En una época de bulos, manipulación e inteligencia artificial, distinguir la verdad exige contrastar fuentes, mantener el sentido crítico y desconfiar de las respuestas fáciles en la información, la política, la religión o las redes sociales
“Una importante refinería de petróleo cerca de Moscú acaba de ser atacada por Ucrania”, leo en internet. Reconozco que la noticia, de hace unos días, me hizo pensar en que la guerra sigue y que Ucrania no se ha rendido. Sin embargo, al ir a la página Newtral, que destapa bulos, para escribir este artículo, veo las mismas fotos de explosiones, destrucción y la noticia exactamente igual, con el sello encima que dice: “FAKE (BULO). Este video fue grabado en China en 2025”. Se me queda cara de pez y me pregunto: ¿A quién creer?
En otro vídeo hay un local abarrotado de gente saltando,contentos. “Británicos celebrando la dimisión de Starmer, primer ministro de Inglaterra”. FALSO. Este vídeo es de los seguidores del Leeds United, tras haber ganado un partido. Encontrado en Maldita.es. En el Diario de España publican: “Pedro Sánchez dará 2.800 € al mes, durante dos años, a los inmigrantes regularizados”. Esto es FALSO. Y está claro para los crédulos a quién beneficia este bulo. Repetirlo una y otra vez hasta que sea verdad es lo que decía Goebbels.
“GRACIAS, DOCTOR. Así usan la IA para suplantar a médicos reales y dar supuestos consejos de salud que acumulan millones de visualizaciones en TikTok”. Un médico de cabecera mío había puesto una hoja en la puerta de la consulta: “Si Vda. quieren consultar en internet cuestiones de salud, vayan a este par de portales, que son de fiar. Hay mucha desinformación por todos los lados”.

Siempre me gustó cuando en la radio los periodistas entrevistaban a algún político y recurrían a la hemeroteca:“Usted hace 5 años decía esto, con toda firmeza. Ahora afirma lo contrario, ¿decía la verdad antes o ahora?”. De aquí viene el nombre de Maldita.es (hemeroteca).
Cuando a algunos los pillan con las manos en la caja, los pasos a seguir de un montón de ellos son iguales: “es mentira”,“es una campaña orquestada contra mí”, “dimito para no dañar al partido”, “soy inocente”… Y me hacen recordar que en el centro donde trabajaba había un patio interior de tres plantas. Estaba en la tercera, y vi a un muchacho escupir a los de abajo. Yo lo vi, los muchachos que hablaban conmigo lo vieron. Le llamé. “¿Por qué has hecho eso?”, pregunto. “Yo no he sido”, responde. “Te hemos visto todos aquí”, argumento. Él no se rinde: “Lo hacen todos y solo me riñes a mí”. Y remata la faena con un argumento indestructible: “Me tienes manía”. Yo pienso: “este llegará lejos”.
En la película biográfica sobre D. Trump, El aprendiz, tiene un abogado que le aconseja: “Miente, pero jamás aceptes que has mentido”. Y mirad dónde ha llegado con esa filosofía. El Washington Post, en la columna Fact Checker (Comprobadora de hechos), informó de 15.413 afirmaciones falsas o engañosas en 1.055 días, un promedio de aproximadamente 14,6 por día. Y no le ha ido mal. ¿Le podemos creer?
Hay personas cerriles o crédulas que siguen afirmando con total convicción que la Tierra es plana o que había armas de destrucción masiva en Irak. Me parece bien que digan lo que quieran. ¿Les creemos?
Contrastar con otras fuentes fiables es un modo. Ver otros puntos de vista, y el del humor, es otro: cuando amenazó con destruir una civilización entera en Irán, Eneko publicó un chiste gráfico donde Trump decía: “Si los ayatolás aceptan mi ultimátum, puedo dejarles la aniquilación a precio de amigos”. Afortunadamente, muchos pensaban que no lo haría, siguiendo lo que han bautizado como T.A.C.O. (Trump always chickens out. Trump siempre se echa atrás), pero nos tuvo a muchos en vilo unos días, a calmantes.
“No seas incrédulo, sino creyente”, dijo Jesús a Tomás, porque no había creído a los otros discípulos sobre su resurrección. Con la información que nos diluvia encima, no podemos aplicar eso. Incluso es bueno preguntarse, ser crítico.
Yo nací en la España católica y bajo Franco. Crecí como católico, pero si hubiese nacido en Arabia sería musulmán; si en Israel, judío; en Estados Unidos, protestante; en Rusia,ortodoxo o ateo; y así podría decir del budismo, hinduismo, jansenismo (del que Gandhi copió su doctrina de la no violencia) o si hubiese nacido hace siglos en Persia, Mongolia,Egipto, Méjico, Grecia o Roma. Todos tienen mensajes, teóricamente, para mejorar la humanidad, pero también hechos horribles, como las masacres que encontramos en la Biblia, los sacrificios humanos de los aztecas o la Inquisición. ¿En qué Dios creemos? ¿Qué no aceptamos de la religión? Esto nos obliga a pensar, a plantearnos preguntas.

En una sesión de terapia de grupo está Dios sentado en una silla. La terapeuta le dice: “El diluvio, la peste, las plagas… ¿No crees que podrías encontrar maneras más constructivas de tu ira?”. Que pregunten en Israel ahora.
En problemas complejos no nos gusta pensar, y nos fiamos de las soluciones simples que dan otros. Esta es la explicación que algunos dan del ascenso de Hitler o Trump. Abdicamos de nuestro sentido crítico, ¿o no?
“Valoramos tu privacidad”. ¿Te suena? “Lo que estás utilizando gratis indica que tú eres el precio”.
Como tenemos poco remedio, ahí va la reflexión final: “La cerveza es más barata que la gasolina. Bebe, no conduzcas”. ¿Lo crees? Depende de qué cerveza.
“En problemas complejos no nos gusta pensar, y nos fiamos de las soluciones simples que dan otros”
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