Sinonimia y polisemia en la jerga popular / ¿Existe el verbo ‘incindir’? / Orquídea y criptorquidia

Por Fernando A. Navarro

Traductor médico, Cabrerizos (Salamanca)

Textos seleccionados por el autor a partir de su Laboratorio del lenguaje; reproducidos con autorización de ‘Diario Médico’

LA JERGA DE LOS PACIENTES

Sinonimia y polisemia en la jerga popular

Uno de los grandes problemas del lenguaje médico es la sinonimia; porque no siempre resulta fácil saber, por ejemplo, que la fibrosis quística es lo mismo que la mucoviscidosis, también llamada enfermedad fibroquística del páncreas, síndrome de Clarke-Hadfield y enfermedad del beso salado. La multiplicidad de sinónimos puede darse tanto en el registro especializado como en el registro general, pero en el campo de la jerga popular es donde probablemente alcanza mayor intensidad. Por ejemplo, en las tres situaciones siguientes:

Primera: anglicismos como ‘escáner’, que en boca de pacientes poco habituados a la lengua de Shakespeare puede verse deformado a escaño, escarnio, escay, escrámer e incluso escaléstric. «Fue a Urgencias y le hicieron un escarnio de la cabeza» (o un escaño celebral, que para el caso viene a ser lo mismo).

Segunda: nombres de fármacos, que resultan a menudo difícilmente pronunciables. Si a veces hasta los propios médicos tienen problemas para recordar o reproducir nombres como ustekinumab, escitalopram, exemestano, glembatumumab, pemetrexed o zafirlukast, no es de extrañar que uno de los analgésicos más vendidos en todo el mundo, el ibuprofeno, podamos encontrarlo en la jerga de los pacientes con mil y una variantes: biofreno, bolufreno, bupofreno, buroprofeno, eduprofeno, higoprofeno, hipobrufeno, hipogluceno, iboprofeno, ibufremeno, ibufropeno, ibuprafeno, ibuprofina, ipobrufeno, iprufeno, irbuprofeno, perofreno, pupofreno, uboprofeno, uroprofeno

Y tercera, algo parecido pasa con las marcas de productos farmacéuticos y parafarmacéuticos, también a menudo nada fáciles de recordar. En cierta ocasión oí decir a una adolescente: «Una amiga mía me ha dejado una caja de paté de foca, a ver si me ayuda a adelgazar». Lo cual me resultaba un tanto extraño, porque nunca he probado, la verdad, el paté de foca, pero por su solo nombre yo diría que no debe de ayudar demasiado a adelgazar, sino que más bien tiene pinta de engordar… y mucho. La extrañeza me duró hasta que una farmacéutica me apuntó que posiblemente la muchacha se estaba refiriendo a un laxante vegetal llamado Fave de Fuca, que ella había oído pedir muchas veces en su farmacia por los nombres más variopintos, desde ave de fuca hasta vaca de faca, pasando por fabe de foca, fava de fuco, fe de fuca, fuco de fava, fuve de faca, vaca de fuca y unas cuantas variantes más.

La inventiva popular no parece tener límite cuando se enfrenta a un nombre estrambótico. Y el lenguaje médico, en su tremenda complejidad, es bien pródigo en tecnicismos estrambóticos. Se explica así la multiplicidad de términos distintos que, con un mismo significado, podemos encontrar en la jerga popular de los pacientes. Para el tecnicismo ‘marcapasos’, por ejemplo, ‘cantapasos’, ‘cartapacios’, ‘cortapasos’, ‘cuentapasos’, ‘mancapasos’, ‘matapasos’ y ‘pasapasos’, entre otros. Pero puede darse también el caso contrario: el uso de un mismo barbarismo popular con dos o más significados, situación esta relativamente frecuente en la jerigonza vulgar. En este caso no hablamos ya de sinonimia, sino de polisemia, que puede constituir asimismo un serio problema para la comunicación entre médico y paciente.

En ocasiones, la polisemia obedece a un acortamiento que viene ya del registro formal; por ejemplo, en un frase como «me hicieron el letro la última vez que vine a Urgencias», donde el paciente se limita a reproducir la apócope jergal ‘electro’ que usó en su momento el personal sanitario del Servicio de Urgencias, y que ahora obligará al médico de guardia a tratar de desambiguar preguntando al paciente si lo que le hicieron entonces fue un «letro del corazón» (es decir, un electrocardiograma) o un «letro de la cabeza» (esto es, un electroencefalograma).

Otras veces, la polisemia responde en realidad a una cuestión de homonimia, por confluencia de términos que se escriben igual, pero tienen distinta etimología. Pienso, por ejemplo, en un barbarismo como culista, que tanto puede designar al oftalmólogo (por deformación del tecnicismo latino ‘oculista’) como al proctólogo (por acuñación neológica a partir del culo o ano, zona anatómica de la que se ocupa la proctología). Obsérvese, por cierto, que este último especialista, el proctólogo, da también lugar por deformación a prostólogo, que es a su vez voz homónima, por acuñación neológica, del especialista que se ocupa de las enfermedades de la próstata (esto es, el urólogo).


DUDAS RAZONABLES

¿Existe el verbo ‘incindir’?

Me consulta un cirujano: «Estoy escribiendo el texto de un caso clínico que tengo que presentar en un congreso regional, y dudo ante la frase “Se incinde y se diseca el borde distal del colgajo”. Acudo al diccionario on-line de la Real Academia de la Lengua y no encuentro el verbo ‘incindir’. De hecho, al teclearlo en la ventanilla de búsqueda me sale el siguiente mensaje de error: “La palabra ‘incindir’ no está en el Diccionario”. Busco sin embargo en Internet y veo que sí se utiliza corrientemente entre cirujanos. ¿Existe o no existe el verbo ‘incindir’ en español?».

Existir, lo que se dice existir, existe, desde luego, y lo encontramos con relativa frecuencia en los informes, artículos y textos escritos por muchos cirujanos españoles. Lo que se quiere preguntar, entiendo, no es si el verbo «existe», sino si es correcto. Y en ese caso, la respuesta es clara: el verbo *incindir* se considera incorrecto en español, contrario a la norma culta.

Con el sentido de ‘cortar’ o ‘practicar una incisión’, la forma correcta en español es incidir (del latín incídere). El error se explica fácilmente, en mi opinión, por confusión con el verbo afín escindir (del latín scíndere), que tiene el sentido de ‘cortar’, ‘dividir’ o ‘separar’.


EXTRAÑAS PAREJAS

Orquídea y criptorquidia

¿Sabía usted que las orquídeas, consideradas de forma general como unas de las plantas más hermosas del mundo, toman su nombre de la palabra griega para los testículos?

Estoy seguro de que algo así sospechaban ya muchos médicos, acostumbrados como estamos a utilizar en nuestro lenguaje especializado tecnicismos derivados del griego órchis (testículo), como criptorquidia (anomalía del desarrollo por falta de descenso de los testículos al escroto), orquitis (inflamación testicular), orquidectomía (extirpación quirúrgica de uno o ambos testículos) o monorquidia (presencia de un solo testículo). Y el caso es que esa etimología cuadra bien en urología, desde luego, pero resulta cuando menos chocante para unas flores tan bellas y delicadas como las orquídeas. Resulta chocante, sí, hasta que uno desentierra una orquídea del género Orchis y echa un vistazo a su raíz tuberosa, con dos tubérculos simétricos de asombroso parecido con los testículos humanos o de otros mamíferos. El nombre común de la orquídea Orchis morio, de hecho, es en español «compañón de perro»; natural, a la vista de la imagen adjunta.

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