimensiones social, psicológica, laboral y emocional. Antes, nuestro objetivo era que la persona con hemofilia no sangrara. Ahora aspiramos a que tenga la misma calidad de vida que cualquier otra persona: que un niño pueda jugar al fútbol, relacionarse y participaren actividades extraescolares como los demás. La hemofilia ejemplifica la revolución diagnóstica y terapéutica, pero también el humanismo en medicina. El primer anticuerpo monoclonal biespecífico, una tecnología muy utilizada ahora en oncohematología, se aplicó en hemofilia. La terapia génica ya está aprobada y, en Castilla y León, nos hemos reunido con los responsables de la Junta para que una persona que la solicite y cumpla los criterios pueda recibirla. Son tratamientos muy costosos, pero pueden conseguir una curación funcional.

Algunos sangrados se normalizan y se olvida que puede existir una causa relevante y tratable. Su grupo ha investigado a mujeres con sangrado menstrual abundante. ¿Cuántas mujeres han crecido creyendo que debían soportar algo que, en realidad, podía ser una enfermedad?

Es un trabajo del que nos sentimos muy orgullosos, realizado junto al Servicio de Ginecología, que dirige la Dra. María José Doyagüe, y con las doctoras Tatiana Costas y María Ángeles Cabrero, que próximamente defenderá su tesis sobre este proyecto. El sangrado menstrual abundante es muy frecuente y, a menudo, no se consulta porque se normaliza. Algunas mujeres piensan que es hereditario, porque también le ocurría a su madre; otras lo consideran normal o no consultan por el tabú que todavía rodea la menstruación. Además de asistencia,investigación y docencia, este proyecto nos ha enseñado a divulgar. Hemos acordado una definición sencilla para que cualquier persona pueda reconocer el problema: una mujer puede presentar sangrado menstrual abundante si la regla dura más de siete días, necesita cambiar el producto de higiene menstrual antes de dos horas o expulsa coágulos grandes, aproximadamente del tamaño de una moneda de un euro. En esas circunstancias debe consultar. Hemos organizado jornadas en el IBSAL y difundido esta información en la prensa y en las redes sociales para aumentar la concienciación.

“La investigación en España está muy por encima de los recursos que recibe de la administración”

Gracias a ello han consultado muchas pacientes. Esto supone un gran esfuerzo y una sobrecarga tanto para Ginecología como para nosotros. Volvemos a la misma paradoja: aumentan nuestras capacidades diagnósticas, pero seguimos siendo las mismas personas, con el mismo tiempo y las mismas consultas. Pero hemos sido capaces de diagnosticar a mujeres con alguna enfermedad hemorrágica hereditaria. Así, hemos documentado que en mujeres con sangrado menstrual abundante no estructural puede existir una enfermedad hemorrágica hereditaria en el 30% de los casos. Además, este proyecto ha recibido recientemente el Premio Best in Practice 2026, de la Real Fundación Victoria Eugenia, que reconoce iniciativas innovadoras capaces de generar mejoras tangibles en la calidad asistencial, la experiencia de los pacientes y la eficiencia del sistema sanitario.

Han identificado alteraciones genéticas poco frecuentes mediante secuenciación. ¿Qué significa para una familia ponerle nombre,después de muchos años, a lo que le sucede?

Imagínate una enfermedad genética presente desde el nacimiento que no se diagnostica hasta los treinta o cuarenta años. Muchas de estas enfermedades todavía no tienen cura, pero al menos podemos prevenir complicaciones potencialmente graves. El diagnóstico suele ser recibido con una sensación de alivio, al proporcionar una explicación definitiva a síntomas previamente no filiados y reducir la incertidumbre acumulada tras años de consultas médicas. Estas enfermedades raras y heterogéneas deben estudiarse en grupos multidisciplinares. Disponemos de un grupo específico de investigación y trabajamos también en red. El Dr. José María Bastida es uno de los coordinadores del Grupo Español de Alteraciones Plaquetarias Congénitas, y esta colaboración nacional permite reunir casos, analizarlos mejor y avanzar en el conocimiento de enfermedades muy infrecuentes.

¿Cuáles son actualmente las principales líneas de investigación de su grupo CARD-02 del IBSAL sobre la patología trombótica y la hemostasia?

Nuestro objetivo es seguir creciendo. Comenzamos como grupo emergente y, tras una auditoría del Instituto de Salud Carlos III, pasamos a ser un grupo consolidado hace años. Ahora queremos afianzar dos líneas principales. La primera aborda las enfermedades hemorrágicas hereditarias, que son enfermedades raras en las que todavía podemos mejorar mucho el diagnóstico. La segunda se centra en la trombosis: su abordaje multidisciplinar, la identificación de patrones clínicos, las bases genéticas de la trombosis y la participación en proyectos y ensayos con nuevos anticoagulantes. Es verdad, que en comparación con países de nuestro entorno, como Italia o el Reino Unido, competimos con una financiación muy inferior. Sus grupos pueden estudiar a miles de pacientes mediante grandes plataformas genómicas, algo difícil de alcanzar con nuestros recursos. Aun así, la investigación española tiene un nivel muy alto y se encuentra muy por encima de los recursos que recibe.

¿La investigación sigue dependiendo en exceso de la vocación y del sacrificio personal?

Sí, aunque también quiero ser optimista. Investigar requiere recursos económicos, pero empieza por observar, analizarlo que haces y revisar las historias clínicas. Recuerdo una conferencia del Dr. Juan Rodés en el IBSAL que me marcó. Contó que una de las investigaciones que más satisfacción le había proporcionado fue una de las primeras, realizada sin financiación: utilizó un lápiz y las historias clínicas, registró y analizó los casos de enfermedades hepáticas y encontró patrones y respuestas. Los recursos son imprescindibles. Analizar biomarcadores de coagulación es muy costoso y requiere muchos pacientes. Pero la pregunta clínica está delante de nosotros y puede servir como punto de partida para un estudio piloto.

¿Qué aporta desarrollar esa labor en Salamanca, en un entorno que integra hospital, Universidad e IBSAL?

Me encuentro muy a gusto, quizá precisamente por el ambiente. La infraestructura de la que disponemos desde la inauguración del nuevo hospital también ayuda, pero lo esencial es el entorno de trabajo en el servicio y en la Universidad, y la calidad de los compañeros, tanto de nuestra especialidad como de otras. Colaboramos con muchos, por ejemplo, con Mercedes Sánchez-Barba en el ámbito de la estadística. La fortaleza de un servicio y de una universidad depende de sus personas, son ellas las que permiten trabajar bien, facilitan la colaboración y hacen que los proyectos avancen.

“Cuando un paciente confía en su médico, los resultados, incluidos los psicológicos, son mejores”

Aun con ese entorno favorable, ¿cómo compatibiliza la presión asistencial con la investigación y la docencia?

Con muchos sacrificios. Eso no puedo negarlo.

Como docente, ¿qué intenta transmitir a las nuevas generaciones de médicos que no aparece en los libros?

Lo que no aparece en los libros se aprende en la relación médico-paciente. Un estudiante puede conocer perfectamente una enfermedad si cuenta con un docente que tenga las ideas claras y transmita los conocimientos con pasión, pero los libros no enseñan cómo ganarse la confianza de un paciente, y es fundamental. Se consigue mediante la empatía, comprendiendo lo que la persona está viviendo, pero también con coherencia. Si le dices a un paciente que lo llamarás un día concreto para comunicarle los resultados, tienes que hacerlo. Si le dices que estarás disponible en un determinado momento, debes estarlo. Además, la información se tiene que transmitir con claridad, sencillez y un lenguaje accesible. En mi etapa como vicepresidente del Colegio de Médicos aprendí también el valor esencial de la ética médica: respetar la confidencialidad, la autonomía del paciente y los principios deontológicos que el Colegio debe garantizar. Y debemos aprender a comunicar las noticias, sean buenas o malas, y para ello, hay que ser realistas, no generar falsas expectativas y respetar si el paciente desea conocer toda la información o no. Todo esto se aprende con la práctica y debe trabajarse, aunque vivimos en un sistema tan tensionado que muchas veces no disponemos del tiempo necesario. Pero cuando un paciente confía en su médico, los resultados globales, incluidos los psicológicos y emocionales, son mejores.

¿Qué admira de las nuevas generaciones de médicos y qué cree que todavía debemos enseñarles mejor?

El nivel académico con el que llegan es altísimo. Sin embargo, esta profesión es profundamente vocacional y exige comprender que atendemos a personas. No basta con dominar todos los conceptos; también es necesaria una verdadera relación con el paciente.

La inteligencia artificial ya está transformando la medicina. ¿Qué está aportando al servicio y, en particular, a la Unidad de Trombosis y Hemostasia?

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Debemos entenderla como un complemento: no sustituirá al médico, porque no puede realizar por sí sola un juicio clínico, carece de ética y no puede ganarse la confianza del paciente. Bien utilizada, sin embargo, es una ayuda extraordinaria. En Hematología ya la incorporamos al análisis de la secuenciación genómica, que genera enormes cantidades de datos. En un futuro muy cercano, y ya ocurre en algunos hospitales, se incorporará también al diagnóstico de laboratorio. Podrá orientarnos, a partir de la clínica y de los resultados preliminares o de cribado, sobre qué pruebas solicitar y qué posibilidades diagnósticas explorar. Queremos poner en marcha, además, un proyecto de visión artificial delas plaquetas: analizar sus características mediante inteligencia artificial para diferenciar, por ejemplo, una púrpura inmune de un trastorno plaquetario congénito. Aún queda mucho trabajo,porque el sistema necesita muchos datos con los que aprender.

Los médicos denuncian sobrecarga, falta de tiempo y jornadas prolongadas. ¿Qué diagnóstico hace de la situación actual?

Trabajamos en un sistema muy tensionado y se produce la paradoja de que la medicina vive una edad de oro científica,con avances revolucionarios, pero nuestro sistema sanitario no siempre ofrece el entorno adecuado para aplicarlos. Buena parte de la investigación se realiza fuera del horario laboral gracias al esfuerzo individual y a la vocación, y a ello se suman el exceso de burocracia y la falta de equidad entre comunidades autónomas en el acceso a algunos tratamientos.

¿Hemos romantizado el sacrificio del médico y utilizado la vocación para justificar condiciones laborales inadecuadas?

Totalmente, y eso tiene consecuencias. En una guardia de veinticuatro horas, debemos preguntarnos cómo puede serla atención al paciente durante la última hora. Se necesita un cambio de gestión que será difícil, pero lo principal es que se escuche a los profesionales. Del mismo modo que hablar con las asociaciones de pacientes permite conocer sus necesidades más allá del pronóstico o el tratamiento, es fundamental que el Ministerio escuche a los médicos y se alcance un acuerdo beneficioso para todo el sistema. La huelga puede interpretarse como un conflicto laboral, pero en realidad es también un síntoma de que el Sistema Nacional de Salud se encuentra tensionado al máximo.

¿Qué le sigue emocionando de ser médico?

Me emocionan situaciones como la que viví hace poco, cuando encontré por la calle, fuera de Salamanca, a un paciente al que habían realizado un trasplante de médula cuando yo era residente. Veintiséis años después, lo vi paseando y estaba fenomenal. Me emociona diagnosticar, después de tantos años, a una familia con enfermedad rara, o poder decir a una adolescente con sangrado menstrual abundante que tiene una enfermedad de von Willebrand, que había pasado inadvertida,pero que podemos tratarla y prevenir sus complicaciones. Lo que continúa emocionándome son los pacientes.

¿Cómo se aprende a convivir con los casos en los que no se puede curar o no se ha llegado a tiempo?

Creo que la vocación es lo que permite continuar, porque todos vivimos momentos muy duros. Cuando un paciente fallece y no hemos podido hacer nada más, supone un golpe, pero debe quedarnos la tranquilidad de haber hecho bien nuestro trabajo, de no haber dejado nada por intentar y de revisar después el caso para valorar si algo podría haberse mejorado. Lo importante es saber que has cumplido con tu deber y que has hecho todo lo posible desde los puntos de vista médico, deontológico y humano.

Después de todo el camino recorrido, ¿de qué se siente más orgulloso?

Al mirar mi trayectoria, me siento orgulloso de haber avanzado paso a paso: terminar la residencia, hacer la tesis y realizar la estancia posdoctoral. Y, en paralelo, formar una familia de la que también me siento muy orgulloso, y a quienes agradezco todo el apoyo, pese al tiempo que les he quitado. Me siento satisfecho del camino recorrido y, sobre todo, de haber intentado ayudar y no crear problemas entre compañeros.

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