Sin hogar

Por Germán Payo Losa

Director de Educahumor

He presenciado estas historias en una asociación que atiende a personas sin hogar y en riesgo de exclusión social. Uso letras en lugar de nombres.

X. está sentado con los brazos cruzados encima de la mesa. Lleva durmiendo toda la tarde. Le han operado de cadera y le han dado el alta hoy, pero está en la calle. No tiene dónde ir. Al cabo de un rato se despierta. “No os preocupéis por mí. No tengo frío”. Me cuenta cómo había sido el accidente: “Iba andando y de pronto me caí, desde unos diez metros. Me pegué un porrazo tremendo. Se acercó un hombre asustado. ‘¿Llamo a una ambulancia?’, me dice. ‘Espere’. Me tiento la cabeza. Esto está bien. La cara. Esto también. Los brazos, bien. La pierna. Esto no. Aquí hay roto algo. Ahora llame”. Con sus gestos y sus movimientos, era un monólogo divertido.

Z. llegó a la hora de cerrar la asociación. “Déjame que ponga aquí dentro la bici y el remolque. Mañana por la mañana lo saco. Duermo en la calle, y si la dejo sola me la roban. No entra donde estoy”.

Tras mucho rogar, lo aceptaron. Trataba de meter la bici y el remolque, pero éste era más ancho que la puerta. Todos allí lo veíamos: no cabe. Él, emperrado: “¡Que sí!”. Ocho personas diciendo que era imposible. Él trataba de un modo, de otro, y nada. “¡Venga, vámonos! No podemos estar toda la noche”. De pronto pasó, ante la incredulidad de todos. Entró. “Eres un tío inteligente”, le dije delante de todos. “Has visto lo que ninguno de nosotros fue capaz de ver en todo este rato”.

F. cuenta: “Desde pequeño era espabilado. Me mandó mi padre a vender una gallina al mercado por 10 pts. Le saqué 20. Un día, mi padre quería vender un cerdo pequeño. ‘Lo vendes por 100 pts.’. Yo le saco más, pensé. Hice papeletas a peseta. Fui por todos los sitios vendiendo papeletas con el cerdo atado con una cuerda. La gente me compraba. Tendría 6 años y les hacía gracia. 300 pts. saqué”.

Quienes viven en la calle sufren por las miradas. “Nos miran como si no existiéramos. Es lo que más duele”. M., que vivía en la calle, me dijo hace años: “Somos la escoria”. Me indignó. “¿Quién c… te ha dicho a ti eso?”. Hablar con ellos, hacerles sentir personas, aceptarlos como son y compartir risas y afecto es lo que hacen quienes trabajan allí, además de dar desayunos, meriendas y algunos alimentos. También hacemos un taller de humor y risa.

En un juego, se trataba de decir algo positivo de los demás. A G., que era hiperactivo, con un mal pronto y un muy buen fondo, le dijo un compañero: “Yo te admiro porque eres un luchador. Has caído muchas veces y siempre te has levantado. Para mí eres un ejemplo”. Muchos tienen esas referencias de las caídas en las adicciones y las remontadas una y otra vez.

E. llevaba la contabilidad exacta. “Llevo dos años, siete meses y tres días sin probar cocaína. Ahora estoy tratando de dejar de fumar. ‘Dejar de fumar es fácil. Yo lo he dejado cientos de veces’”.

En las tardes pasadas con ellos veo valores: la dignidad de no pedir, la independencia, la generosidad, la ayuda, la camaradería, la dureza de aguantar el frío, la lluvia, la enfermedad.

M. era electricista, sabía de astronomía y física cuántica lo que le preguntases y, además, te lo explicaba con una claridad increíble. He tenido largas conversaciones con él, y las disfrutaba como si fuera a clases en la universidad. Dormía en las ruinas de un hotel a las afueras.

Algunos han caído en el alcohol y son conscientes, otros no reconocen que son alcohólicos. Me pregunto si hubiese tenido su educación, qué habría sido de mí.

 J.: “Mi padre me retó a ver quién aguantaba más bebiendo. Yo tenía 18 años. Lo tumbé. Tuve que llevarlo a casa agarrado. No se tenía”.

Buena sintonía más allá de las palabras

Asistía a un congreso en Copenhague. Tenía la cabeza embotada de tantas ponencias, así que salí a estirar las piernas a la calle. En un supermercado, compré un zumo y me senté en una parada de autobús, pues lloviznaba, a despejarme. Contemplaba tranquilo a la gente. Vino un hombre de unos 30 años y se sentó a mi lado. Llevaba un carrito de la compra y dos bolsas. Por su pinta y sus pertenencias, me pareció que vivía en la calle. Empezó a hablarme. No entiendo danés. Al hombre no parecía importarle. Me ofreció vino, whisky, fruta. Yo le hice una caricatura y le pedí que me hiciera una a mí. No le entendía. ¿Y qué? Le estuve escuchando media hora. Nos despedimos afablemente. Logramos una buena sintonía. Eso bastaba.

La violencia administrativa. No había oído ese término. Indica la serie de trabas que hay en la administración en los trámites. Con M. juego a las damas. A veces revive su situación y se indigna con todo el cuerpo. Tiene derecho a una prestación y, además, es discapacitado. No le tramitan la prestación porque no tiene domicilio, pues vive en la calle. Y vive en la calle porque no tiene dinero para alquilar una habitación. A pesar de todos los trámites y recursos a los que le ayuda la asociación, sigue en la calle.

Quienes viven en la calle sufren por las miradas. “Nos miran como si no existiéramos. Es lo que más duele”

Hay muchos que han sufrido en la calle y otros no. L.:

 “Pasé dos años. Dormía en un cajero. Luego hacía pulseras. La gente se paraba y me preguntaba. Era totalmente libre. Yo los disfruté”. He encontrado varios con el mismo sentimiento. “Me bajaban café, bocadillos”. Leí que a otro una señora le dio lentejas con matarratas. “A ver si desaparecen todos de aquí”, dijo a la policía.

Forges dibujaba a un hombre saliendo de la consulta, mirando la receta: “Me ha dicho el médico que con esto, y 400 millones en el banco, en dos semanas, como nuevo”. La solución, en muchos casos, es tener un trabajo, porque les da dignidad. Aunque no siempre. Vi un chiste gráfico en internet, sin firma: Un médico dice a un hombre: “Tiene Vd. dos trabajos y vive bajo un puente. Le voy a recetar un antidepresivo”.

Iba con un amigo y, al cruzar un paso peatones, L., con muy mala pinta, me saludó con efusión. Intercambiamos unas palabras y risas y nos despedimos, como lo hacemos a menudo. “Pero ¿con qué clase de gente te relacionas?”, me preguntó mi amigo. Ahí está la cuestión. La apariencia.

En mi ciudad cuentan 28 sin techo, y con los centros de acogida abarrotados, sin plaza. En otros países más pobres, ni cuento. Es una forma de pobreza. “Salgo del trabajo. Nos va muy bien en la empresa. Veo todos los días a un hombre que vive en la calle. Me rompe el corazón, pero no hago nada por él. Me gustaría”, comenta un empresario.

Hacerles sentir personas, aceptarlos como son y compartir risas y afecto es lo que hacen quienes trabajan allí

Mirar, hablar, sonreír.

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