Traductor médico, Cabrerizos (Salamanca)

A partir de 1818, el naturalista británico William Elford Leach (1791-1836) colaboró como máximo experto en crustáceos con el monumental y enciclopédico Dictionnaire des sciences naturelles de Cuvier, Lamarck y Jussieu, en sesenta y un volúmenes. En sus artículos para el diccionario, Leach dio nombre a nueve géneros de isópodos parásitos hasta entonces desconocidos; a saber: Anilocra, Canolira, Cirolana, Conilera, Lironeca, Nelocira, Nerocila, Olencira y Rocinela. Los aficionados a la ludolingüística advertirán ipso facto que estos nueve nombres no están elegidos al azar,sino que corresponden a sendos anagramas de un nombre de mujer en sus formas latina (Carolina) e inglesa o francesa (Caroline).
Esta tal Caroline debió de ser, a buen seguro, una mujer muy importante en la vida del zoólogo británico, pero ¿quién exactamente? Nadie lo sabe, pues su identidad sigue siendo todavía hoy —más de doscientos años después— un verdadero misterio.
De izquierda a derecha: Carolina de Brunswick, Caroline Herschel y Carlos Linneo.
Los biógrafos de Leach no han sido capaces de encontrar una relación directa con ninguna Caroline que formara parte de su círculo familiar o de amistades íntimas; han hallado tan solo una tal Caroline Clift, hija del naturalista William Clift, pero con la que Leach no pasó de una relación superficial. Algunos opinan que pudo ser un simple tributo cortesano a la futura y fugaz reina consorte de Inglaterra Carolina de Brunswick (1768-1821), en aquel entonces desdichada princesa de Gales. Otros, que quiso rendir homenaje a una de las mayores científicas de la historia: la astrónoma alemana Caroline Herschel (1750-1848), quien desarrolló la mayor parte de su carrera profesional en Inglaterra, descubrió ocho cometas, un millar de estrellas dobles y la primera prueba de gravedad fuera del sistema solar; fue también la primera socia honorífica de la Real Sociedad Astronómica de Londres.
Yo tiendo a creer que el juego de palabras no era muestra de ningún amor apasionado por una mujer, sino más bien por un hombre. Y no estoy insinuando, no, inclinación homosexual por parte de Leach, sino más bien admiración intelectual.
Si tenemos en cuenta, por un lado, que William Elford Leach era conocido por su modo un tanto excéntrico y obsesivo de rendir homenaje a las personas importantes para su trabajo (acuñó un nuevo género y diecinueve nombres de especies dedicados a su amigo John Cranch; entreellos, por cierto, el isópodo Cirolana cranchi, en doble homenaje a la misteriosa Carolina y a Cranch); y, por otro, su pasión por la taxonomía zoológica, como el mejor biólogo marino de su tiempo, considero probable que los nueve anagramas de marras sean una ofrenda al padre de la moderna taxonomía empleada en las ciencias biológicas: Carlos Linneo (1707-1778). Me basta tomar las dos primeras sílabas de su nombre y apellido en latín —Carolus Linnaeus, que era como se le conocía entre los científicos de su época— y obtengo Carolina o Caroline.
Para mí, misterio resuelto; pero sé que a otros no convencerá esta explicación y seguirán soñando con la quizá posibilidad de alguna hermosísima y cautivadora amante secreta por la que Leach bebiera los vientos. Lo único seguro es que el gran naturalista británico dejó abierta la interpretación, y la mente humana es pródiga en hipotéticas explicaciones ante cualquier arcano.
En la ortografía española, tan sumamente sencilla, llama la atención encontrar de vez en cuando algún escollo algo más complejo. Es lo que sucede con la distinción entre ‘diptongo’ (secuencia de dos vocales distintas [ambas cerradas o una cerrada átona y la otra abierta] que se pronuncian en una sola sílaba; p. ej.: agua, diurético, euforia, hueso, piojo, terapéutico)y ‘hiato’ (secuencia de dos vocales que se pronuncian en sílabas distintas; p. ej.: ataúd, caída, meteorismo, período, zoonosis).

Hasta 1999, la RAE distinguía entre vocablos como ‘dio’, ‘vio’ o ‘Dios’ (considerados monosílabos con diptongo y, por consiguiente, escritos sin tilde) y vocablos como ‘rió’, ‘crió’, ‘guión’ o ‘Sión’ (considerados bisílabos con hiato y, por consiguiente, al ser palabras agudas terminadas en vocal, escritas con tilde). Hasta ese momento, pues, la palabra ‘prión’ se escribía en español con tilde.
En la reforma ortográfica de 1999, la RAE declaró que, por convención ortográfica y con independencia de cuál fuera su articulación real en una palabra dada, se consideraría siempre diptongo a efectos ortográficos la combinación de una vocal abierta(a, e, o) seguida o precedida de vocal cerrada (i, u) átona. Esto es,pasó a recomendar la grafía ‘prion’ sin tilde, si bien admitía aún que quienes las pronunciásemos como bisílabas pudiéramos seguir tildando ‘prión’.
En la última reforma ortográfica, del año 2010, la RAE suprimió dicha opción por entender que quebraba el principio de unidad ortográfica. En la actualidad, pues, las palabras con diptongo ortográfico como prion se consideran monosílabas a todos efectos y deben escribirse obligatoriamente sin tilde, aunque se pronuncien como bisílabas con hiato prosódico.
“En la ortografía española llama la atención encontrar de vez en cuando algún escollo algo más complejo”
Cuando uno se interesa por los antropónimos o epónimos (esto es, nombres propios de persona que pasan a denominar una enfermedad, una técnica quirúrgica, un instrumento…), uno de los aspectos que más llaman la atención es comprobar que con frecuencia se asocian a la persona equivocada: la primera descripción de la enfermedad de Graves-Basedow la hizo el italiano Giuseppe Flajani; el síndrome de Forbes-Albright lo describieron en realidad los argentinos Juan Carlos Ahumada y Enrique B. del Castillo; el danés Nicolás Steno describió la tetralogía de Fallot…
Tanto es así que el estadounidense Stephen M. Stigler, profesor de estadística en la Universidad de Chicago, llegó a enunciar en 1980 el siguiente axioma: «Ningún descubrimiento científico recibe el nombre de quien lo descubrió en primer lugar». Es lo que hoy conocemos como ley de Stigler (o ley de la eponimia de Stigler); y alguien podría pensar que, en ese caso, la propia ley de Stigler se contradice a sí misma, o es la excepción que confirma la regla. Pues no, ni siquiera la ley de Stigler lleva el nombre correcto. Como el propio Stigler admitía en su artículo, antes que él la formuló ya otro compatriota suyo, el sociólogo Robert K. Merton.
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