Atención Primaria Rural

Sobre el terreno: “Yo me voy cuando acabo”

La Dra. María José González Pimienta recorre cada día unos 200 kilómetros para atender a sus pacientes de Bocacara y Sancti-Spíritus. Defiende la medicina rural como la “más cercana, familiar y comprometida”, pero tiene un precio: jornadas sin hora de salida, guardias, carretera y una gran implicación. Después de 26 años de profesión, asegura que volvería a elegirla «una y mil veces». La pregunta es quién querrá hacerlo cuando su generación ya no esté

Son las nueve de la mañana y ya hay pacientes esperando a la Dra. María José González Pimienta en Bocacara. En la agenda solo aparecen seis nombres para la hora de consulta que tiene asignada en este pequeño pueblo salmantino los lunes y los jueves, pero cuando vuelva a arrancar el coche, más de dos horas y media después, habrá atendido a quince personas y habrá realizado una visita a domicilio.

Aquí la agenda es solo una aproximación a lo que ocurrirá durante el día. Llegan los citados y los que no lo están. Una analítica, un catarro, un dolor de estómago, un golpe en un dedo, la tensión. Se saludan, preguntan por la familia y esperan. “¿Pero está Mari Jose?”. Está. Y hay enfermera. La tranquilidad parece volver inmediatamente al pequeño consultorio.

“Cuando falta Mari Jose, estamos perdidos”, dice una paciente. Durante los diez días de vacaciones de la médica, recuerda, apenas tuvieron consulta. “Es como de la familia”, enfatiza.

Y quizá esa frase explique mejor que ninguna otra lo que vamos a ver durante la jornada. Porque esta médica rural de gran vocación no habla de Bocacara y Sancti-Spíritus como dos lugares a los que viene a trabajar, habla de ellos como si fueran un poco suyos. Y a los pacientes los conoce por el nombre, por sus enfermedades, por sus hijos y, muchas veces, por aquello que todavía ni siquiera le han contado.

“La medicina rural es la forma más cercana, más familiar y más comprometida”, explica.

La consulta oficial de Bocacara terminaría a las 10.30, pero pasadas las 11.30 horas, María José González Pimienta sigue allí.

Después toca carretera hasta Sancti-Spíritus. Allí hay 22 pacientes citados, pero verá a 35. Y es un día tranquilo.

“Yo me voy cuando acabo”. Lo dice varias veces durante el día, y no es una frase hecha, porque llegar a casa a las cuatro, las cinco o las seis de la tarde no es excepcional. Tampoco tener más de 50 pacientes al día. Si alguien llama al consultorio porque tiene fiebre o le duele la barriga, al otro lado no hay un administrativo que decide si queda un hueco en la agenda, porque es ella misma quien coge el teléfono, o la enfermera.

“Yo no puedo decirle a nadie: hoy ya no hay citas disponibles.

Arriba y abajo, fachada e instalaciones del consultorio de Sancti-Espíritus. En el centro,
la Dra. María José González Pimenta posa con la enfermera en la puerta del consultorio médico de Bocacara antes de la visita a domicilio de una paciente mayor.

Es imposible. Y más cuando los conoces”. Ahí está la otra cara de esa cercanía que tanto reivindica. Conocer a quien tienes delante hace mejor, como ella dice, la medicina, pero también hace mucho más difícil cerrar la puerta.

La Dra. María José González Pimienta llegó a Sancti-Spíritus en 2017 como interina. Estuvo cinco años, hasta que aprobó la oposición y tuvo que marcharse, porque aquella plaza tenía propietario. Los vecinos se movilizaron para intentar que se quedara y le hicieron un homenaje que “no olvidará jamás”. No pudo ser.

Pasó dos años en Ciudad Rodrigo hasta que tuvo la oportunidad de pedir de nuevo Sancti-Spíritus. Aunque podía haberse acercado a Salamanca, eligió volver: “Era como algo que tenía pendiente y tenía que recuperar. Era volver a casa”.

De hecho, había seguido encontrándose con algunos de sus pacientes durante las guardias en Ciudad Rodrigo, y nunca perdió completamente el contacto. Ahora tiene unas 700 tarjetas sanitarias en Sancti-Spíritus y más de un centenar en Bocacara.

“Es algo habitual tener 70 pacientes en un día”

En septiembre estuvo diez días de vacaciones — solo pueden cogerse los periodos vacacionales por decenas o, como mucho, quincenas—, y aunque podría haber librado el día 9 para unirlo al festivo, decidió trabajar para que sus pacientes no acumularan tantos días sin médico. Ese día atendió a 70 personas, y en su ausencia solo hubo un día de consulta.

“No fue algo extraordinario. Esto es lo habitual. Yo tengo incluso más carga asistencial que cualquier consulta urbana”, reconoce. Cuando ella no está, hay cuestiones que se resuelven en Ciudad Rodrigo, por supuesto, las urgencias, pero otras esperan a que vuelva. Y ahí aparece una palabra que se repite cuando María José habla de faltar a su consulta: la culpa.

Ha ido a trabajar con un esguince y con muletas. Y aunque sabe perfectamente que nadie es imprescindible, y que otro profesional podría hacer su trabajo igual o mejor, “si tú consideras tuya tu consulta, el trabajo va un poco más allá. Más que un trabajo es una forma de vida, y sabes que, si tú no estás, hay muchas cosas que no se hacen”.

La medicina rural también ocurre fuera de la consulta. Hace unos 200 kilómetros diarios, acaba de dejar un coche de cuatro años con 180.000 kilómetros y calcula que gastaba más de 6.000 euros al año en gasóleo, que, por supuesto, salen de su bolsillo. Por eso ha optado por uno eléctrico, ya que tampoco tiene muchas opciones de compartir vehículo: nunca sabe cuándo terminará ni cuándo tendrá que salir hacia un domicilio o atender una urgencia.

“El coche es casi más importante que el fonendo”, bromea. Y el fonendo, por cierto, también es suyo, un precioso regalo en el que tiene grabados los nombres de sus hijos. Como son suyos el otoscopio y otros pequeños materiales que lleva consigo.

En los consultorios, sin embargo, María José considera que ha tenido suerte. Tanto en Bocacara como en Sancti-Spíritus los ayuntamientos han ido respondiendo a sus peticiones y ha logrado que haya la equipación suficiente y necesaria. Ya hay desfibriladores en los dos municipios, e incluso han formado a los vecinos en reanimación cardiopulmonar.

Sin conexión a internet

“Tengo buenos consultorios porque los hemos ido mejorando”, asegura, pero sabe que no ocurre igual en todos los pueblos.

Y aun con buenos consultorios, hay problemas que siguen sin resolverse. En Bocacara la conexión a internet falla continuamente, y si no puede consultar un resultado o renovar una receta, tendrá que hacerlo después desde Sancti-Spíritus. Y también hay días muy duros que no se arreglan con mejor conexión, más material ni una agenda más holgada. María José ha vivido dos paradas cardiorrespiratorias estando sola, sin enfermera. Una ocurrió prácticamente al lado del consultorio, empezó la reanimación desde el primer momento, utilizó el desfibrilador, pero no pudo hacer más. La otra iba precisamente a visitar al paciente al que habían dado de alta del hospital y estaba aparcando cuando salió su hijo a buscarla porque su padre se encontraba en parada. Ninguna terminó bien, y por supuesto, los conocía y les tenía cariño. “Cuando ya ha pasado todo, te montas en el coche y empiezas a llorar desconsoladamente”.

Después hay que seguir. “Esto es como una mochila. Vas cargando, vas cargando y a veces no te queda más remedio que descargar”.

Conoce a todas las personas que faltan, las puede recordar una por una, porque después de nueve años vinculada a estos pueblos, la continuidad asistencial, para ella, no es un concepto teórico. “Me hicieron pruebas en Ginecología porque tenía algo y quedaron en llamarme dentro de un mes. Pero mi médica dijo: ‘no podemos esperar tanto’, e hizo todo lo posible. Cuando me llamaron, yo ya estaba operada y todo. Pero fue por ella, solo por ella”, recuerda una paciente.

Y así es. Se preocupa por resultados pendientes; por diagnósticos que ha tenido que acelerar porque sabía que algo no encajaba; por los mayores que viven solos con hijos que solo regresan en verano e intentan resolver en diez días todo lo ocurrido durante el año; por personas que vuelven de Salamanca del especialista con los informes para preguntarle a ella qué significan…

“Tú eres la que junta todo”, dice. Y eso es, precisamente, la gran esencia olvidada, y a menudo maltratada, de la Medicina Familiar y Comunitaria: no tratar únicamente una enfermedad, sino al enfermo dentro de su comunidad.

La Dra. María José González Pimienta lleva 26 años trabajando como médica de Atencion Primaria, casi siempre en el medio rural, y lo ha compatibilizado con cuatro hijos —tres de ellosestudian Medicina— y con su marido, que también es médico. Ha conciliado con desplazamientos, guardias y años de trabajo en distintos pueblos de Zamora y de Ávila, además de Salamanca.

Recuerda épocas en las que conducía embarazada de un lugar a otro y jornadas en las que pensaba que cualquier día podía matarse en la carretera, como así le ha pasado a algunos compañeros, fallecidos por accidente después de una guardia.

Ella tiene cinco guardias al mes, de 17 o 24 horas, y cuando se va de vacaciones, no desaparecen: se hacen las mismas, pero se concentran en menos días.

“Se han aprovechado toda la vida de nuestra vocación”

Entiende, por tanto, que quienes vienen detrás no quieran vivir igual. “Se han aprovechado toda la vida de nuestra vocación”, asegura. Pero no lo dice para renegar de ella. Al contrario, habla con entusiasmo de su profesión. Lo que cuestiona es que la vocación tenga que convertirse en el recurso que cubra todo aquello a lo que no llega la administración y que, a día de hoy, se siga sin poner en valor la medicina rural entre los jóvenes.

Por eso le resulta especialmente esperanzador que ahora tenga una residente a su cargo como tutora por primera vez —hasta 9 en el área de salud de Ciudad Rodrigo, todo un récord—, y también el haber recibido estudiantes de Medicina gracias a un programa de prácticas rurales, a quienes les sorprendió muy gratamente todo lo que se hace en una consulta de pueblo. “La medicina rural puede resultar atractiva cuando se conoce desde dentro, el problema es el desconocimiento”, asegura. “Yo haría una y mil veces Medicina de Familia. Es la más bonita que existe”, añade.

Pasan ya las tres de la tarde en Sancti-Spíritus y hoy ha sido “un día muy, muy tranquilo”, como recalca una y otra vez María José, algo sorprendente teniendo en cuenta que ha visto a 15 pacientes en Bocacara cuando solo había seis citados; después de un domicilio; después de la carretera; después de otros 35 pacientes en Sancti-Spíritus; después de las recetas que hace al final del día gracias a un buzón que ha instalado para que los pacientes depositen sus peticiones; y luego otra vez la carretera para volver a casa. Pero se va muy feliz.

Y claramente no cree que la solución pase por alejar al médico de los pueblos. Habla, por poner solo un ejemplo, de esa mujer de 90 años que necesita que le revisen una úlcera, la tensión o la diabetes. “¿Cómo la mueves en un autobús?”, se pregunta, y cree firmemente, que si para una consulta rutinaria muchos mayores tuvieran que desplazarse, sencillamente dejarían de ir al médico hasta encontrarse realmente mal.

“Estos pacientes tienen el mismo derecho”

“Estos pacientes tienen el mismo derecho a poder ir caminando hasta su consultorio y ser atendidos por un especialista en Medicina de Familia que aquellos que viven en la ciudad”, defiende.

Pero también sabe que mantenerlo exige profesionales dispuestos a venir. Y ahí aparece la incógnita.

María José volvió a Sancti-Spíritus pudiendo elegir otros destinos. Se paga el coche con el que hace 200 kilómetros diarios. Se queda cuando termina su horario. Coge el teléfono. Ve al que tiene cita y al que no. Persigue una prueba que no llega. Se lleva a casa la muerte de alguien a quien conocía desde hace años. Y al día siguiente vuelve.

No porque crea que tenga que ser así necesariamente, porque insiste en que faltan medios, tiempo y condiciones que permitan ejercer sin depender exclusivamente del sacrificio personal. Peroella ama su trabajo y lo transmite, tanto que hasta uno de sus hijos siempre decía que quería ser médico de pueblo. “Ya veremos”, asegura.

Y quizá esta duda contenga la pregunta que queda después de acompañarla durante toda una jornada. María José sabe quién atenderá mañana Bocacara y Sancti-Spíritus, porque a las nueve volverá a haber gente esperándola y ella volverá a entrar por la puerta. Lo que nadie sabe todavía es quién lo hará cuando médicos como ella ya no estén.


Atención Primaria Rural – El futuro

El relevo de la medicina rural exige algo más que nuevos médicos

Kilómetros, guardias, dificultades para cubrir ausencias, conciliación y una organización heredada de otra realidad amenazan la viabilidad de la Atención Primaria rural salmantina. Pablo Baz reclama adaptar el modelo a cada territorio, reforzar los medios y devolver a los médicos capacidad de decisión para reorganizar la asistencia

La Dra. María José González Pimienta sabe quién abrirá mañana la consulta de Bocacara y quién estará después en Sancti-Spíritus. Lo que resulta más difícil es saber quién querrá hacer ese mismo recorrido dentro de diez o quince años.

La pregunta que deja abierta su jornada se repite, con distintos matices, por buena parte de la provincia. Salamanca combina una población envejecida y dispersa con núcleos próximos a la capital que han crecido y otras zonas alejadas en las que el médico continúa recorriendo numerosos kilómetros para atender pequeños consultorios. Y, sin embargo, según el Dr. Pablo Baz, vocal de Atención Primaria Rural del Colegio de Médicos de Salamanca, la organización no ha evolucionado al mismo ritmo: “Seguimos teniendo las mismas plantillas de los años 90 cuando se abrieron los centros de salud, y vamos camino de 2027”.

Para Baz, médico rural en el centro de salud Periurbana Norte, además de representante colegial, ahí empieza buena parte del problema: intentar responder a una realidad nueva con una estructura demasiado rígida. No se trata únicamente de contar cuántos médicos faltan. En la ecuación entran la dispersión, las guardias, los desplazamientos, la conciliación, la sobrecarga cuando falta un compañero y las dificultades para hacer atractivos determinados destinos.

También las peculiaridades del trabajo. En algunos consultorios, explica, el médico se desplaza solo y asume tareas que en otros entornos se reparten entre diferentes profesionales, como los administrativos o los celadores. “El médico sigue llevando el material a sus consultas y sigue poniendo su coche. Si aparece una urgencia en otro punto de la demarcación, deja la consulta, se desplaza y regresa después para continuar”, explica.

“Seguimos teniendo médicos que hacen muchísimos kilómetros a lo largo del día”, señala Baz, y cita especialmente el entorno de Ciudad Rodrigo, la periferia de Béjar, la Sierra de Francia o Las Arribes del Duero. En algunos momentos del año, añade, el profesional puede recorrer grandes distancias para atender una demanda reducida o no atender a nadie. “Es tener un médico en la carretera, y eso es poco útil”.

Cuando falta un compañero

El equilibrio se vuelve todavía más frágil durante las vacaciones, una baja o cuando una plaza queda sin cubrir. “Tenemos que acumular el trabajo del compañero que se va del pueblo de al lado”. Un problema, como explica Pablo Baz, que se intensifica en verano, cuando la población de determinados municipios aumenta y coinciden las vacaciones de los profesionales.

Para el vocal, esa forma de sostener el sistema también influye en el atractivo de las plazas rurales. Una cosa es elegir Medicina Familiar y Comunitaria y otra aceptar un destino alejado, con muchos kilómetros, guardias, dificultades de conciliación y la posibilidad de asumir además la actividad de otros compañeros.

Y no todo el medio rural es igual. “No es lo mismo la zona de Pedrosillo o Calzada, núcleos periféricos a Salamanca, que Fuenteguinaldo”, ejemplifica. Sin embargo, considera que el sistema continúa aplicando soluciones demasiado homogéneas a territorios con poblaciones y necesidades diferentes.

El relevo pasa también por conseguir que los nuevos especialistas quieran quedarse en el medio rural. Y en ese punto, Baz advierte de un serio problema: ante las dificultades para cubrir plazas, se están contratando médicos sin la especialidad vía MIR de Medicina Familiar y Comunitaria, una práctica que fue extraodinaria en tiempos de la covid-19, pero que la administración ha seguido utilizando.

“La Medicina Familiar y Comunitaria es mucho más que pasar consulta. La especialización es necesaria para desarrollar también prevención, medicina comunitaria, investigación yseguimiento continuado de los pacientes”, defiende. Para Baz, el reto es doble: formar especialistas y ofrecerles condiciones que hagan atractivo quedarse en el medio rural, en lugar de cubrir las necesidades de personal con soluciones temporales o con profesionales de otras categorías. o sin la formación reglada y exigida en el sistema sanitario español.

No todo puede ser “café para todos”

Si el diagnóstico apunta a problemas conocidos desde hace años, la pregunta inevitable es si el modelo actual puede sobrevivir sin cambios. Baz no plantea eliminar de manera generalizada los consultorios ni concentrar toda la asistencia en los centros de salud. Su propuesta pasa por algo menos visible, pero más profundo: flexibilizar. “No es café para todos”, dice.

Defiende que sean las características de cada zona —envejecimiento, dispersión, número de niños, inmigración, salud mental, frecuentación o distancias— las que determinen la organización de la asistencia. Y que el profesional que conoce esa población, que es el médico, tenga más capacidad para decidir cuánto y cómo acudir a cada consultorio.

Y esto no significa que todos los recursos tengan que estar disponibles en cada pequeño consultorio, ya que lógicamente determinadas prestaciones deberán permanecer centralizadas, pero sí es fundamental reforzar económicamente y tecnificar la Atención Primaria rural.

Y no se olvida de la prevención, de estudiar de qué enferma una población, de detectar por qué determinadas patologías aparecen con mayor frecuencia en un territorio, de desarrollar medicina comunitaria, docencia e investigación. En definitiva, de conseguir que trabajar en un pueblo no sea visto como un destino al que se llega porque no queda otra opción, sino como un ámbito profesional con posibilidades propias.

El desafío, por tanto, no parece reducirse a encontrar profesionales suficientes para reproducir exactamente la organización que existe hoy. Tampoco de elegir entre mantener todos los consultorios como están o concentrarlos todos. Está en encontrar un modelo capaz de adaptarse a una provincia profundamente desigual en distancias, población y necesidades; garantizar que vivir lejos de Salamanca no implique renunciar a una asistencia cercana; y conseguir que ejercer en esos territorios resulte profesional y personalmente atractivo.

Porque el sistema todavía cuenta con médicos como María José González Pimienta, que cuando termina su horario continúa hasta que sale el último paciente. Pero precisamente ahí está uno de los avisos que dejan ambas historias: el futuro de la Atención Primaria rural no puede descansar únicamente sobre la disponibilidad y la vocación de profesionales dispuestos a hacer siempre un poco más.

“Como no haya cambios, esto no irá a mejor”, advierte Baz, y ya vamos muy tarde.

Sin respuesta de la Gerencia

Para este reportaje, la revista del Colegio de Médicos solicitó al gerente de Atención Primaria de Salamanca, Luis Javier González Elena, conocer la situación actual de la asistencia rural y los planes de la Gerencia para los próximos años.

Se le preguntó por la plantilla y las plazas sin cubrir; las zonas y plazas de difícil cobertura; el número de médicos que trabajan sin la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria; las jubilaciones previstas para los próximos cinco años; la cobertura de vacaciones, bajas y ausencias; la formación y posterior incorporación de los MIR; las medidas para atraer y retener profesionales y los posibles cambios en la organización de la asistencia rural para garantizar su sostenibilidad.

Al cierre de esta edición, la Gerencia de Atención Primaria de Salamanca no había dado respuesta a estas preguntas.

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