Dr. Francisco Blanco Antona: “La cirugía es mucho más que operar; la imagen del cirujano frío y altivo no es real”

El Dr. Francisco Blanco Antona, jefe de Cirugía General y del Aparato Digestivo, defiende el sistema sanitario español como el mejor del mundo, pero lamenta la hostilidad que sufren los médicos y aboga por recuperar la atención primaria

Trabajar con las manos y ver la inmediatez del resultado es lo que le atrajo de la cirugía desde el principio y le sigue resultando estimulante. Pero, como defiende Francisco Blanco Antona, jefe de Cirugía General y del Aparato Digestivo del CAUSA, “la cirugía es mucho más que operar”, porque, ante todo, los cirujanos son médicos centrados en la mejora de la calidad de vida de los pacientes, y también investigadores, volcados en avanzar hacia intervenciones quirúrgicas más precisas, eficaces y seguras. Especialista en cirugía colorrectal, su trayectoria acaba de ser reconocida internacionalmente con la incorporación al Colegio Americano de Cirujanos, un “orgullo” que comparte también con la “gran ilusión” que le ha supuesto recibir el V Reconocimiento Profesional por parte de sus compañeros del Hospital. Considera que la medicina española está en la Champions League en todas las especialidades y que nuestro sistema sanitario es el mejor del mundo, pero lamenta profundamente —y no entiende— la creciente hostilidad social hacia los médicos, que se enfrentan, además, a una gran carga asistencial y recursos limitados en algunas áreas. Las nuevas generaciones de médicos y cirujanos son, según defiende, las más preparadas de la historia, pero están perdiendo “un cierto grado de humanización”. Porque más allá de pruebas y tecnología, la “medina no deja de ser un arte”

Ha recibido el V Reconocimiento Profesional del Complejo Asistencial Universitario de Salamanca. ¿Qué se siente cuando una distinción llega directamente de sus propios compañeros?

De los múltiples reconocimientos que puedo haber tenido, es el más gratificante de todos, precisamente por eso, porque se valora el trabajo diario por parte de los compañeros de todas las categorías profesionales. Que se te reconozca no sólo la labor profesional, que es lo que se valora sobre un currículum objetivo, sino también la faceta humana, me hace gran ilusión.

¿Y cambia algo cuando el aval viene justamente de los que trabajan con usted cada día?

Sí, porque son los que realmente te conocen, los que están codo con codo contigo cada día. En la carrera profesional, optas a un examen o a una plaza, envías unos méritos o capacitaciones, pero la parte humana habitualmente es muy desconocida y no se valora. Sin embargo, en este premio tiene más peso, porque deriva del trato diario.

Supongo que habría que preguntarles a ellos, pero ¿qué cree que han visto sus compañeros para elegirle?

Sí, lo tendrían que decir ellos, pero yo creo que el carácter humano y la voluntad de conciliar y de respetar a todo el mundo. Habitualmente, los cirujanos tenemos mala fama, porque somos muy vehementes y estamos habituados a mandar. En el quirófano funcionas con órdenes directas y firmes, y eso a veces lo trasladas a otros aspectos de la vida. Pero yo me he ido adaptando. El cambio que supone ser jefe de servicio, y haber pasado previamente por una jefatura de sección, hace que te moderes, que veas las cosas desde varias perspectivas y pongas en valor la necesidad de respetar e integrar a todo el mundo. Este trabajo es similar al engranaje de un reloj suizo y tienen que funcionar todas las piezas. Puedes ser un cirujano muy virtuoso, pero sin la enfermería, los celadores o los auxiliares, tu trabajo no sería posible.

El 4 de octubre se produce su nombramiento como miembro del Colegio Americano de Cirujanos. ¿Qué supone entrar en el que se considera el club mundial más prestigioso de su especialidad?

Es un reconocimiento muy especial, tanto a nivel personal como profesional, un aval internacional que pone en valor toda una trayectoria. Existen distintas vías de acceso al Colegio Americano de Cirujanos: una de ellas es a través de cartas de recomendación, que es muy habitual, y otra mediante la valoración de los méritos curriculares. En mi caso, presenté el currículum para su evaluación y fue aceptado. Este año han sido reconocidos alrededor de 900 cirujanos, la mayoría norteamericanos —ya que para ellos es un requisito obligatorio cumplir estos estándares—, pero solo cinco éramos españoles. Compartir este reconocimiento con profesionales de la talla del catedrático y jefe de servicio del Hospital Virgen del Rocío y con otros tres jefes de servicio supone, sin duda, un motivo de orgullo y prestigio. Además, este nombramiento abre importantes puertas a nivel internacional y actúa como un aval científico para la participación en estudios y publicaciones.

¿Supone una responsabilidad añadida?

Por supuesto. El Colegio Americano de Cirujanos es especialmente riguroso en este sentido: no solo es necesario cumplir unos requisitos mínimos para acceder, sino también mantener los estándares de calidad que han permitido el ingreso. Existe un seguimiento y una cierta monitorización de la actividad, y se exige una implicación activa, colaborando con el Colegio y participando en actividades científicas y formativas.

Con el orgullo que suponen estos dos reconocimientos, echemos la vista atrás. ¿Recuerda cuándo tomó la decisión de ser médico?

Fue una sorpresa en mi casa, pero es verdad que tengo dos tíos médicos y siempre me gustó la medicina. Con uno de ellos, Guillermo Antona, jefe de la UCI en Salamanca y artífice de poner en marcha este servicio en el Virgen de la Vega, el Clínico y después en la Santísima Trinidad, y estando todavía en el instituto, pasé los veranos en su trabajo, conociendo lo que hacía y cuál era el funcionamiento del hospital. Y ya entonces me di cuenta de que me gustaba lo manual.

¿Tenía claro desde el principio no solo que se iba a dedicar a la medicina, sino también a la cirugía?

Recuerdo querer ser médico siempre. Y luego entré en medicina para ser cirujano, lo vi claro desde el principio. Es verdad que tuve la suerte de poder tener un acercamiento a la profesión incluso antes de entrar en la carrera. Además, estudié en Bruselas, y en el sistema belga todos los alumnos son internos y están muy integrados en el hospital. No está remunerado, forma parte de tu formación, lo que sería aquí el rotatorio de prácticas, y, realmente, cada día era más evidente que quería ser cirujano.

¿Qué le aportó esa experiencia internacional tan temprana?

Es una experiencia que recomiendo a todo el mundo. De hecho, siempre se lo digo a mis residentes: hay que salir fuera, aunque solo sea para contrastar, para ver otras formas de trabajar, aprender idiomas, y hasta lo que no hay que reproducir en nuestra práctica diaria. Viajar y formarte en otros países te ayuda a relativizar: ni lo haces tan bien como a veces crees, ni tan mal como solemos pensar. En España tendemos a ser bastante pesimistas y a infravalorar lo que tenemos, y esa percepción no siempre es justa. Conocer otros sistemas sanitarios y otras maneras de entender la medicina, pero también otros modos de vida y otras escalas de valores —porque cada sociedad se organiza de forma distinta— te da una visión mucho más global. Esa mezcla de experiencias aporta una gran riqueza personal y profesional, y te da una mayor apertura de miras a la hora de tomar decisiones y afrontar los retos de la práctica clínica.

¿Qué le atrajo de su especialidad frente a otras áreas médicas?

Fundamentalmente, el componente manual de la especialidad: la posibilidad de trabajar con las manos y sentirte útil de una forma muy directa. Todos los médicos aportamos un beneficio al paciente con nuestros tratamientos, pero la cirugía tiene algo diferencial: la inmediatez del resultado, tanto en lo positivo como en lo negativo. Las complicaciones, si ocurren, las sufres de manera inmediata, y eso también forma parte de la responsabilidad del cirujano. Un compañero que trata, por ejemplo, una hipertensión arterial, sabe que está haciendo un gran bien al paciente, pero difícilmente puede “palpar” ese resultado a corto plazo. En cambio, en cirugía el impacto es tangible: llega un paciente con una apendicitis, lo operas y el problema queda resuelto. Esa combinación entre el trabajo manual y la rapidez con la que se materializa el resultado fue lo que me atrajo desde el principio y, a día de hoy, sigue resultándome especialmente estimulante.

¿Quiénes han sido sus grandes maestros o referentes a lo largo de la formación, tanto a nivel personal como profesional?

Sin duda, mi primer gran referente ha sido mi padre. Por todo: por su capacidad de trabajo, su generosidad, sus valores humanos y por todo lo que me ha inculcado a lo largo de la vida. Mi madre también ha sido fundamental, aunque en el ámbito académico mi padre siempre ha tenido un peso especial, y a día de hoy sigue siendo mi mayor referente personal y profesional. Desde el punto de vista estrictamente profesional, ha habido tres personas que han marcado de manera decisiva mi formación. La primera fue el profesor Santiago Azagra, actualmente en Luxemburgo, y uno de los pioneros de la cirugía laparoscópica. Durante mi etapa como alumno interno, en 1995, tuve la oportunidad de presenciar intervenciones laparoscópicas cuando en España apenas comenzaban a realizarse. Para alguien que ya tenía inquietud por la cirugía, aquello resultaba casi ciencia ficción, y fue absolutamente determinante. Posteriormente, durante mi formación como residente, mi jefe de servicio fue el profesor Alberto Gómez Alonso, una figura clave en mi desarrollo.

“El trabajo manual y la inmediatez de la cirugía me siguen resultando especialmente estimulantes”

 De él aprendí la importancia de la disciplina, la organización y el compromiso, no solo con los pacientes, sino también con la investigación y la universidad. Finalmente, ya en una etapa más especializada, el profesor Eduardo García-Granero Ximénez, catedrático recientemente jubilado en Valencia, ha sido el gran maestro que ha marcado mi carrera. Gracias a él me orienté definitivamente hacia la cirugía colorrectal, realicé el fellowship bajo su tutela y, una vez asentadas las bases de la cirugía general, fue quien terminó de definir mi manera de ejercer la profesión.

Fue a Valencia justo después de acabar el MIR en Salamanca, y aquella experiencia realmente marcó su camino profesional.

Así es. El Prof. García Granero fue, en realidad, el germen de todo lo que vino después. Tanto en Estados Unidos como en Europa está muy implantado el sistema de fellowship, que permite una superespecialización dentro de tu propia especialidad. En España, en aquel momento, no existía nada parecido. La primera experiencia de este tipo surgió gracias a su empeño personal, y se puso en marcha en el Hospital Clínico de Valencia, donde entonces era jefe de sección, con el respaldo de la Asociación Española de Cirujanos y de la Asociación Española de Coloproctología. Yo fui el primer fellow de ese programa en 2008 y también el primero en obtener la titulación europea en cirugía colorrectal, el único en España hasta hace 5 o 6 años con las dos titulaciones en esta subespecialidad.

Desde mayo de 2024 es jefe de Cirugía General del Hospital de Salamanca. ¿Qué ha significado asumir este liderazgo?

Asumir la jefatura ha supuesto entrar de lleno en un ámbito muy distinto, el de la gestión, para el que, sinceramente, no se nos forma como médicos. Aunque siempre he tenido inquietud por este aspecto y previamente realicé cursos de gestión, lo cierto es que existe un déficit importante en este terreno y, en general, somos bastante ignorantes en materia de organización y dirección. Muchas veces te enfrentas a estas responsabilidades sin haber tenido la previsión —o la oportunidad— de prepararte adecuadamente. Para mí ha sido un reto personal y profesional extraordinario, y lo estoy viviendo con mucha ilusión. Este hospital es mi casa. De hecho, cuando me presenté al proceso selectivo y la directora gerente nos preguntó por nuestra motivación, lo tuve muy claro. Le dije que la mía era sencilla: nací aquí, me formé aquí, aquí se van a operar mis vecinos y quiero que este hospital funcione bien. Eso es lo que me mueve cada día. Además, es un reto especialmente estimulante y motivador, porque el servicio es excepcional. Contamos con un equipo humano y profesional magnífico: 31 adjuntos y 14 residentes de Cirugía General, con un nivel altísimo, tanto en lo profesional como en lo personal. Evidentemente, en el día a día surgen problemas; es una actividad muy intensa y exigente, y era necesario introducir un mayor grado de organización. Ha sido un proceso costoso, sin duda, pero enormemente gratificante.

¿Cuántos pacientes se operan cada año?

Estamos realizando una media de 120-150 intervenciones quirúrgicas a la semana, que serían unas 6500-7000 cirugías al año, lo que da una idea del enorme volumen de actividad que manejamos, y somos el hospital que más cirugías robóticas realiza al año en Castilla y León. Nuestro hospital es el único de cuarto nivel de la comunidad, y eso se refleja tanto en la carga asistencial como en el tipo de prestaciones que ofrecemos. Además, disponemos de un CSUR de trasplante de páncreas, integrado en la Unidad de Cirugía Hepática y Trasplante, que es centro de referencia nacional. También somos referencia paralas provincias limítrofes, como Ávila y Zamora, en ámbitos de alta complejidad, como la cirugía pélvica compleja, la cirugía de la carcinomatosis peritoneal, la coloproctología y el tratamiento del cáncer de esófago y estómago. Todo ello nos convierte en un centro de excelencia, con la particularidad de que asumimos no solo la carga asistencial propia de un hospital provincial, sino también la atención de referencia y la cirugía de alta complejidad para una parte muy significativa de la comunidad autónoma.

¿Y qué necesitan para seguir en ese camino de excelencia?

En gran medida, los recursos nos están llegando. A corto plazo vamos a contar con una segunda plataforma de cirugía robótica, que ya no es una apuesta de futuro, sino una realidad plenamente integrada en la práctica clínica actual. Evidentemente, siempre es necesario seguir solicitando mejoras para no quedarse atrás, pero lo cierto es que la dotación material de este hospital es extraordinaria. En los últimos años se ha realizado una inversión muy importante, tanto en cantidad como en calidad de recursos. Disponemos del mejor equipamiento en prácticamente todas las áreas y seguimos incorporando nuevas tecnologías. Un ejemplo de ello es la próxima implantación de programas como la anoscopia de alta resolución para la detección precoz del cáncer anal, una prestación que actualmente no se ofrece en ningún otro centro de la comunidad. Casi en tono de broma diría que negaré haber dicho esto, pero no puedo quejarme, porque la dotación es excepcional y el hospital ofrece unas condiciones magníficas para seguir avanzando en este camino de excelencia.

A día de hoy es un referente nacional e internacional en cirugía, ¿cómo ha sido el camino? ¿Lo tenía planificado o ha sido fruto del trabajo del día a día?

Ha sido un camino construido día a día, con muchos altibajos y bastante más duro de lo que uno imagina al empezar. Nada ha sido lineal ni estaba planificado. En todo ese recorrido, mi principal referente y apoyo ha sido siempre mi padre. Partía además de una situación particular: venía del sistema belga, mucho más práctico y sin MIR, y adaptarme al modelo español, muy centrado en lo teórico y en el examen, no fue sencillo, más aún habiendo estudiado la carrera en otro idioma. Superar el MIR fue el primer gran reto. Tras la residencia, finalicé el fellowship, realicé el board europeo y obtuve plaza en la primera oposición a la que me presenté, fruto del trabajo y el sacrificio. Eso me llevó a Medina del Campo durante cuatro años, una etapa muy enriquecedora en un hospital comarcal que considero vital para cualquier médico, y especialmente para un cirujano. Además, Medina del Campo ha sido un centro puntero en cirugía laparoscópica, lo que hizo que la experiencia fuera todavía más valiosa. Posteriormente fui jefe de sección en el Hospital Clínico de Valladolid, donde tuve mi primer contacto con la gestión y logramos la acreditación ISO de la unidad de coloproctología, la primera y única en España. Más tarde regresé a Salamanca, y aquí estoy ahora. Mirando atrás, nada estuvo planificado: ha sido el trabajo constante y la capacidad de asumir oportunidades lo que ha marcado el camino.

¿Cómo definiría el momento actual de la cirugía general?

Si tuviera que definir el momento actual de la cirugía general con una palabra, sería innovación. Hemos pasado de una cirugía muy generalista, con pocos recursos y técnicas limitadas, a una cirugía altamente especializada. Hoy no solo hablamos de cirujanos generales, sino de especialistas en áreas muy concretas, incluso dentro de un mismo servicio. Esta evolución va ligada a un enorme desarrollo tecnológico. La cirugía robótica, la inteligencia artificial y la consolidación de la laparoscopia han transformado nuestra forma de trabajar. La tecnología avanza a un ritmo vertiginoso y es imprescindible adaptarse. Por eso vivimos una etapa de innovación constante y superespecialización, sobre todo en centros de alta complejidad como el nuestro.

¿Y que nos espera? Porque ya estamos viendo que se puede operar a miles de kilómetros de distancia…

Estamos viendo que la cirugía a distancia es técnicamente posible, pero todavía existen limitaciones importantes. Sigue habiendo un pequeño desfase entre el gesto que realiza el cirujano y lo que la máquina ejecuta, y ante una iatrogenia en quirófano, los segundos pueden ser determinantes para la vida del paciente. Más allá de esta posibilidad, lo verdaderamente relevante de la innovación es lo que aporta en términos de seguridad y calidad de vida del paciente. Antes el objetivo principal era salvar la vida: extirpar el tumor, resolver la patología. Pero actualmente no solo buscamos curar o tratar la enfermedad, sino que el paciente salga del proceso quirúrgico con la mejor calidad de vida posible, con menos secuelas y con una recuperación más rápida. Y todo ello mediante procedimientos cada vez más seguros y con la tecnología como aliada fundamental. La cirugía robótica es un buen ejemplo: permite realizar técnicas similares a las de la laparoscopia, pero con un mayor grado de precisión y seguridad, mayor comodidad tanto para al paciente como para el cirujano y, en consecuencia, una menor tasa de complicaciones. Ese es el verdadero futuro de la cirugía.

¿Cuáles son los principales retos que afronta la especialidad?

Uno de los principales retos es precisamente la superespecialización. Aunque la Cirugía General tiene una particularidad: es muy amplia, y su ejercicio depende mucho del entorno en el que trabajes. En un hospital comarcal, el cirujano general lo es en el sentido pleno del término: atiende desde patología abdominal hasta traumatismos torácicos o vasculares, y para eso nos formamos, con una base troncal muy sólida, durante los cinco años de residencia. En hospitales grandes ocurre casi lo contrario. Yo ya no ejerzo como cirujano general, sino como superespecialista, pero si estoy de guardia, tengo que hacer de todo. Como decía un gran cirujano, “vamos camino de ser especialistas por la mañana y cirujanos generales por la tarde y la noche”. Esa es la realidad en centros como el nuestro. Los cirujanos siempre aparecen en series y películas como los héroes infalibles que te salvan la vida al límite. No sé si esa imagen se corresponde con la realidad. Los cirujanos somos médicos y cirujanos, y esto no hay que perderlo de vista. Debemos conocer muy bien la patología y a esto se suma la parte técnica, que hay que dominar: en un quirófano no hay tiempo para consultar libros, hay que saber qué hacer y tomar decisiones en el momento. La imagen cinematográfica de las películas no deja de ser eso, pero es verdad que en muchos casos somos la última línea de defensa. Si hay complicaciones de orden médico, el último recurso es el cirujano, y así debe de ser.

En el caso del cáncer, si es operable, parece que hay más esperanza.

En el cáncer también estamos viendo un cambio de paradigma. Un buen ejemplo es el cáncer de pulmón: la excelente respuesta que se está obteniendo con la inmunoterapia hace que hoy lleguen muchos menos casos a la cirugía. A medida que los tratamientos médicos avanzan, las intervenciones quirúrgicas tienden a ser menos frecuentes y menos agresivas. Ya ocurrió en su momento con las úlceras: en la época del profesor Alberto Gómez Alonso se operaban de forma habitual, pero con la llegada de fármacos como la ranitidina y, posteriormente, los inhibidores de la bomba de protones, prácticamente han desaparecido de los quirófanos. Por eso la cirugía sigue siendo, en muchos casos, el último recurso. En ese sentido, esa imagen del cirujano como “salvador final” tiene parte de realidad y explica por qué la cirugía nunca va a desaparecer, ni en las complicaciones graves ni en el tratamiento de muchos tumores.

¿Qué le gustaría que la sociedad supiera del trabajo real de un cirujano?

Para empezar, que la cirugía es mucho más que operar. La imagen que existe del cirujano frío, altivo o superior no es real. Los cirujanos operamos, es una gran parte de nuestro trabajo, pero también tenemos actividad en hospitalización, como cualquier otro médico, pasamos consulta y, además, en un centro de alto nivel como el nuestro, hacemos muchísima investigación. En definitiva, somos médicos, docentes, investigadores y, además, operamos.

¿Qué le llevó a especializarse en la cirugía colorrectal?

De inicio es una especialidad que me atrajo porque tiene muchísima patología asociada. Pero también muchas decisiones profesionales vienen marcadas por las personas con las que te cruzas en el camino, y en mi caso fue clave Eduardo García-Granero, entonces jefe de sección de Cirugía Colorrectal y posteriormente jefe de servicio en La Fe de Valencia. Él me transmitió la pasión por la coloproctología. Es cierto que la proctología está bastante denostada: al principio, cuando eres residente, patologías como las hemorroides no resultan especialmente atractivas. Sin embargo, es una patología muy frecuente. Siempre se lo digo a los residentes: basta con verlos anuncios de televisión de pomadas antihemorroidales o productos para el estreñimiento. Es algo que la población sufre mucho, literalmente en silencio, y necesita soluciones eficaces. Cuando entiendes eso y dominas la técnica, es una cirugía muy agradecida. Los pacientes lo valoran enormemente, y contar con un buen proctólogo es fundamental. Más allá del cáncer de recto, que es el paradigma de la cirugía colorrectal, incluso la patología más básica tiene un impacto enorme en la calidad de vida.

¿Cómo ha evolucionado esta cirugía de colon y recto?

Ha cambiado por completo. El primer gran cambio ha sido el enfoque: antes el cirujano trabajaba de forma más aislada, y hoy las decisiones son multidisciplinares. En cáncer colorrectal, el tratamiento se decide de forma colegiada junto a oncólogos, radioterapeutas, radiólogos y anatomopatólogos, siempre con criterios científicos bien establecidos. El segundo gran salto ha sido el abordaje quirúrgico. La cirugía mínimamente invasiva, primero con la laparoscopia y ahora con la robótica, ha transformado radicalmente los resultados, sobre todo en términos de morbilidad. Antes las cirugías eran mucho más agresivas, con más dolor, más complicaciones y recuperaciones muy largas.

“Además de mejorar hábitos, el gran reto frente al cáncer de colon está en participar en los cribados”

Gracias a la mínima invasión se han podido implantar protocolos como el Fast-Track, que optimizan todo el proceso perioperatorio: una mejor preparación preoperatoria, una cirugía menos agresiva y un postoperatorio activo, en el que el paciente se levanta y come el mismo día. A todo esto se suman los avances en oncología. En cáncer de recto, hoy muchos pacientes reciben quimioterapia y radioterapia antes de la cirugía, lo que nos permite un mejor control de la enfermedad y mejores resultados a largo plazo. No tiene nada que ver con lo que hacíamos cuando empecé la residencia y, afortunadamente, los grandes beneficiados son los pacientes.

El cáncer de colon es el más diagnosticado en España, con casi 45.000 casos estimados en 2025. ¿Por qué está aumentando tanto su incidencia, incluso en gente joven?

Es un fenómeno claramente multifactorial. No hay una única causa. Por un lado, diagnosticamos más y antes, porque se realizan muchas más endoscopias y disponemos de mejores pruebas diagnósticas, lo que permite detectar tumores en fases más precoces. En ese sentido, los programas de cribado son fundamentales, aunque aun así la incidencia sigue aumentando. Influyen también factores relacionados con el estilo de vida: la alimentación, los hábitos y el ritmo de vida actual son muy distintos a los de hace años y tienen un papel muy importante. Además, cada vez conocemos mejor el componente genético de los tumores, un campo en el que se está investigando intensamente y que probablemente nos ayudará a entender mejor este aumento de los casos, especialmente en pacientes jóvenes.

¿Y qué podemos hacer como sociedad para prevenirlo? ¿Menos estrés y menos ultraprocesados?

Eso, sin duda, pero más allá de la prevención, lo fundamental es el diagnóstico precoz. Hoy disponemos de herramientas muy eficaces para tratar el cáncer de colon, y detectarlo a tiempo marca la diferencia. Todo el mundo tiene muy interiorizado el cribado del cáncer de mama, pero no ocurre lo mismo con la prueba de sangre oculta en heces, que es sencilla, se hace en casa y no es cruenta. A pesar de ser el cáncer más frecuente, existe poca concienciación social al respecto. Poner en valor estos programas de cribado es clave, porque permiten detectar la enfermedad en fases iniciales, cuando el tratamiento es mucho más eficaz y, en muchos casos, curativo. De hecho, con detección precoz muchos pacientes se curan solo con cirugía, y otros ni siquiera llegan a operarse, porque el pólipo se reseca por endoscopia. Por eso, además de mejorar hábitos de vida, el gran reto como sociedad es tomar conciencia y participar activamente en los programas de cribado.

Es el investigador principal del grupo CANC-31 del IBSAL y, precisamente, entre otros proyectos, están involucrados en una red de hospitales a nivel internacional para identificar por qué está aumentando el cáncer colorrectal en menores de 50 años.

Nuestro objetivo principal es identificar alteraciones genéticas que puedan predisponer a desarrollar el tumor, para poder diagnosticarlo de manera precoz. Tomamos muestras de sangre y del tumor para analizarlas, y también estudiamos factores ambientales o nutricionales que puedan influir. Se trata de un enfoque similar al que ya existe en trastornos genéticos como la Poliposis Adenomatosa Familiar (PAF) o mutaciones BRCA en cáncer de mama: se busca predecir quién tiene riesgo de desarrollar la enfermedad. La fase siguiente del proyecto apunta a determinar, además, si un tumor será más o menos agresivo y cómo responderá a tratamientos médicos, o si será necesaria cirugía desde el inicio.

¿Qué otras investigaciones destacaría en el servicio?

Con mucho orgullo estamos desarrollando un proyecto liderado por uno de nuestros adjuntos jóvenes, el doctor Jaime López, que es una de las grandes promesas de la cirugía salmantina. Se trata de un ensayo clínico sobre el uso del verde de indocianina, un colorante fluorescente seguro, que ahora entra en su segunda fase. Este colorante se administra por vía intravenosa y nos permite visualizar estructuras y tejidos en tiempo real mediante luz infrarroja, lo que hace posible una cirugía de precisión: seccionamos exactamente lo que necesitamos sin dañar tejidos adyacentes, aumentando la seguridad del paciente y reduciendo complicaciones. Tiene varias aplicaciones prácticas. Permite valorar la perfusión de los órganos y detectar problemas de riego o sangrados ocultos de manera inmediata. También se puede usar para detectar lesiones hepáticas, ya que al inyectarlo el día anterior, el colorante se excreta por vía biliar y resalta posibles metástasis o lesiones. Además, es muy útil en la cirugía de la vía biliar, por ejemplo, en colecistectomías, ya que nos ayuda a visualizar claramente la anatomía y evitar lesiones. Nos sentimos muy orgullosos, porque nuestro servicio fue el promotor del primer ensayo en España y hemos elaborado unas pautas sobre dosis y momento de administración, que se están aplicando a nivel nacional y parcialmente en Europa.

Profesor en la Universidad de Salamanca y tutor de los MIR en el hospital. ¿Cómo ve a los futuros médicos y cirujanos?

Por un lado, es la generación probablemente más preparada de la historia, y muy adaptada a las nuevas tecnologías, pero, por otro, creo que ha perdido un cierto grado de humanización. La medicina clásica que a mí me enseñaron se está perdiendo, y ahora la práctica clínica se basa mucho en pruebas y en tecnología. Pero la medicina es algo más, no deja de ser una ciencia y un arte, porque integra técnica y humanidad, con vocación, conocimientos y empatía. En ese sentido creo que hay reorientar a las nuevas generaciones, pero reconociendo su alto nivel de preparación.

Quizá está cambiando la motivación por la que los jóvenes llegan a la medicina…

Sin duda, este aspecto ha tenido una gran influencia. Es verdad que en nuestro hospital tenemos un sesgo muy importante, porque muchos de nuestros compañeros que tienen hijos en edad universitaria están estudiando medicina, lo han visto en casa y esa situación no deja de ser un reflejo para ellos. Pero, en general, sí estamos viendo médicos jóvenes que a lo mejor se han equivocado. Y la medicina tiene muchísimo de vocacional.

¿Cómo valora el nivel de los estudios de medicina en España?

El nivel de los médicos españoles es extraordinario y, cuando uno sale fuera, se da cuenta de que no tenemos nada que envidiar a otros países. Por ejemplo, en técnicas quirúrgicas, en congresos internacionales como el del American College of Surgeons, ves lo que hacen en Estados Unidos y, muchas veces, es igual o incluso inferior a lo que hacemos aquí. El principal déficit histórico erala parte práctica, pero poco a poco se va solucionando, y nuestra Facultad de Medicina ofrece una formación de gran calidad.

Buena formación, vocación, entrega, pero los médicos cada vez se sienten más maltratados, ¿qué está pasando?

Es una gran pregunta y, sinceramente, no tengo una explicación clara. Me da mucha pena la forma en que a veces se nos trata. Creo que la sociedad nos juzga injustamente. Cuando ocurre una complicación, obviamente hay que dar explicaciones, pero siempre les digo a los familiares: ¿creen que esto es intencionado? El cirujano ha salido de su casa con la intención de curar a su ser querido. La técnica puede fallar, pero nunca hay mala intención. La hostilidad social hacia los médicos me resulta difícil de entender. No pretendemos ser héroes, ni es nuestro objetivo, pero sí creo que merecemos un cierto reconocimiento. En otros países donde he trabajado, he vivido un respeto profundo hacia los médicos, y creo que en España se ha ido perdiendo.

Han pasado de héroes a villanos en poco tiempo…

Sí, parece que ha sido prácticamente instantáneo y, sinceramente, lo veo difícilmente recuperable. No entiendo la hostilidad social ni a qué obedece. No es cierto, por ejemplo, lo que se dice sobre lo que puede ganar un médico en España. Y aunque lo fuera, ¿cómo podemos aplaudir a un futbolista que gana millones por dar patadas a un balón y, sin embargo, juzgar negativamente a alguien que ha dedicado seis años de estudio en la carrera, un año para preparar el MIR y al menos cuatro años más de formación especializada, solo para poder ayudar a los demás? Nos levantamos cada día con el objetivo de cuidar a los pacientes, ya sea mediante tratamientos médicos o quirúrgicos, y esa es la base de nuestro trabajo. No entiendo ni me resulta fácil de asimilar que alguien que hace eso pueda ser tratado con tanta hostilidad.

¿Cree que pesa más esa hostilidad social que sus condiciones laborales, la carga asistencial o la falta de recursos detrás de los problemas de salud mental cada vez más frecuentes entre nuestros médicos?

Todo cuenta, y muchos de los problemas de salud mental que menciona vienen de ahí. La presión asistencial es excesiva, y tenemos problemas de recursos en algunas áreas del sistema sanitario. Cuando yo era residente teníamos dos quirófanos al día, a veces tres, y uno o dos pacientes por quirófano. Ahora funcionamos con siete u ocho quirófanos diarios, con tres o cuatro pacientes de media, y eso se nota. La carga de guardias es muy intensa, y ni hablar del trabajo de los compañeros de urgencias: con una media de 350 pacientes diarios. Tenemos problemas de recursos y de remuneración, pero lo más importante es tener claro cuál es nuestro trabajo: estar aquí para los pacientes. Cualquier reivindicación que hagamos tiene una parte legítima propia, pero sobre todo beneficia a los pacientes. Lo hacemos por ellos.

¿En qué punto se encuentra la medicina en España?

La medicina en España está en la Champions League de la medicina en el mundo. Somos punteros y tenemos referentes internacionales a todos los niveles y en todas las especialidades. Por suerte, yo he conocido otros sistemas sanitarios, y el nuestro es, sin duda alguna, el mejor de todos ellos: por la dedicación de los facultativos, por su formación, por los medios que tenemos y por la accesibilidad de la población a la sanidad. Se pone siempre de paradigma a EE. UU., y este país tiene una calidad extraordinaria, pero solo si cuentas con un seguro médico privado muy potente. Aquí el que tiene más dinero también puede elegir operarse en una clínica privada, pero en la pública damos atención de calidad a todo el mundo. Es vedad que hay listas de espera, no tenemos respuesta inmediata para todos y debemos priorizar, porque los recursos han mejorado, pero no son infinitos.

¿Qué cambios urgentes cree que debería asumir el sistema sanitario para que no se resquebraje?

Creo que cualquier cambio urgente debe empezar por los cimientos, y en la sanidad esos cimientos son la atención primaria. Hay que ponerla en valor, porque ha estado muy denostada. Los médicos de primaria son profesionales especialistas altamente formados, mucho más que “el médico de cabecera” que muchos piensan; son quienes filtran, derivan correctamente, tratan, hacen cribado y detección precoz. Si la primaria funciona bien, todo el sistema funciona mejor: urgencias, hospitales y especialidades. Es la base, y merece refuerzo, reconocimiento social e institucional, sobre todo en el medio rural, donde trabajan con pocos recursos y gran dedicación. Además, necesitamos campañas de concienciación social. Muchos pacientes esperan soluciones inmediatas sin implicarse y cambiar hábitos dañinos que son cruciales en su recuperación, como fumar, beber, perder peso, cambiar rutinas. La sanidad puede ofrecer herramientas y apoyo, pero el paciente tiene que poner de su parte. Por ejemplo, en cirugía de la obesidad implementamos programas de prehabilitación, nutrición y ejercicio, pero la persona tiene que querer y saber “circular por la autopista” que le ponemos. La cultura de “que me lo den hecho” es un problema; concienciar a la población sobre su papel activo en la salud nos ayudaría mucho a mantener un sistema sanitario fuerte y sostenible.

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