Nuestro cerebro cambia constantemente. El que tenemos ahora mismo no es exactamente el mismo que tendremos dentro de un milisegundo. El Dr. Miguel Ángel Merchán lleva más de medio siglo intentando comprender este órgano extraordinario y extremadamente complejo, en especial el sistema auditivo y la capacidad del cerebro para reorganizar- se. Fundador del Instituto de Neurociencias de Castilla y León (INCYL), a sus 72 años, y ya como profesor emérito de la Universidad de Salamanca, sigue entrando cada día en el laboratorio para investigar. “Mientras tengas energía, mueres con las botas puestas”, dice. Para él, investigar no es solo una profesión, sino una forma de vida. Y lanza una advertencia: nunca ha habido médicos mejor preparados que ahora en España; el verdadero problema es si el sistema sanitario les permite trabajar en las condiciones que merecen y si la ciencia cuenta con algo tan básico como estructura y financiación estable… y la tranquilidad necesaria para investigar en paz.
Acaba de ser nombrado presidente de la Real Academia de Medicina de Salamanca. ¿Qué supone para usted este nombramiento, tanto en lo personal como en lo profesional?
Supone un honor enorme. Estoy muy agradecido porque mis compañeros de la Academia hayan considerado que podía asumir esta responsabilidad y, además, la candidatura fue elegida por unanimidad. No se trata solo de mí: es un equipo magnífico el que me acompaña, con los doctores José Carretero, Sonsoles Castro, Emiliano Hernández Galilea, Marcelo Jiménez y Jesús Martín. Es también un reconocimiento a muchos años de trabajo. Pertenecer a la Academia ya es, de por sí, una situación muy gratificante cuando uno ha acumulado cierta experiencia profesional. Y que, además, te pidan que la presidas es algo que solo puedo vivir con enorme satisfacción.
¿Lo vive más como un reconocimiento o como una responsabilidad? ¿Qué objetivos se plantea en esta nueva etapa?
Como ambas cosas. Es un reconocimiento, sin duda, pero también una responsabilidad importante. Además, llegamos después de un periodo en el que el doctor Francisco Lozano ha hecho un trabajo excelente, y eso hay que reconocerlo de entrada. Uno de los objetivos principales es ampliar el espectro de especialidades representadas en la Academia. Para poder emitir opiniones fundadas es necesario contar con expertos en las distintas áreas de la medicina. Tenemos especialistas de gran nivel en muchas disciplinas, pero la medicina actual ha alcanzado un grado de especialización enorme y es necesario incorporar nuevos académicos que completen ese panel de conocimiento. Y, por supuesto, dar más visibilidad a la Academia.
¿Cómo lo harán?
Mucha gente no sabe exactamente qué es la Academia o qué función desempeña. Tenemos que hacer un esfuerzo pedagógico para explicar nuestro papel. La Academia representa la experiencia y la excelencia del mundo médico,pero también puede ser un instrumento útil para la sociedad. Cuando la Academia emite una opinión, no es la opinión individual de un especialista, sino el resultado de un análisis conjunto desde múltiples disciplinas médicas. En un momento en el que el conocimiento está muy fragmentado, esa visión transversal es especialmente valiosa. Estamos trabajando en varios proyectos. Uno de ellos es un programa de radio que podría llamarse La Academia Responde, en el que distintos especialistas intervengan periódicamente para explicar cuestiones de salud dirigidas al público general. La idea es hacerlo de forma didáctica, pero con rigor científico. También queremos abordar temas que nos preocupan especialmente,como el problema de las noticias falsas en salud, que hoy circulan con mucha facilidad y pueden resultar muy peligrosas.


El olor del laboratorio fue lo primero. Miguel Ángel Merchán recuerda todavía la impresión que le produjo, siendo un niño, entrar en el laboratorio donde trabajaba su hermano en el Instituto Cajal y ver a los investigadores preparando muestras y observando tejidos al microscopio. Aquella mezcla de curiosidad y fascinación marcaría su rumbo. La investigación se convirtió en una forma de vida que, décadas después, sigue despertándole la misma emoción. Miguel Ángel Merchán Cifuentes (Madrid, 1953) es médico, catedrático de Histología y uno de los impulsores de la investigación en neurociencia en Castilla y León.
Su trabajo científico se ha centrado en el estudio del sistema nervioso, especialmente en la neurobiología de la audición y en la capacidad del cerebro para reorganizarse. Se formó en la Complutense de Madrid, donde realizó sus estudios de Medicina y la tesis doctoral. Durante los años de residencia en el Clínico San Carlos comenzó a trabajar con técnicas de microscopía electrónica aplicadas al estudio del oído interno, una línea de investigación que marcaría buena parte de su trayectoria científica. En 1981 se incorporó a la Universidad de Salamanca como profesor de Histología, y pocos años después obtuvo la cátedra. Desde allí desarrolló una intensa actividad docente e investigadora, dirigiendo proyectos científicos y tesis doctorales dedicados al estudio de la organización y plasticidad del sistema nervioso. Fue, además, uno de los principales impulsores del Instituto de Neurociencias de Castilla y León (INCYL), centro que ayudó a crear y que dirigió durante 14 años. En 2017 ingresó en la Real Academia de Medicina de Salamanca, y recientemente ha sido elegido presidente de esta institución.
Además, queremos reforzar la relación con las asociaciones de pacientes. El Ayuntamiento nos ha ofrecido colaborar con su Escuela de Sanidad, que reúne a muchas de estas asociaciones,y creemos que puede ser un buen espacio de encuentro.
¿Debe la Academia tener una voz más activa en los debates públicos sobre salud?
Debe tener una posición en los debates sobre salud, pero no una posición política. No es una institución política, su función es consultiva y científica. Eso significa que podemos aportar conocimiento y análisis cuando se plantean cuestiones relacionadas con la salud, pero siempre desde una perspectiva rigurosa, independiente y ajena al debate partidista.
¿Cómo puede la Academia acercarse también a los jóvenes médicos e investigadores?
Los jóvenes médicos e investigadores tienen hoy muchos más problemas de los que teníamos nosotros cuando empezábamos. Por eso es una cuestión que también debemos abordar. Muchos de los académicos somos o hemos sido profesores de la Facultad de Medicina, de modo que la formación delos jóvenes ha sido siempre una parte esencial de nuestro trabajo. La Academia ya cuenta con premios dirigidos a jóvenes investigadores y jóvenes clínicos, y seguiremos impulsando iniciativas en esa línea. En cualquier caso, estaremos abiertos a apoyar cualquier propuesta que contribuya a facilitar el desarrollo de las nuevas generaciones de profesionales.
Nos encontramos en el Instituto de Neurociencias de Castilla y León, un centro que usted impulsó y dirigió durante catorce años. Aunque ya está jubilado, sigue trabajando aquí cada día. ¿Es este el proyecto del que se siente más orgulloso en su trayectoria?
Sí, la verdad es que sí. Haber sido capaces de ponernos de acuerdo para crear una infraestructura de estas características en Castilla y León es algo muy importante y ha sido un beneficio para el conjunto de la comunidad. La medicina pivota, en términos generales, sobre tres grandes áreas de salud: el cáncer, las enfermedades vasculares y la neurología o neurociencia. En nuestro entorno teníamos dos de esas patas bastante bien desarrolladas, pero nos faltaba la tercera. Y,además, es una de las más complejas, porque las enfermedades del sistema nervioso suelen ser de muy larga duración y de tratamiento difícil. Aunque son devastadoras para los pacientes y para sus familias, no tienen la misma repercusión mediática que el cáncer o las enfermedades cardiovasculares. Eso ha hecho que durante mucho tiempo la neurociencia haya sido un poco el “hermano pobre” del sistema. Por eso generar aquí un centro dedicado a las neurociencias era importante para completar esas tres grandes áreas sobre las que se sostiene la medicina moderna, tanto en asistencia como en docencia y,por supuesto, en investigación. En cualquier caso, este no es solo mi proyecto. Es un proyecto colectivo. Desde el principio participaron muchas personas y ha sido un trabajo de equipo. Yo simplemente he tratado de conducirlo por los vericuetos —aveces muy complicados— de la gestión, que es una tarea dura,pero necesaria. Estoy muy agradecido a todas las personas que colaboraron en el proyecto, a quienes me ayudaron y, por supuesto, a las autoridades que entendieron que podía ser una buena iniciativa, lo apoyaron y lo financiaron. Ahora llevamos muchos años y parece que el proyecto ya es irreversible. Y eso, en España, es muy importante: crear algo es difícil, pero mantenerlo en el tiempo lo es todavía más.

Hoy el INCYL cuenta con más de veinticinco laboratorios y más de cien investigadores. ¿Qué siente al ver que el centro se ha consolidado como un referente en neurociencia?
Yo sigo en mi sitio, haciendo mi trabajo. La gestión del instituto la llevan ahora otras personas más jóvenes, y estoy encantado con ello. Mi papel en este momento es continuar investigando,porque esto no se acaba nunca. Mientras tengas energía,mueres con las botas puestas. Yo sigo teniendo ganas de trabajar y, además, me divierte mucho lo que hago.
“Tenemos un proyecto para retrasar el envejecimiento de la corteza auditiva mediante estimulación eléctrica”
Nosotros trabajamos en el sistema auditivo, y ahora mismo tenemos un proyecto muy bonito: intentar retrasar el envejecimiento de la corteza auditiva mediante estimulación eléctrica. De momento, lo hemos conseguido en animales. Esto tiene mucho interés, porque conecta directamente con las enfermedades neurodegenerativas. Hay estudios multicéntricos muy amplios, realizados sobre todo en Estados Unidos y también en Europa, que demuestran que las personas que pierden audición tienen mayor riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas. El cerebro necesita activarse a través de los sentidos. En esa línea, ya hemos obtenido resultados interesantes: los campos eléctricos parecen retrasar tanto la sordera asociada al envejecimiento como el propio envejecimiento cerebral.
En una sociedad cada vez más envejecida, la pérdida de audición puede convertirse, además, en un factor de aislamiento social.
Exactamente. Hay que intentar evitar ese aislamiento en la medida de lo posible. Hoy existen prótesis auditivas muy avanzadas y también implantes cocleares. De hecho, nuestro hospital ha superado ya los 1.500 implantes cocleares, lo cuales una magnífica noticia. Además, aquí contamos con una unidad especializada en procesadores de voz, implantes y prótesis auditivas, donde trabajan ingenieros junto con los investigadores en biología. Es importante que la población sea consciente de que hay que mantener el cerebro activo:pensar, leer, trabajar… pero también es fundamental que los sentidos funcionen lo mejor posible. A partir de cierta edad empiezan a deteriorarse. Y hay un dato que suele sorprender:la sordera asociada al envejecimiento es la enfermedad con mayor prevalencia de todas las que existen. Y esto lo dice la Organización Mundial de la Salud, no lo digo yo.

Volviendo al origen del instituto: ¿cómo surgió la idea de crear un centro de estas características? ¿Hubo algún momento en el que pensó que el proyecto no saldría adelante?
No, eso nunca. Yo nunca tiro la toalla, no es mi filosofía. El nacimiento del centro fue un proceso muy bonito. Surgió de conversaciones con el profesor Manuel José Gayoso Rodríguez,de la Universidad de Valladolid —que ya falleció—, y con otros profesores que dirigían grupos de investigación en Salamanca, a los que recuerdo con mucho cariño. Nos dimos cuenta de que había una gran dispersión: investigadores interesados en el sistema nervioso repartidos por distintas facultades —Farmacia, Biológicas, Psicología, Medicina—,todos trabajando en neurociencia, pero sin una estructura común. En una reunión planteé que quizá podríamos crear una unidad de investigación que agrupara a esos grupos, y vimos que existía masa crítica suficiente para intentarlo. Coincidió, además, con que en ese momento se estaba creando el Centro del Cáncer y con que yo era vicerrector, lo cual ayudó a impulsar la iniciativa. Preparamos la documentación y presentamos el proyecto con el nombre actual, Instituto de Neurociencias de Castilla y León, con grupos de Soria,Valladolid y Salamanca. Fue aprobado como instituto de investigación dentro de la estructura universitaria de la LRU, y ahí empezó realmente la aventura. Al principio nos instalamos en la Facultad de Medicina. Con el tiempo, la masa crítica fue creciendo y planteamos la necesidad de un edificio específico para neurociencias que permitiera reunir a los investigadores. No hemos conseguido agruparlos a todos —hay grupos que siguen en otras instalaciones del campus—, pero eso también es normal: los científicos somos un poco como los gases nobles, siempre estamos en todas partes. Lo importante es que el número de investigadores dedicados a la neurociencia ha crecido muchísimo, y hoy podemos decir que somos una potencia relevante, tanto en España como a nivel internacional.

Después de décadas investigando el cerebro, ¿qué es lo más importante que todavía no entendemos de él?
Del cerebro no entendemos casi nada. Esa es la realidad. Sabemos muchísimas cosas, pero lo que ignoramos sigue siendo muchísimo más. Por eso la investigación en el sistema nervioso tiene características muy particulares. Es,probablemente, la estructura más complicada que existe en la naturaleza. En los últimos años estamos viendo, además,un fenómeno interesante: una confluencia de especialistas de muchas disciplinas que intentan abordar los problemas del cerebro desde perspectivas diferentes. De ahí esa proliferación del prefijo “neuro”: neuroeconomía, neurociencia cognitiva,neuro… prácticamente todo se vuelve “neuro”. A veces es una moda, y hay propuestas que aportan poco o que son simplemente publicidad. Pero también hay aspectos muy positivos. Por ejemplo, hoy trabajamos con informáticos que desarrollan modelos del cerebro y con técnicas experimentales muy avanzadas. Se están formando equipos multidisciplinares enormes que intentan comprender problemas que antes ni siquiera sabíamos plantear. El problema es que, si no comprendes el funcionamiento del sistema nervioso, tratar sus enfermedades resulta muy difícil. Y ahí entran tanto las patologías neurológicas como las llamadas enfermedades mentales, que en realidad forman parte del mismo sistema y deberían abordarse en pie de igualdad. Para enfrentarse a esos grandes retos es imprescindible desarrollar primero un conocimiento básico sólido sobre cómo funciona el cerebro.
¿Dónde se encuentran hoy los grandes “agujeros negros” del conocimiento en neurociencia?
Agujeros negros como tales no hay. El problema es que el sistema es extremadamente complejo. En cierto modo se parece a lo que ocurrió en la física teórica en tiempos de Albert Einstein. Un científico plantea una idea nueva y, a partir de ahí,empieza a construirse todo un edificio conceptual que antes no existía. Algo parecido está ocurriendo en la neurociencia. Estamos trabajando en un nivel muy fundamental de comprensión del sistema nervioso, que es complejo por su propia naturaleza biológica, pero también porque cambia continuamente en el tiempo, y esos cambios son muy difíciles de capturar y de medir. En el fondo, los grandes desafíos de futuro tienen que ver con dos dimensiones: el tiempo —cómo evoluciona el cerebro constantemente— y la unidad mínima de funcionamiento de los circuitos neuronales.
Gran parte de su carrera científica se ha centrado en el estudio del sistema auditivo. ¿Por qué lo eligió, qué le fascinó de la audición?
La verdad es que todo empezó durante mi residencia en el Hospital Clínico de Madrid, cuando se creó una unidad de microscopía electrónica con varios equipos. Yo estaba muy implicado en esas técnicas y, entre los aparatos que llegaron, había un microscopio electrónico de barrido, que permite observar superficies con gran resolución. Entonces me pregunté cómo podíamos utilizarlo de forma útil. Una de las primeras aplicaciones fue estudiar la placenta, porque teníamos buena relación con los ginecólogos. Pero luego pensé: ¿dónde hay más pleitos? Y la respuesta estaba en el órgano de Corti, en el oído interno, donde se encuentran las células ciliadas responsables de la audición. Así empezamos a trabajar con los otorrinolaringólogos y obtuvimos algunas de las primeras imágenes de esas células con el microscopio de barrido. Fue el inicio de una colaboración muy fructífera con el profesor Joaquín Poch Broto y, poco después, surgió el tema de la ototoxicidad de ciertos antibióticos. Lo que empezó casi por curiosidad terminó convirtiéndose en una línea de investigación completa sobre el sistema auditivo. Además, era un campo en el que prácticamente todo estaba por hacer. Eso lo hacía difícil, pero también muy estimulante, porque permitía abrir caminos nuevos.
Su tesis doctoral también estuvo dedicada al órgano de Corti.
Sí. En realidad hicimos tres tesis doctorales al mismo tiempo: la mía, la de mi mujer, Dolores Ludeña, y la de un gran amigo que ya falleció, Pablo Gil-Loyzaga. Cada uno trabajó en un aspecto distinto. Pablo investigó el desarrollo del órgano de Corti;mi mujer estudió los efectos de determinados antibióticos aminoglucósidos —como la gentamicina o la kanamicina— que pueden provocar sordera; y yo me centré en la microscopía electrónica del receptor auditivo. Fue un trabajo muy intenso,pero salió bien.

¿Qué nos enseña el estudio de la audición acerca del funcionamiento general del cerebro?
Muchísimo. Durante varios años estudiamos el receptor auditivo con bastante profundidad,pero llegó un momento en el que los métodos que teníamos ya no permitían avanzar mucho más. Entonces decidí dar el salto al sistema nervioso central. En ese momento tuve la enorme suerte de conocer a mi maestra,Kirsten KalsbergOsen, profesora de la Universidad de Oslo y gran admiradora de Santiago Ramón y Cajal y de Rafael Lorente de Nó. Pasé tiempo trabajando con ella y fue quien me orientó en esa nueva etapa. Y nosotros,además, teníamos una ventaja importante: dominábamos las técnicas histológicas clásicas, especialmente las técnicas de plata de Cajal. En eso tuvo mucho que ver mi hermano Jaime,que fue discípulo de Fernando de Castro, uno de los grandes continuadores de la escuela de Cajal. Era un experto en esas técnicas, y nos enseñó a manejarlas con soltura. Cuando yo llegué a Salamanca apenas había medios para investigar en neurociencia a ese nivel, y como tampoco disponíamos de microscopía electrónica adecuada, orientamos la investigación hacia el sistema nervioso central, participando en congresos y estableciendo colaboraciones internacionales. Y desde entonces hemos seguido en esa línea.
La plasticidad cerebral ha sido otra de sus grandes líneas. ¿Hasta qué punto puede reorganizarse el cerebro tras una lesión?
Hasta todos los puntos. La capacidad más sorprendente del cerebro es su habilidad para recuperar forma, estructura y función frente a circunstancias muy adversas. Evidentemente tiene límites, pero hay casos de ictus que afectan a una gran parte del cerebro —hasta un 60% de la masa cerebral— y, aun así, los pacientes llegan a recuperar sus funciones motoras.¿Por qué ocurre esto? Porque el sistema nervioso tiene una enorme capacidad para reorganizar sus conexiones. No producimos células nuevas, pero con las que tenemos podemos reorganizar los circuitos y permitir que vuelvan a funcionar. Por eso, estimular esa capacidad de reorganización es una prioridad en la investigación sobre enfermedades del sistema nervioso.
En su ingreso en la RAMSA en 2017 aseguró: “Es difícil imaginar una escena más emotiva que cuando se activa el implante coclear en un niño”. ¿Es mágico?
No, eso es ciencia,lo que es mágico es la respuesta. El implante es ciencia,pero los resultados de determinados dispositivos, de determinadas actuaciones científicas,a veces generan emociones tremendas. Hay que imaginar la situación de un niño que ha vivido uno o dos años sin poder oír. Sus padres ya han asumido que es sordo. Y de repente, cuando se activa el implante,el niño percibe por primera vez un estímulo sonoro. Es un mundo que se abre de golpe. He tenido la oportunidad de presenciar muchas activaciones de implantes y son momentos muy intensos. Recuerdo especialmente y con mucho cariño algunas experiencias con niños en América Latina, tanto en México como en Ecuador.
¿Qué avances cree que veremos en los próximos veinte años?
Uno de los grandes avances probablemente estará en resolverla interrelación entre la electrónica y las neuronas. Todo el sistema nervioso trabaja con señales eléctricas, y en los últimos años se ha avanzado muchísimo en el desarrollo de electrodos, chips y sistemas capaces de interactuar noclas redes neuronales. Por ejemplo, los electrodos ya no son rígidos como antes. Se han diseñado mecanismos que permiten transmitir corrientes eléctricas sin necesidad de abrir grandes accesos quirúrgicos, y se están explorando muchas posibilidades nuevas. Yo diría que el futuro pasa por comprender mejor la interacción entre las redes neuronales y las corrientes eléctricas que regulan su funcionamiento, y por aprender a modular esas redes desde el exterior para resolver determinados problemas neurológicos.
¿Cuál es la principal dificultad para avanzar en ese campo?
La dificultad es enorme. La física avanza muy deprisa y la neurociencia básica también, pero el conocimiento real sobre el funcionamiento de las redes neuronales —las redes biológicas,no las informáticas— sigue siendo limitado. Sabemos muchas cosas, pero cada vez comprendemos mejor lo complejo que es el cerebro. Piense que su cerebro ahora mismo y dentro de un milisegundo ya no es exactamente el mismo. Está recibiendo información continuamente y reorganizando su actividad en todo momento. El cerebro cambia en el tiempo a una velocidad enorme. Y no solo por su dinamismo, sino porque cada neurona es distinta de las demás. Si uno compara esto con otros órganos se entiende mejor. En el hígado, por ejemplo —sin quitarle importancia, que es un órgano fundamental—, la mayoría de las células son bastante parecidas. En el sistema nervioso ocurre lo contrario: cada célula es distinta, y además cambia según las conexiones que establece con otras. Ahí radica la enorme dificultad de entender cómo funciona el cerebro. A quien consiga comprenderlo completamente, le pongo un piso en la Castellana.
“A quien consiga comprender el cerebro completamente, le pongo un piso en la Castellana”
¿Qué papel cree que pueden desempeñar las terapias celulares en el tratamiento de enfermedades neurológicas?
En el sistema nervioso soy bastante escéptico con la terapia celular. Sé que esta opinión puede generar debate, pero creo que su eficacia es limitada. La terapia celular funciona muy bien en tejidos donde no hay una estructura muy compleja entre las células o donde el medio es líquido, como ocurre en la sangre. Pero en el sistema nervioso estamos hablando de circuitos extremadamente complejos. Introducir una célula nueva implica que se coloque exactamente en el lugar adecuado, que establezca las conexiones correctas y que,además, no sea rechazada por el sistema inmunitario. Y aquí aparece otro problema importante: el sistema nervioso está protegido por una barrera muy eficaz que hace que muchas de sus células no sean reconocidas por el sistema inmunitario. Existe una línea de investigación basada en células madre que residen en determinadas regiones del cerebro y que podrían tener cierto potencial reparador. Pero llevamos más de veinte años trabajando en este campo y los avances reales todavía son limitados.
La inteligencia artificial está entrando con fuerza en muchos ámbitos científicos. ¿Hasta qué punto cree que transformará la investigación biomédica?
La inteligencia artificial está transformando el mundo entero,y la investigación científica también. Es una herramienta extraordinaria para la ciencia. Permite analizar grandes cantidades de información y trabajar con una velocidad que antes era impensable. Ahora bien, también es importante establecer ciertos controles. Como cualquier herramienta poderosa, puede utilizarse de manera beneficiosa o deforma perjudicial, y por eso creo que es necesario regular determinados usos. Dicho esto, no debemos cerrarnos a un avance de esta magnitud. A veces se plantean debates queme parecen un poco exagerados. Por ejemplo, ahora algunas revistas científicas piden que se declare si se ha utilizado IA para escribir un artículo, y me parece bastante absurdo. Un trabajo científico original no lo puede generar una inteligencia artificial por sí sola, requiere datos experimentales,interpretación crítica y conocimiento profundo del campo. Las precauciones son necesarias cuando existe un problema real,pero no debemos convertirlas en un obstáculo general para el progreso científico.
Desde su perspectiva como médico e investigador, ¿cuál cree que será el gran desafío de la medicina en las próximas décadas?
Desde el punto de vista práctico, la medicina no tiene un solo reto: tiene todos los retos del mundo. Hablaré desde mi perspectiva, que necesariamente es limitada, porque llevo muchos años dedicado a un campo concreto. Aun así, creo que uno de los grandes desafíos será conseguir un estado de salud de la población basado cada vez más en la prevención. Naturalmente, esto dependerá de los recursos de cada país,pero el objetivo debería ser avanzar hacia sistemas sanitarios capaces de prevenir enfermedades y evitar sufrimiento antes de que aparezca.

En relación con la investigación científica, ¿cree que en España se valora suficientemente el trabajo que realizan los investigadores?
Creo que se va valorando cada vez más, aunque todavía queda camino por recorrer. La situación sigue siendo algo caótica y, además, estamos poco conectados entre nosotros mismos. A veces tenemos más relación con investigadores de otros países que con colegas que trabajan en instituciones cercanas. Son disfunciones del sistema que probablemente se irán corrigiendo con el tiempo. También es cierto que quizá los científicos no hemos sido especialmente buenos explicando a la sociedad qué hacemos y por qué lo hacemos. Y hay otro problema añadido: en ocasiones se generan expectativas poco realistas. Hay investigadores que anuncian avances como si fueran curas inminentes, cuando en realidad se trata solo de resultados preliminares. Hay que ser muy honesto en este terreno. No puedes decir que vas a curar una enfermedad simplemente porque tengas un modelo animal prometedor.
“Los científicos necesitamos una financiación estable y que nos dejen trabajar en paz”
A veces, en fases muy tempranas, se exageran los resultados para atraer financiación. Y eso, desde mi punto de vista, no es éticamente aceptable. En cualquier caso, la situación actuales mucho mejor que hace cuarenta años. Entonces, España prácticamente no existía en el panorama internacional.
¿Qué necesita entonces hoy la ciencia española: mejores comunicadores o mayor apoyo estructural?
Los comunicadores de la ciencia somos los propios científicos. Lo que necesitamos es algo mucho más sencillo: una infraestructura estable, una financiación estable y suficiente…y, si es posible, que nos dejen trabajar en paz.
¿Los médicos actuales son los mejor preparados de la historia?
Sí, completamente. Son los mejores médicos que ha tenido este país. El problema es que están sometidos a una presión asistencial enorme y a unas condiciones salariales que muchas veces no corresponden al nivel de responsabilidad y formación que tienen. Y eso se ve muy claro: muchos profesionales jóvenes se marchan a trabajar a otros países y son contratados inmediatamente. Hay que tener en cuenta que hablamos de seis años de carrera universitaria y después una residencia que suele durar entre cuatro y cinco años, y además, los alumnos que acceden a Medicina entran con las calificaciones más altas del sistema educativo. El problema no es si los médicos están bien preparados, sino si el sistema les permite trabajar en condiciones adecuadas. Porque, al final, no se pueden dar duros a cuatro pesetas. Un sistema sanitario público como el nuestro requiere recursos importantes. Y ahí lo dejo.

¿Cuándo nació su vocación médica e investigadora?
La vocación por la medicina llegó algo más tarde, pero la vocación por la investigación la tengo desde muy pequeño. Recuerdo perfectamente haber ido con mi hermano al Instituto Cajal cuando yo era aún un niño. Allí se respiraba ese olor característico al aceite de clavo que se utilizaba en los laboratorios, y veía a los investigadores haciendo cortes histológicos. Aquello me impresionó muchísimo. En mi familia había, además, una tradición sanitaria importante: mi padre era médico, mi hermano también y mi abuelo era farmacéutico. De hecho, al principio empecé estudiando veterinaria. Llegué a cursar dos años de veterinaria y, al mismo tiempo, dos años de medicina. Hasta que me di cuenta de que aquello no tenía mucho sentido: no se puede hacer todo a la vez.
¿Por qué decidió centrarse más en la investigación que en la práctica clínica?
Durante la residencia en Anatomía Patológica hice muchísimas autopsias, cerca de doscientas. El Hospital Clínico San Carlos en aquella época era enorme, con unas 2.500 camas,y atendía a una población inmensa. Teníamos sesiones clínicas prácticamente todos los días y el trabajo era muy intenso. Al mismo tiempo, yo estaba muy implicado en la microscopía electrónica y en el estudio de enfermedades a nivel microscópico. Aquello me apasionaba. Pasaba muchas horas revisando biopsias y trabajando en el laboratorio. Cuando terminó la residencia, llegó el momento de decidir. Mi mujer optó por continuar plenamente en Anatomía Patológica y yo decidí concentrarme más en la investigación. Por eso me trasladé a Salamanca, donde obtuve una plaza universitaria como profesor de Histología y pude empezar a organizar mi propio trabajo de investigación.
A lo largo de su trayectoria habrá tenido muchos referentes. ¿Qué maestros destacaría especialmente?
Ese señor que ve ahí —dice señalando una fotografía en su despacho— es don Agustín Bullón Ramírez. Fue mi jefe en Anatomía Patológica en Madrid y yo le tenía un cariño enorme. Era también discípulo de la escuela de Cajal. Después he tenido maestros fuera de España. En el campo de la investigación científica, mi gran maestra fue Kirsten Osen, de la Universidad de Oslo. Y también mi hermano, que de alguna manera actuó como un padre para mí, porque me llevaba ocho años y me orientó mucho en los primeros pasos. En lo demás, he sido bastante autodidacta. En aquellos años aquí había que apañarse con lo que había.
Si pudiera darle hoy un consejo al Miguel Ángel Merchán que empezaba su carrera, ¿qué le diría?Que siguiera adelante. Pero, en realidad, no soy muy partidario de dar consejos. Cada persona tiene que recorrer su propio camino, sacar sus propias conclusiones y tomar sus propias decisiones.
Después de toda una vida dedicada a la ciencia, ¿qué le ha dado la investigación que no le hubiera dado otra profesión?
Muchísimas satisfacciones. Para mí, el hecho de poder descubrir cosas nuevas, hacer algo que antes no existía o comprender mejor un fenómeno natural es una de las mayores recompensas que puede tener una persona. Esa sensación de estar abriendo un camino nuevo es una motivación enorme para seguir trabajando. En realidad, es una forma de vida.
Una forma de vida que exige mucha dedicación.
Sí, pero tampoco hay que convertirlo en algo heroico. Es simplemente una actividad muy interesante y muy divertida. A veces tendemos a colocar a los científicos en un pedestal, yeso no tiene sentido. Un médico investigador es una persona normal, con sus defectos y sus virtudes. Es verdad que el trabajo que hacemos puede tener consecuencias importantes,pero nosotros mismos muchas veces no sabemos hasta dónde puede llegar lo que estamos investigando. Y eso, en cierto modo, es una ventaja, porque evita caer en algo muy peligroso en el mundo científico: el exceso de ego. El ego y la vanidad son dos cosas que conviene mantener siempre bajo control.
Aun así, después de toda una carrera, y ya jubilado como catedrático emérito, sigue viniendo cada día al laboratorio.
Sí, y además me lo paso muy bien.
¿Qué legado le gustaría dejar?
Ninguno en particular. Los artículos publicados están ahí y forman parte del trabajo colectivo de la ciencia. Hablar delegado suena a lo que dejan los reyes o las grandes figuras históricas. Nosotros simplemente hacemos nuestro trabajo.
Después de tantos años investigando el cerebro, ¿sigue emocionándole?
Claro que sí. El cerebro es un objeto de estudio extraordinario. Es una materia tan compleja y tan creativa que cada día plantea preguntas nuevas. Ningún día es igual al anterior. Te levantas con una idea, empiezas a darle vueltas, la vas modificando,cambias el enfoque… y ese proceso de cambio permanente es lo que te mantiene vivo intelectualmente. Si todos los días fueran iguales, sería muy aburrido.

El decálogo
Un libro. Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.
Un disco o canción. Herencia para un hijo gaucho, de José Larralde.
Una película. Casablanca, de Michael Curtiz.
Un plato. Me gusta comer, y tengo muchas comidas preferidas. Pero yo hago muy bien el micuit de pato de fabricación propia.
Un defecto. La impaciencia.
Una virtud. La paciencia.
Una cualidad que valora en los demás. La lealtad.
Un sueño. Publicar el próximo artículo sobre la plasticidad intermodal.
Una religión. Tengo días.
Un chiste. Los chistes me gusta que los cuenten los demás.
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