El centro del Sistema Nacional de Salud no es el paciente,es el profesional sanitario”. La frase puede sonar provocadora, pero Miguel Ángel Delgado la explica enseguida: si cuidamos a quien cuida, estaremos protegiendo la salud de las personas. Para este urgenciólogo, jefe de Estudios del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca, jefe del Servicio de Urgencias y vocal de Médicos Tutores y Docentes del Colegio Oficial de Médicos de Salamanca, la Medicina es “ciencia, técnica y también arte”. Avisa que la inteligencia artificial podrá sustituirnos el día que la profesión pierda su parte más humana, y recuerda que “la palabra cura, pero la palabra enferma”. Y no olvida que la relación entre médico y paciente no solo ayuda a sanar, sino que también construye al propio facultativo. Después de más de tres décadas formando residentes y atendiendo a miles de pacientes, reclama escuchar a los sanitarios igual que un médico escucha antes de hacer un diagnóstico. Con esa mezcla de gestor, docente y médico asistencial, pero sobre todo con la mirada de quien lleva toda la vida en Urgencias, Miguel Ángel Delgado reflexiona sobre el presente y el futuro de la profesión, la formación MIR, sus especialidad, la humanización de la asistencia y el sentido de una vocación que, asegura, sigue construyéndose cada día al lado de los enfermos.
Vocal de Médicos Tutores y una de las voces más activas en defensa de la docencia médica. La figura del tutor es crucial para nuestro sistema de Formación Sanitaria Especializada, pero sigue sin estar suficientemente valorada. ¿Qué nos falta para consolidarla y reconocerla?
Simplemente lo que acabas de decir: reconocimiento. Creo que la figura del tutor y del docente dentro del Sistema Nacional de Salud no está suficientemente reconocida, ni se tiene en cuenta,ni se valora como debería. Y eso es llamativo porque el propio sistema, al menos sobre el papel, sí reconoce esa labor. Está escrito que el tutor debe disponer de tiempo para desempeñarla e incluso que debe existir una compensación mínima, en algunos casos también económica. Sin embargo, esto no sucede en la mayoría de las comunidades autónomas. Hay alguna donde se ofrece una ayuda, aunque sea de pequeña cuantía, pero en términos generales no existe un reconocimiento real. Sinceramente, creo que puede acabar generando un problema serio. Lo he comentado en más de una ocasión con responsables que están por encima de nosotros. Tengo la sensación de que las nuevas generaciones valoran mucho más su tiempo, su vida personal, su familia y sus amigos, y me parece completamente normal. Quizá los que venimos de antes no hemos sabido hacerlo de otra manera, pero hoy muchos profesionales se preguntan:“De acuerdo, tengo este papel, pero ¿a cambio de qué?”. Antes no nos planteábamos tanto esas cuestiones, pensábamos que era algo que luego se reconocería en la carrera profesional o que la propia satisfacción de formar a otros ya compensaba el esfuerzo. Y es verdad que es una labor muy gratificante, pero también requiere tiempo y dedicación. Por eso me preocupa que,con el paso de los años, las próximas generaciones no tengan tan claro asumir estas responsabilidades si el sistema sigue sin reconocerlas ni valorarlas adecuadamente.
Entonces, ¿qué necesitamos? ¿Tiempo, dinero, regulación?
Solo que se reconozca y se cumpla la regulación. Las normas existen, probablemente haya que revisarlas, pero están ahí. Te pongo un ejemplo. En Castilla y León llevamos pidiendo una reunión con el consejero de Sanidad de la Junta, Alejandro Vázquez, desde antes de que yo llegara como jefe de estudios del hospital, en enero de 2025. El año pasado nos recibió la directora general de Profesionales, pero seguimos pendientes de esa reunión para que se reconozca la labor de los tutores y de los jefes de estudio. Al final, lo que pedimos es que se cumpla la norma. Que la categoría de jefe de estudios se reconozca —porque ahora mismo no lo está y debería equipararse a la de un jefe de servicio— y que los tutores tengan una compensación y dispongan del tiempo que necesitan para desarrollar su labor. Ese tiempo, en teoría, existe, pero no todos los servicios pueden concederlo o lo conceden.

¿Qué peligros acechan a la formación de los MIR si no cuidamos más a los tutores?
Pues el mismo peligro que acecha a la salud de los pacientes sino cuidamos a los médicos. Yo he dicho muchas veces, tanto en foros como en la Consejería o en el Ministerio cuando he tenido ocasión, que el centro del Sistema Nacional de Salud no es el paciente, es el sanitario. Tenemos que preocuparnos de quien atiende cada día al paciente, porque el sanitario ya se preocupa de él. Y yo creo que, a día de hoy, sigue siendo una profesión en la que lo más importante para la mayoría de los profesionales son sus pacientes, incluso aunque las generaciones jóvenes, como he indicado, sean más cuidadosas con su tiempo personal. Es verdad que alguna vez te encuentras con alguien que ha sacado una nota extraordinaria y se pregunta qué hace en Medicina, pero son casos puntuales. La mayoría disfruta de su profesión y por eso sigue adelante. Todos los años hay alguien que lo deja, y es una pena. A mí me duele mucho ver que, después de lo difícil que es entrar, de una carrera tan exigente y de todo el esfuerzo realizado, alguien llegue a la conclusión de que aquello no era lo suyo. Por eso creo que hay que tener mucho cuidado tanto cuando empiezas Medicina como cuando terminas la carrera y eliges especialidad. La numeritis pesa mucho al entrar y también cuando sales. Y no conviene equivocarse, porque la especialidad que elijas va a marcar tu vida, la de tu familia y también la de tus pacientes.
Y aun así, nuestro modelo de formación MIR sigue siendo la joya dela corona de un sistema que sigue dando médicos que son referentes a nivel mundial. ¿Tenemos riesgo de dar por sentado un sistema MIR excelente y acabar deteriorándolo poco a poco?
Tenía el destino marcado por el deseo de su madre, pero, como suele ocurrir, las madres nunca se equivocan, y Miguel Ángel Delgado es hoy un urgenciólogo de vocación con más de 30 años de experiencia que ama su trabajo y pone en valor a cada momento la relación médico-paciente. Licenciado en Medicina y Cirugía en 1989 por la Universidad de Salamanca, tras terminar la residencia en Medicina Familiar y Comunitaria en el Hospital Clínico de Salamanca y en el centro de salud San Juan, llegó enseguida al Servicio de Urgencias y nunca más se fue.
Hoy es uno de los primeros especialistas en Medicina de Urgencias y Emergencias, con un título fechado en febrero de 2026, después de más de veinte años de lucha para que se reconociera la especialidad. En la actualidad, es el jefe del servicio, una responsabilidad que también ocupó entre marzo de 2013 y febrero de 2016, y en la que su principal objetivo es mejorar las condiciones de los profesionales sanitarios, porque eso repercutirá en una mejor asistencia para los pacientes.
Es también jefe de estudios del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca (CAUSA) y vocal de Médicos Tutores y Docentes del Colegio de Médicos, desde donde lucha por optimizar las condiciones en la formación sanitaria especializada. Con un Máster en Gestión de Centros y Servicios de Salud por la Universidad de Barcelona,ha contribuido también a la mejora del funcionamiento del hospital salmantino como coordinador de Calidad del CAUSA entre 2010 y 2016 y como coordinador de Calidad del IBSAL de 2011 a 2013.

Así es. Estamos dando por supuesto que el sistema MIR es extraordinario, que el Sistema Nacional de Salud es estupendo y que la formación es excelente. Y probablemente también lo dan por supuesto quienes tienen mayores responsabilidades, pero no están escuchando la voz de los trabajadores. A veces hablo con algunos responsables y les digo: “Esto está pasando, la gente necesita esto, pero no nos escucháis”. Si hubiese más empatía… Y eso incluso a pesar de que ahora muchos gestores son sanitarios;incluso la ministra de Sanidad es médica. En una profesión como la nuestra, si no escuchamos, hemos perdido al paciente. Si no hacemos una buena historia clínica, no tendremos su confianza, no llegaremos a un diagnóstico correcto y tampoco aun tratamiento eficaz. Porque, aunque aciertes en el diagnóstico,si el paciente no confía en ti, probablemente no seguirá el tratamiento. Con los profesionales pasa exactamente lo mismo. Si no hacemos un diagnóstico correcto de cómo está la sanidad, sino escuchamos a médicos, enfermeras y al resto de profesionales,vamos a fracasar. ¿Por qué hay tantas bajas? ¿Por qué tanto burnout? ¿Por qué la gente se deprime? ¿Por qué los equipos sufren? Y lo cierto es que ves sufrir a los compañeros. Igual que llegan pacientes sufriendo a la consulta, llegan compañeros al despacho pidiendo ayuda. Y no solo los residentes; también adjuntos, profesionales con muchos años de experiencia, gente adulta que lo está pasando muy mal después de toda una vida de trabajo. Hay cosas que no se están haciendo bien, y esto es muy serio. Y pasará también en otros ámbitos, pero yo puedo hablar de la profesión sanitaria, una profesión para la que hemos vivido, disfrutado y aprendido durante muchos años. Y que tiene una gran ventaja: trabajas con personas, para personas y por la salud de las personas. Escuchas a tus compañeros, a los pacientes y a sus familias. Tienes una voz directa de la sociedad constantemente. En Urgencias lo ves muy claro. Según pasa un paciente, pasa otro, y luego su familia, te haces una idea bastante precisa de cómo está la sociedad. Es su pálpito. Llega gente de toda condición, de toda edad y de toda circunstancia, y cada uno llega con su sufrimiento. Aunque no todos los que llegan a Urgencias están enfermos, gracias a Dios, todos son pacientes porque creen que algo les ocurre, y muchas veces nuestro trabajo consiste en diferenciar entre quien todavía no está enfermo y ayudarle a no estarlo, y quien sí lo está, para ayudarle a sanar. Y eso mismo nos pasa también con el paciente interno, con nuestros propios compañeros.
El panorama que describe es bastante desolador, ¿qué se puede hacer?
Tampoco podemos ser catastrofistas. Durante bastantes años fui presidente del AMPA del colegio de mis hijas y recuerdo que,en una reunión, la directora dijo: “Para lo poco agradecidos que sois aquí, casi me voy a África a hacer ayuda humanitaria, que allí lo agradecen más”. Y yo le respondí: “Usted está equivocada. ¿Trabaja por el agradecimiento de sus alumnos o porque es su obligación y porque le gusta su profesión?”. Tenemos que entender el contexto en el que vivimos. Esta es una sociedad muy desagradecida, pero no solo con los médicos; también con los abogados, los carniceros o cualquier otro profesional. Vivimos en una sociedad muy centrada en los derechos y, a veces,bastante egoísta. Sabiendo eso, tenemos que ayudar al paciente,al compañero y a nosotros mismos a poner las cosas en contexto,porque el futuro lo vamos a dibujar nosotros.
“Hay un problema estructural en el sistema sanitario y también una evidente falta de planificación”
Hay que exigir mejoras a quienes tienen capacidad para hacerlas, por supuesto, pero sin caer en el pesimismo ni pensar que estamos viviendo el peor momento de la historia. Ni mucho menos. Y cuando oigo decir: “Es que estos residentes”, “es que los jóvenes de ahora”… siempre pienso lo mismo: esos jóvenes son nuestros hijos, los hemos educado nosotros y no podemos trasladarles toda la responsabilidad. Un niño que nace hoy no es distinto del que nacía hace dos mil años o del que nace en cualquier otro lugar del mundo; luego el contexto es el que influye, y en ese contexto participamos todos. Por eso creo que debemos ayudarnos más y criticarnos menos. Hay que reclamarlo que hace falta, porque es nuestro derecho y también nuestra obligación, pero sin olvidar que debemos intentar mejorar las cosas con lo que tenemos, porque, si no, todo se convierte en sufrimiento y la vida pierde sentido.

Habla de una falta de escucha por parte de los gestores, incluso cuando proceden del propio ámbito sanitario. Y, al mismo tiempo,cada vez vemos a más profesionales quemados y menos ilusionados. Más allá del contexto social, ¿también estamos ante un problema estructural del sistema?
Sí, hay un problema estructural, y también ha habido una mala planificación. De repente vemos cómo se jubilan generaciones enteras de profesionales y nos preguntamos qué ha pasado,por qué no hay relevo suficiente. Eso es, en parte, una falta de previsión. ¿Por qué hemos llegado a esta situación? ¿Por qué dependemos tanto de médicos formados fuera de la Unión Europea? Y no digo que el intercambio profesional y cultural no sea positivo, porque lo es. Pero hemos invertido mucho en formar profesionales, tanto españoles como de otros países, y muchos terminan marchándose, mientras nosotros necesitamos incorporar gente de fuera para cubrir vacantes. Algo no está funcionando bien. Estamos formando profesionales que luego se van y, al mismo tiempo, necesitamos cubrir nuestras necesidades con médicos cuya formación, en muchos casos, tenemos que evaluar y adaptar.
Como jefe de estudios y observador privilegiado de las nuevas generaciones de MIR, ¿Salamanca sigue siendo un destino atractivo frente a grandes ciudades como Madrid o Barcelona?
Sí, siempre hemos tenido un gran hospital, con grandes servicios y una universidad de referencia, pero además ahora contamos con unas instalaciones que también ayudan, porque lo físico entra por los ojos. Lo comprobamos recientemente en las jornadas de elección de plaza en Madrid. Cuando presentamos el hospital, el interés fue enorme y el salón estaba lleno. Salamanca sigue despertando mucho interés entre los futuros residentes,y además tiene una ventaja importante frente a otras ciudades. Madrid y Barcelona siguen siendo los destinos más demandados por sus grandes hospitales, pero el coste de la vida es cada vez más alto. Muchos residentes tienen que compartir piso entre cuatro o cinco personas para poder salir adelante, y en Salamanca todavía existe la posibilidad de vivir con más comodidad, incluso de forma independiente en algunos casos, aunque cada vez sea más difícil. Y a eso se suma una ciudad manejable, donde puedes ir andando al hospital y disfrutar de una buena calidad de vida.
De los primeros 700 MIR, 13 han elegido Salamanca. Los tres primeros, Cardiología; algunos también Hematología, porque son dos servicios punteros y de referencia, pero, sobre todo, se agotaron muy pronto las plazas de Dermatología, como en el resto del país.¿Qué tiene Dermatología para convertirse en una de las opciones favoritas de los nuevos médicos?
No es algo de ahora. Vivimos en una sociedad en la que la imagen tiene mucho peso y en la que los jóvenes valoran cada vez más su vida personal, su familia, sus amigos y también su estabilidad económica. Saben que hay especialidades muy duras, pero Cardiología, por ejemplo, sigue siendo muy demandada pese a su exigencia. Aunque Dermatología ofrece otras ventajas: es una especialidad más tranquila, sin urgencias vitales, sin guardias y con muchas posibilidades de combinar la actividad pública con la privada. Además, todo el mundo sabe que el sueldo del médico mejora gracias a las guardias. Como decía un compañero, en realidad son dos sueldos: el ordinario y el de las guardias. Si los separas, la cosa cambia bastante. Un dermatólogo puede alcanzar una remuneración muy digna sin necesidad de hacer guardias,compaginando su trabajo en la sanidad pública con la consulta privada. Y, además, dormir en casa todos los días.
En el lado opuesto, Medicina de Familia suele quedar relegada en la elección MIR pese a ser la base del sistema sanitario. ¿Qué ha fallado y qué habría que recuperar para devolverle el valor que merece?
Lo que hemos perdido, en gran medida, es precisamente lo mejor de la Atención Primaria: la prevención, la medicina comunitaria y el seguimiento cercano del paciente. La tenemos muy tensionada y eso ha hecho que se diluya parte de su esencia. Antes existía la figura del médico de cabecera. Era “mi médico”, alguien en quien confiabas, que te conocía, que conocía a tu familia y al que podías recurrir con facilidad. Hoy muchas veces no ves siempre al mismo profesional o tienes que esperar días para una consulta, y eso dificulta esa relación. Pero no es algo irrecuperable. La Atención Primaria está herida, no enterrada. Hay que salvarla. Y para hacerlo también debemos recordar qué la hace diferente. No es una especialidad más, es el médico que atiende al paciente de forma integral, que conoce su entorno familiar y social y que muchas veces entiende que detrás de una enfermedad también hay circunstancias personales que influyen en la salud. Esa dimensión integral y humana de la Atención Primaria es, probablemente, lo que no estamos sabiendo poner suficientemente en valor.
Después de más de veinte años reclamando la especialidad de Urgencias y Emergencias, este año han recibido a su primera residente. ¿Qué significa para el servicio este momento?
Tengo que confesar algo que siempre decía a mis compañeros:lo único que querría sería jubilarme viendo reconocida la especialidad de Urgencias y teniendo un residente en el hospital. Yo hice Medicina de Familia, pero prácticamente toda mi vida profesional ha estado ligada a Urgencias. Han sido más de veinte años de trabajo y de lucha para conseguir esta especialidad, y no ha sido fácil. Por eso la satisfacción es enorme. La verdad es que ya me puedo jubilar tranquilo. Estamos encantados y muy ilusionados. Sin olvidar que la Urgencia es una especialidad dura. Aunque en los grandes hospitales de Madrid, Barcelona o Valencia la presión sea mucho mayor, Salamanca tiene una particularidad: aunque es una ciudad pequeña, maneja una actividad asistencial muy importante. Habría que valorar porqué, pero hay personas que incluso te reconocen que apenas conocen a su médico de cabecera y que toda su relación con el sistema sanitario pasa por Urgencias. Así que para el servicio ha sido especialmente ilusionante contar con la primera residente, que, además, es una chica encantadora y con muchas ganas. Ahora nuestro reto es estar a la altura, ser un buen ejemplo y unos buenos tutores para que no pierda nunca esa ilusión.
Se habla mucho de que tenemos los médicos mejor preparados de la historia en cuanto a nivel científico y técnico, pero con menos vocación y menos humanidad. ¿Lo cree así? ¿Qué cosas admira de los nuevos médicos y qué cree que todavía debemos enseñarles mejor?
No se puede generalizar. A lo largo de la historia siempre hemos tendido a pensar que las generaciones anteriores eran mejores. Lo curioso es que, después de haber visto pasar más de treinta promociones de residentes, cuando aquellos residentes se convierten en adjuntos acaban diciendo exactamente lo mismo: “Cuando nosotros éramos residentes no éramos así”. Es verdad que hoy la Medicina es cada vez más técnica, y eso me preocupa. Hay especialidades que casi parecen una ingeniería. Recuerdo a algún residente preguntando por qué tenía que pasar por Urgencias o ver pacientes durante el primer año si luego no iba atener que tratarlos directamente. Y mi respuesta era siempre la misma: “¿Y entonces qué vas a ver, lavadoras?”. Porque detrás de cada prueba, de cada imagen o de cada resultado hay enfermos,personas y familias que sufren. Y eso hay que entenderlo. Porque, si entramos en un modelo puramente técnico, cualquier inteligencia artificial nos podrá sustituir. Si perdemos la parte humana de la Medicina, ¿qué nos queda? Siempre les digo a los estudiantes que la Medicina no es solo ciencia y técnica;también es un arte. El ser humano, además de ciencia, es un arte, y hay que tratarlo como tal. Si reducimos la profesión a lo puramente técnico, corremos el riesgo de perder lo mejor que tiene.

Y eso no es importante solo para los pacientes, también para los propios médicos. Una parte fundamental de la satisfacción profesional está en saber que has ayudado a alguien. A veces no es salvar una vida; a veces es aliviar un sufrimiento o poner nombre a una enfermedad que llevaba años sin explicación. Incluso cuando das una mala noticia,estás ayudando a una persona a entender a qué se enfrenta. Esa parte no la pueden perder los médicos jóvenes. No solo por el bien de los pacientes, también por el suyo propio.
Ha vuelto a asumir la jefatura de Urgencias en una segunda etapa y en un servicio que es complicado. ¿Qué le gustaría aportar en este momento?
La verdad es que estoy ahí porque me lo han pedido. A estas alturas de mi carrera prefería una vida más tranquila; no era un proyecto profesional que estuviera buscando. Pero Urgencias ha sido mi casa durante toda la vida y tengo un enorme cariño al servicio y a mis compañeros. Cuando convives tantos años,tantas guardias, tantos días y noches compartiendo alegrías,sufrimientos, cansancio y también momentos muy duros, se crean vínculos difíciles de borrar. Siempre he pensado que todos estamos para ser útiles y que nuestra obligación es colocarnos donde las circunstancias nos necesitan, sin estorbar.
El servicio ha impulsado proyectos de calidad, humanización y mejora de espacios. Como jefe, ¿cuál es su principal objetivo?
Mi principal objetivo es que todas esas mejoras se noten de verdad en la vida de los profesionales. Está muy bien obtener reconocimientos o cumplir indicadores de calidad, pero la calidad no puede quedarse en documentos o etiquetas. Tiene que traducirse en algo que la gente perciba. Lo dije antes: el centro del sistema es el profesional. Si el profesional está bien, cuidará mejor al paciente. Por eso me gustaría que los compañeros se sintieran más tranquilos, más escuchados y más a gusto trabajando. Que el servicio sea cada vez más atractivo y que poco a poco recuperemos un mejor ambiente de trabajo. Y para eso hay algo fundamental: escuchar a la gente. Llevamos muchos años diciendo las mismas cosas, muchas veces nos oyen, pero no nos escuchan. Yo no quiero cometer ese mismo error con mis compañeros.
Con más de 150.000 pacientes al año y una presión asistencial constante, ¿cómo se afronta el futuro de un servicio de Urgencias como el de Salamanca?
La realidad es que el vaso se ha llenado hace tiempo y, en muchos momentos, ya rebosa. Cuando eso ocurre, el problema no es solo la sobrecarga asistencial; el problema es que se nos van los profesionales. Hace falta más personal y también más planificación. Sabíamos que llegarían las jubilaciones, que muchos profesionales dejarían las guardias al cumplir cierta edad y que habría dificultades para cubrir plazas. Son situaciones previsibles que deberían haberse abordado antes. Ahora toca mejorar lo que tenemos. Hay compañeros con experiencia y gente joven con muy buenas ideas. Tenemos que escucharlas y probar nuevos modelos organizativos. Estamos trabajando en proyectos relacionados con los circuitos asistenciales, con una atención más adaptada a determinados perfiles de pacientes y con nuevas formas de organización del trabajo. Y si algo no funciona,habrá que cambiarlo. Lo importante es no seguir haciendo siempre lo mismo. Pero, sobre todo, lo importante es que los profesionales participen en esas decisiones. Porque cuando una persona siente que se le escucha y se cuenta con ella, el proyecto ya empieza a mejorar antes incluso de ponerse en marcha.
Por fin llegó la especialidad, y usted mismo y varios de sus compañeros han ido obteniendo el título de especialistas urgenciólogos a principios de este año. ¿Por qué ha costado tanto?
Porque hubo sociedades científicas que se opusieron durante muchos años. Y, sinceramente, alguna quizá habría hecho mejoren dedicar más esfuerzos a defender y fortalecer su propia especialidad. En cualquier caso, nunca he compartido la idea de enfrentar Urgencias y Atención Primaria; tenemos que trabajar juntos. El paciente es del sistema sanitario, es de todos, y lo importante es atenderlo en el lugar más adecuado y, si es posible, antes de que enferme, y lo mejor, sin duda, es que no tenga necesidad de llegar a Urgencias.
Pero sigue llegando mucha gente demandando atención que no es urgente… ¿Qué pasa en la sociedad para que siga siendo así?
Realmente esta situación nos obliga a reflexionar. Siempre cuento un ejemplo que parece anecdótico, pero es muy revelador. Una chica de poco más de veinte años acudió muy preocupada a Urgencias porque tenía las piernas azules. Cuando la exploraron descubrieron que simplemente le había desteñido el pantalón vaquero. Más allá de la anécdota, eso demuestra que hay personas que llegan a un servicio de Urgencias para que alguien piense por ellas. Y eso es preocupante. Necesitamos ciudadanos más libres y más críticos, capaces de reflexionar sobre su propia salud. Personas a las que su médico de familia ayude a entender y gestionar mejor sus problemas, y que no dependan exclusivamente de Google, de la inteligencia artificial o de lo que les diga cualquiera. Porque muchas veces buscamos síntomas en internet y acabamos quedándonos con el peor diagnóstico posible. Y en esto también hay una responsabilidad colectiva. En alguna ocasión he comentado a responsables políticos que utilizan la sanidad como herramienta de confrontación o de rentabilidad política, cuando deberían preocuparse más por la salud de las personas. Necesitamos una sociedad que piense más por sí misma y un sistema sanitario que ayude a las personas a comprender mejor su salud, no a depender cada vez más de él. La salud también pasa por ayudar a la gente a pensar, a comprender y a tomar decisiones con criterio.
“La salud pasa también por ayudara la gente a pensar y a tomar decisiones con criterio”
¿Qué tiene que tener un médico para disfrutar trabajando en Urgencias sin acabar quemándose? ¿Existe realmente un perfil especial de urgenciólogo? ¿Están hechos de otra pasta?
Es una pregunta difícil. Yo podría haber dejado de hacer guardias hace tiempo y, sin embargo, sigo haciéndolas. ¿Por qué? Porque el paciente nos da muchísimo. En una situación de enfermedad, cuando una persona se siente débil, tiene miedo, incertidumbre y no sabe qué le pasa, llega a tu consulta buscando ayuda, y en ese encuentro, él comparte contigo y tú compartes con él. Ese vínculo no solo le aporta al paciente, también nos aporta a nosotros. Eso es lo que no podemos perder y eso es lo que los médicos jóvenes tienen que saber aprovechar, porque les ayuda a formarse como personas y como profesionales. ¿Qué tiene entonces el urgenciólogo? Yo creo que nada distinto de lo que debería tener cualquier médico asistencial. La relación médico-paciente de toda la vida. Saber que estás ahí para ayudar,pero entender también que el paciente te ayuda. Tú le aportas, pero él también te aporta. Tú le ayudas a construirse y, a la vez, él también te construye. Recuerdo que una vez una paciente, cansada después de una larga espera, me dijo: “¿Qué sería de ustedes si no fuera por nosotros?”. Y le respondí: “Mire, primero fue la enfermedad y luego el médico. Ojalá desaparecieran las enfermedades y tuviéramos que dedicarnos a otra cosa”. Porque esa es la realidad. Ojalá nos faltaran pacientes, pero están ahí, y son nuestra razón de ser.
Casi la mitad de los casos que atienden en Urgencias son leves; algunos, como dice, son pacientes que no están ni enfermos, pero entiendo que hay experiencias bastante duras, y también muy gratificantes. ¿Recuerda casos que le hayan marcado especialmente?
Sí, hay casos muy gratificantes y otros muy duros. Y es verdad que muchas veces te vas a casa roto, no solo agotado, sino por lo que has vivido. Recuerdo a un paciente joven, de poco más de cuarenta años, que llegó al final de una guardia. Lo traía el 112, muy inestable, con dolor torácico. Yo decía: “Este chico se nos está rompiendo”. Era una disección de aorta y no pudimos hacer nada. A la puerta estaba su mujer y nunca olvidaré sus palabras cuando le comunicamos el fallecimiento: “Hemos estado desayunando juntos hace un momento y tengo dos niñas pequeñas. ¿Qué hago yo ahora?”. Hay situaciones que se te quedan marcadas para siempre. Pero también hay casos que te enseñan mucho y que suelo contar a los residentes para que entiendan la importancia de la entrevista clínica. Recuerdo una chica de unos diecisiete años que acudía por tercera vez a Urgencias por dolor abdominal. Habían pedido pruebas y todo era normal. Hablando con ella y con su madre, les pregunté si hacía deporte, si cargaba peso o había hecho algún esfuerzo. Entonces la madre cayó en la cuenta: la chica tocaba un instrumento de viento en Semana Santa, había estado ensayando y participando en varias procesiones. Eran simplemente agujetas por soplar. Parece una anécdota menor, pero detrás había miedo e incertidumbre. Por eso siempre digo a los residentes que una parte muy importante de nuestro trabajo es el diagnóstico y el tratamiento del paciente sano. Cuando una radiografía muestra una lesión o un electrocardiograma un infarto, el diagnóstico suele estar delante de ti. Lo difícil es comprender qué le ocurre a ese paciente que vuelve una y otra vez y al que aparentemente no le pasa nada. Por eso siempre les digo: sumergíos y bucead en la vida de vuestros pacientes”. Ahí están muchas veces las respuestas.

¿Quiso ser médico desde niño o fue una vocación que apareció más tarde? ¿Por qué eligió las Urgencias?
La verdad es que ser médico no fue una decisión mía; fue una decisión de mi madre. Desde que tengo memoria me repetía:“Hijo, tienes que ser médico”. Y supongo que hubo algo que influyó mucho. Con cinco años tuve una apendicitis que se complicó gravemente. Hice una peritonitis, me operaron tres veces y, en aquella época, hace casi sesenta años, me llegaron a dar por muerto. Recuerdo poco, pero aquello marcó mucho a mi madre y probablemente explica por qué insistió tanto en que estudiara Medicina. Después la vida me llevó a Urgencias casi sin planearlo. Me quedé en Salamanca porque mi mujer estaba haciendo la residencia, elegí Medicina de Familia y, cuando terminé, vine a este servicio. Allí estaban algunos de los primeros urgenciólogos del hospital y todos decían lo mismo: “Estamos aquí porque se aprenden muchas cosas y luego ya veremos”. Al final ninguno se fue y yo tampoco. De alguna manera, Urgencias te engancha. Y si tuviera que volver a elegir esta especialidad, volvería a hacerlo.
“La palabra cura, pero también enferma, debemos ser prudentes porque dejamos huella”
Después de tantos años viendo pacientes, ¿qué es lo que más le ha enseñado la Medicina?
Que tenemos que tener mucho cuidado con lo que hacemos, con lo que decimos, con lo que no hacemos y con lo que no decimos. Porque todo deja huella. Recuerdo a un paciente que, después de hablar largo rato sobre una decisión equivocada que había tomado en su vida, me dijo que había defraudado a su mujer, a su hija pequeña y también a mí. Le pregunté sorprendido: “¿A mí?”. Y me respondió: “Sí. Hace años vine por otro problema,estuvimos hablando y aquello me ayudó a cambiar. Y ahora he vuelto a cometer el mismo error”. Yo ni siquiera me acordaba de él, no recordaba quién era ni qué le había dicho, pero aquello me impresionó mucho porque me hizo comprender que podemos hacer mucho bien, pero también mucho daño, muchas veces sin ser conscientes. Por eso siempre digo que la palabra cura, pero la palabra enferma. Hay compañeros que hoy están enfermos por palabras que se les han dicho. Tenemos que ser muy prudentes, porque la manera en que hablamos a los demás deja huella. También suelo decir que el protagonista principal de tu salud eres tú. Cuida tu salud y cuida la de quienes te rodean, porque cuanto más te preocupas de los demás, más estás invirtiendo también en tu propia salud, especialmente en la mental. Por eso debemos ser muy cautos con la palabra.

Siempre hay personas que marcan de alguna forma una carrera profesional. Más allá de su madre, que fue quien le empujó hacia la Medicina, ¿quiénes han sido sus maestros?
Me he fijado mucho en mis compañeros mayores, especialmente en los de Urgencias. Rafael Borrás fue un gran ejemplo como profesional y como trabajador, aunque fuera un cabezón. También guardo un gran recuerdo de mi rotación por Medicina Interna, con Javier Laso, Isabel Pastor, Guillermo Luna, Miguel Cordero… Habría una infinidad de gente a la que echo de menos y me alegro mucho cuando les veo. El otro día coincidí con Cándido Martín Luengo y recordábamos aquella época. A todos ellos les tengo un enorme cariño, porque fueron nuestros maestros. En aquel momento también había problemas, claro que los había, y hubo épocas muy difíciles. Lo que pasa es que ahora da la sensación de que todo está mal. A mí me tocó asumirla jefatura de Urgencias en 2013, después de que Rafael Borrás dimitiera, en los años finales de la crisis económica. Nos dijeron que ocho compañeros se iban a la calle porque no había dinero y no podíamos hacer nada. Yo acababa de llegar a la jefatura y tenía mucha menos experiencia que ahora, pero me fui a Valladolid a pedir limosna. Y tengo que decir que me escucharon. El gerente regional de entonces me escuchó, le expliqué cómo estaban las cosas y ninguno de aquellos compañeros se fue. Por eso doy tanta importancia a que nos tratemos, a que nos escuchen y a que nos miremos. Y eso vale tanto para los compañeros como para los pacientes. Yo también se lo digo a los residentes: “Cuando un paciente cruza la puerta, fijaos en cómo entra, cómo se mueve, cómo viene vestido, quién le acompaña y qué gesto tiene esa persona con él. Todo eso es información. Todo eso es historia clínica. Todo eso te aporta. Pero no os equivoquéis. Igual que tú te tienes que fijar en él, él se va a fijaren ti. Entonces, comportaos, estad correctamente vestidos,escuchadle y miradle a los ojos”.
¿La pandemia de covid-19 ha sido la experiencia más dura de su vida profesional?
No sé si la más dura, pero sí una experiencia absolutamente fuera de lugar, algo que nadie esperaba que pudiera pasar. De repente aparece un virus que no sabemos qué es, cómo ataca,cómo defendernos de él o si nos va a matar. Curiosamente, creo que en aquel momento no fuimos tan conscientes de lo mal que lo estábamos pasando como lo fuimos después. La covid-19 nos unió muchísimo como compañeros en Urgencias y se gestionó de una manera muy correcta, se atendió a muchísimos pacientes y se hicieron bien las cosas. Pero, a pesar de todo, hoy coincidimos muchos en que aquello que nos llevó al límite no nos ha servido para nada.
¿No aprendimos nada?
A ser peores. No sirvió para nada bueno. Como profesionales teníamos que estar ahí. Yo decía entonces que si eres bombero y hay fuego, tienes que subir a apagarlo, porque es tu obligación. Y nosotros hicimos lo que teníamos que hacer. Se hizo lo que se pudo con lo que se tenía y, en ese sentido, creo que debemos estar satisfechos del trabajo realizado.
Con la asistencia, la gestión y la docencia, ¿queda tiempo para la otra gran pata de la Medicina, que es la investigación?
Tenemos que luchar por ello. Hay compañeros muy implicados,y mi idea ahora, que por fin somos unidad docente oficial desde hace apenas unos días, es impulsar también esa parte. Ha sido un trabajo muy duro, porque hemos tenido que presentar muchísima documentación en muy poco tiempo. Hay muchas cosas que tienen que ser como una gripe: tenemos que infectar, tenemos que motivar a la gente. Y en investigación también.
Fue el coordinador del I Ciclo ‘La salud en manos de todos’ en el Colegio de Médicos de Salamanca, un espacio de encuentro entre pacientes, familiares y profesionales. Sin embargo, las reivindicaciones que surgían allí —más humanización, mejor comunicación o una mayor coordinación asistencial— siguen vigentes. ¿Queda mucho camino por recorrer?
Queda mucho y seguirá quedando, pero no por eso debemos dejar de trabajar en ello. Nuestra labor es sembrar y seguir adelante. Yo recuerdo el caso de aquel paciente que años después volvió y me dijo que una conversación que habíamos tenido había cambiado su forma de actuar. Esa es nuestra labor. A veces una frase o una conversación tienen más recorrido del que imaginamos. De hecho, me gustaría organizar otro ciclo con un título muy sencillo: Miedo y salud.
Mal binomio.
Claro. Porque vivimos en una sociedad del miedo, y tenemos que recuperar la confianza unos en otros.
¿Y cómo se recupera?
Tenemos que luchar contra eso. El dolor y la enfermedad existen,pero la manera de reaccionar ante ellos también depende de nosotros. El sufrimiento es la forma en que cada uno termina afrontando ese dolor. No todo el mundo sufre igual ante las mismas circunstancias ni tiene el mismo miedo ante una misma situación.
Si aquel joven que terminó Medicina en Salamanca en 1989 pudiera ver al Miguel Ángel Delgado de hoy, ¿estaría satisfecho con el camino recorrido?
No lo reconocería. Hay muchas cosas que me gustaría haber hecho mejor. Muchas. Siempre intentas hacer las cosas mejor.


Un libro. El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.
Un disco o canción. Algunas canciones de Joaquín Sabina que son pura poesía.
Una película. Matrix e Interestelar.
Un plato. Tortilla de patata.
Un defecto. Debería ser más constante en determinadas cosas.
Una virtud. La paciencia.
Una cualidad que valora en los demás. La cordialidad.
Un sueño. Simplemente mejorar la vida de la gente que te rodea, lo primero tu familia, y estar donde te necesitan.
Una religión. Católica.
Un chiste. Más que un chiste es una anécdota que resume un poco cómo está la sociedad y por qué nos cuesta tanto hacer amigos, anécdota que contaba un compañero ya jubilado, al cual recordamos con gran cariño. Entra uno en una librería y le dice: “¿Tiene usted el libro de cómo hacer amigos, so gilipollas de mierda?”.Y lo cierto es que parece que hemos agotado todas las ediciones, por la falta de empatía y la agresividad con la que muchas veces nos movemos
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