Por Germán Payo Losa
Director de Educahumor

En esta revista, el cuestionario a la persona protagonista del número acaba con un chiste. Los contados son simpáticos.
Las personas que cuentan chistes quieren provocar una risa, lo cual es saludable. Algunos chistes malos tienen el efecto contrario. Tenía un compañero experto en estos últimos. “Pero¿qué te he hecho? Perdóname, pero no me tortures así”, le decía. Él insistía: “¿Cuál es el animal que es dos veces animal? El gato,porque es gato y araña” (hace poco encontré una añadidura:“anda igual que tu mujer, que es zorra y cobra”).

No se puede confundir el sentido del humor con los chistes. El humor es un modo divertido de vernos a nosotros mismos ya la vida. Como unas gafas para descubrir lo gracioso (aunque E. Jardiel Poncela decía que “intentar definir el humor, el humorismo, es como pretender atravesar una mariposa usando,a manera de alfiler, un poste telegráfico”).
Llevo muchos años trabajando sobre cómo potenciar el sentido del humor y la capacidad de reír, sobre todo cuando la vida se pone cuesta arriba, y sus aplicaciones. Esto poco tiene que ver con chistes. En un congreso nacional de educación presenté el programa de cómo, en nuestro centro, aplicábamos el humor a la autoestima, asertividad, creatividad, inteligencia emocional, comunicación, relaciones, conflictos, actitud lúdica…Pues, al final, el presidente pidió que, para acabar, y a modo de resumen, podía contar un chiste. ¡No ha entendido nada!, pensé frustrado. Tenía tan clara la diferencia que, en cursos de verano de cuarenta horas, divertidísimos, jamás conté un chiste.
Pero cambié.
Salgo de clase con adolescentes y un compañero me pregunta: “¿Dónde vas con esa cara?”. “Estoy contento porque no he matado a nadie. Salgo destrozado”. “Ven”, me agarró del brazo. “Una mujer, desde el balcón, grita a su marido, que está en el bar: ‘¡Manolo! ¡Que nos han tocado 3 millones en la bonoloto!’. Manolo deja la cerveza y cruza la calle gritando:‘¡Maríaaaaa!’, abriendo los brazos y sin mirar. Le pasa un camión por encima y le deja planchado. María, desde el balcón, susurra: ‘Si es que cuando una anda de buena racha, anda de buena racha’”. Me hizo reír tanto que se me alivió el enfado. La risa nos puede cambiar el ánimo y es buena para la salud. Un chiste puede provocar la risa.
Tengo una hermana con alzheimer. Por las tardes salíamos a pasear. Yo quería que riese todo lo posible. Cantábamos, le contaba historias graciosas y chistes. Sus dos favoritos eran estos:

Entrevistan a una mujer: “En sus cincuenta años de matrimonio, ¿nunca le pasó por la cabeza la idea del divorcio?” / “Del divorcio, jamás, pero del asesinato, ¡muchas veces!”.
Suena el teléfono. La esposa contesta. “Señora, hemos secuestrado a su marido. O hace lo que le decimos o no volverá a verlo”. / “Pues, ¿sabe qué le digo? Que le echaré de menos,pero a todo se acostumbra una”. Y cuelga.
Lo malo de los chistes es que muchos son conocidos; por eso yo insisto en las anécdotas, propias o ajenas. Son originales. Y todos podemos aprender a contar historias que hagan reír a los demás.
En Gijón tenía dos horas para mi taller en unas jornadas educativas para gente que trabajaba en hospitales y con discapacitados. Unas 100 personas. Propuse un juego: ¿cuántos de vosotros pensáis que podéis salir aquí delante y hacer que todos se partan de risa? Ninguno. Yo creo que todos. Vamos a demostrarlo. Al final, salieron 10, uno por uno. No había tiempo para más. La gente se tronchaba.
Les dije que pensasen en algo divertido que les hubiese pasado y lo contasen a 2, 3, 4, 5. Luego,que cambiasen de grupo y contasen algo de otros y cambiar de grupo. Di algunas directrices:aprende la historia bien, no dudes. Si es propia es más fácil. Acompaña con gestos. Si puedes usar otra voz para otro personaje, mejor. Si hay un final divertido, haz una pequeña pausa y suelta el fin. No digas: “Me pasó una cosa más graciosa…”. Empieza directo: “Me pasó esto”. Si es graciosa, ya lo verás. No digas jamás: “Cuéntalo tú, que tienes más gracia”. Practica. ¿Y si no se ríen? Tienes que practicar más. Si siguen sin reír,la historia puede no ser tan divertida. Usa otra. Todas estas directrices son flexibles. La práctica ayuda a la perfección.
En la piscina, en verano, coincidía con gente y charlábamos. En invierno, un grupo de mujeres venía hacia mí. “Hola”, me dice una. Yo me quedo perplejo. “¿Pero no me reconoces?”. / “Ni idea”./ “¡De la piscina!”. / Ya caí y solté: “Disculpa, note reconocía vestida”. Las amigas le lanzaron unas miradas pícaras, a las que reaccionó con voz fuerte: “En bikini, ¡eh! En bikini”.
Aún en la situación de guerra actual podemos escrutar algo divertido. Publicaron fotos de Marco Rubio, secretario de Estado con Trump, con unos zapatos excesivamente grandes. Él explicó que se los regaló Trump y que, si no los lleva puestos,se enfada. Un humorista gráfico pinta a Rubio con unos calzoncillos inmensos. Otro colega, con chaqueta, pantalón y zapatos grandísimos, le dice:“Afortunado tú, que solo te compró zapatos”.
Aquí tenemos cosecha propia. Me encantaba Rajoy en sus fallos. Yo le percibía más humano ahí. “Cuanto peor, mejor para todos, y cuanto peor para todos, mejor”; o cuando se excusó: “Me ha pasado una cosa verdaderamente notable: lo he escrito aquí y no entiendo mi letra”. Y la vicepresidenta Díaz cuando dijo: “Tenemos gobierno de corrupción para rato” (quiso decir coalición).
En Barcelona hay una librería, La Llama, dedicada solo a objetos humorísticos y fundada por Abigail L. Enrech. En el instituto, un chico la llamaba gorda. Un día le enfrentó: “Oye,deberías cambiar el insulto, porque es evidente que soy gorda,y al final pensaremos que eres tonto”. Autoestima con humor enriquece la persona.

Y he encontrado una aplicación interesante del humor. Marc Abraham, fundador de los premios Ig Nobel (premios de investigación indignos, como disfrazar vacas de cebras para que no les piquen las moscas), declara: “La ciencia es una profesión muy difícil, muy frustrante. Sabes que la mayoría de lo que haces va a fracasar y, si tienes sentido del humor, eso ayuda muchísimo”.
El no tomarnos tan en serio contribuye. Y contar historias divertidas es preferible a los chistes. Pero si son buenos y hacen reír, bienvenidos.
Ah, pero esto ¿no iba a acabar con un chiste?
Deja una respuesta